El papá de mi mamá

Por: Nelson Cardenas
noviembre 12, 2013
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El papá de mi mamá

 

La fotografía lleva siempre su referente consigo, estando marcados ambos por la misma inmovilidad amorosa fúnebre: están pegados el uno al otro, miembro a miembro, como el condenado encadenado a un cadáver en ciertos suplicios; o también como esas parejas de peces (los tiburones, creo) que navegan juntos, como unidos por un coito eterno. Roland Barthes

Un hombre, cerca de sus cuarenta años, vuelve a su hogar primero y al visitar la tumba de su padre se encuentra con un hecho sabido, del cual nunca había hecho conciencia, que lo perturba: él ahora es mayor que su padre; no solo eso, bien podría ser el padre de su padre. Este murió de 20 años en la Gran Guerra y su imagen ha llegado hasta su hijo en forma de fotos de un joven, lleno de vida y sueños, al cual nunca conoció. La tumba, con su fecha, constata la paradoja. Con la nostalgia de un padre por su hijo perdido, cuyo mundo desapareció en un disparo en los campos de Francia, se pregunta por su padre, por su hijo.

Las fotos tienen esa mágica capacidad, una especie que Roland Barthes examina bella y sentidamente en la cámara lúcida. A pesar de su inmovilidad y su falta de tercera dimensión y de sonido -y quizás por ello mismo- están repletas de significado, simbolismos e información. A las fotos las podemos revisar, una y otra vez, para tratar de sorber y volver a escenificar -si estábamos ahí- o imaginar -si no estábamos- toda esa vida suspendida, toda esa inminente movilidad que se pelea con la absoluta certeza de que son solo una foto.

Yo también me pregunto, desde que descubrí esta foto de Consuelo, mi madre, a dónde habrá ido esta niña eterna con su helado -¿de vainilla?- con su gesto de impaciencia , quizás por seguir con su helado, quizás porque igual que a mi no es que resista mucho el “sonrían”. Trato de buscar su olor adolescente, el chasquido del cierre de su bolso negro y el movimiento del ¿dril? de su falda y compararlo con mis recuerdos vivos de ella: su saliva, el olor de su pelo y de su piel, el timbre de su voz -que ya no es más que una mixtura de imaginaria entre los recuerdos borrosos y el timbre de voz de mi hija y de mis tíos-, su temperamento fuerte, su hablar rápido, preciso y lleno de referentes y refranes.

Tengo más fotos, claro, algunas que me hacen llorar con dulce nostalgia, del tiempo en que fuimos felices como lo fuimos todos cuando el mundo eran los papás, el hermano, el perro, el solar y un balón de fútbol. Pero en todas ellas estuve presente. Bien por que salgo en la foto, bien porque la conocí así: Ella grande y yo chico. Ella mi mundo y yo parte del suyo. Esta, en cambio, me es un poco ajena y un poco propia al tiempo. No conocí a esta Consuelo, que bien pudo haberme enamorado, pero sí la conocí en mi hija, que lleva su nombre (no se esfuercen en el chiste, ya sé que es una especie de Edipo doble que haría las delicias de algún loquero).

Esta muchachita me sigue mirando, con su desafío adolescente, sin saber de los amores que le vendrán, ni que le vamos a salir de su barriga un día con mi hermano para enseñarnos de la vida sin darse cuenta de hacia donde irá su propia historia y en qué momento dará su salto para dejarnos y salirse ella de su calesita.

Cuando era niño solía entrar de sopetón a la casa. En los pueblos las puertas no se trancan, solo se ajustan, y yo solía volver corriendo de donde fuera y entraba empujando la puerta sin más. Casi 30 años después de la muerte de Consuelo, una mañana tuve un sueño. Soñé que volvía a casa, como cuando niño, pero al ir a entrar, me quedaba parado, pues no sabía si mi vieja me iba a recibir enojada, si era un arrume de huesos o qué carajos. El niño empuja la puerta con suavidad y es su mamá, la que conoció y abrazó, a la que sigue extrañando, como el bobo sin mamá que es desde entonces, la que lo apreta y lo besa. Me desperté llorando de alegría, al lado de la mujer que amaba por ese entonces.

Una suerte de reconciliación con un recuerdo que no acababa de cerrarse.

Un par de años después, de un álbum ajeno, llego la foto de la niña impaciente del helado a completar la imagen que ya había venido construyendo con mi hija, su nieta, que sin ser su abuela, ni yo, es ella (la abuela) y yo y ella misma a su vez, en una suerte acrobática de la genética, las historias y la esencia humana. Una inmortalidad de las esencias en la mortalidad de los individuos.

Hubiera querido ser yo el que le tomó la foto, el fotógrafo que la importunó esa tarde de domingo en San Vicente. Hubiera querido, y no logro escribir esto sin que se me quiebre la voz en los dedos, que no se hubiera ido tan pronto. Ser un poco su padre para decirle, sin creérmelo del todo, que nada, que ya pasa la vaina, que nos tomemos un café, si quiere un faso o un vino y le mamemos gallo al mundo, y que se vayan a tomar por el culo, pero que fresca, que no se vaya aún. Pero me sigue mirando, con su helado en la mano, su blusa de cuello bordado y su bolso negro de cuero lleno de cosas de mujer adolescente, con sus ojos que son los míos, que nada pasa... que seguimos juntos en el aire.

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