El país de la mermelada

Aunque la corrupción es un fenómeno ampliamente extendido a lo largo del mundo, parece que en Colombia se han batido todos los récords al respecto

Por: edgar giraldo-alzate
Abril 15, 2019
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El país de la mermelada
Foto: Pixabay

Los elegantes ingleses se distinguen por colocar nombres fantasiosos a las cosas horribles, hasta el punto que, en su antigua y respetada democracia, bautizaron con un nombre tan exótico como descriptivo a los auxilios parlamentarios: “The pork barrel” ([1]). Es decir, la canoa donde se tira la aguamasa para los marranos, o sea el sitio en el cual los políticos meten sus asquerosos hocicos y a dentelladas se disputan un cupo en la repartición del dinero.

La mermelada existe en casi todas las culturas con diferentes nombres, pues por desgracia la política es corrupta por naturaleza. Ya la Biblia nos describe cómo el establishment romano le untó la mano a Judas un Jueves Santo para vender a Jesús.

Los gringos, tan prácticos como sus abuelos británicos, se refieren a ella como el aceite que lubrica la maquinaria. Los manitos inmortalizaron a palabra coima. Otros países menos desvergonzados como Israel y el Japón resolvieron disfrazar las ganancias producidas por el lobby de los congresistas y establecieron unas comisiones legalizadas. El punto es que estas transacciones son conocidas y permitidas, pues por ley el gran público debe conocer el nombre del lobista, la comisión pagada y la empresa pagadora del servicio.

Gracias a definiciones ambiguas de las leyes, el hecho delictivo se minimiza o disfraza con un elegante frac de legalidad, pues al final frente al dinero, las normas se vuelven de plastilina.

Por nuestra parte, en Colombia no solo hemos batido todos los récords en corrupción, sino que hemos desarrollado una de las teorías más avanzadas al respecto y hemos descubierto que existe una mermelada buena y otra mala.

Según la teoría política de un jefe de la oposición, el hecho de haber recibido como premio un ministerio para hacer proselitismo político con planes de vivienda y recibir unos jugosos contratos para aceitar su campaña presidencial sería mermelada buena, pero si el presidente Duque destina dinero para Electricaribe eso sería mermelada mala. ¿Entendieron el enroque?

En este orden de ideas, ni este personaje y muy pocos en la política colombiana demuestran que tienen ideologías claras. Durante el fragor de nuestra última campaña presidencial, los líderes de los extremos de nuestro maltrecho espectro político terminaron fanfarroneando sobre las marcas de zapatos que usaban: Ferragamo y Crocs.

Al fin de cuentas, el inolvidable Julio César Turbay Ayala tenía razón cuando hizo la “descabellada” propuesta de reducir la corrupción en sus justas proporciones.

Por supuesto que los votantes también han puesto su granito de arena, en la construcción de este ideario colectivo de la corrupción, con dos pequeños aportes: una flaca memoria y la creencia de que un político es honesto en la medida que no sea pillado en la pilatuna.

Con toda razón, el pensador francés Jean Baudrillard ([2]) escribió que la política es el arte de la simulación.

Y mientras sigue la fiesta de la simulación política, con pocas ideas y muchas ambiciones, continúa el desangre de los dos presupuestos del país: el presupuesto nacional y las regalías de los municipios. Ambas se esfuman a chorros, con la velocidad de las aguas que salen por la parte trasera de Hidroituango, convertidas en mermada buena y mermelada mala, dependiendo si se miran desde el lado izquierdo o del derecho del río Cauca.

[1] El barril de los puercos.

[2] El crimen perfecto

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