Texto escrito por: Germán Peña Córdoba
Simbólicamente, cuando hablamos de atravesar el desierto nos referimos a una transición sometida a dificultades extremas, una prueba ácida que, una vez superada, quien la experimenta habrá sufrido una catarsis equivalente a la purificación que desencadena la madurez personal. Quien atraviesa el desierto, dentro de una interpretación literal, no encontrará comodidades; solo le esperan fuertes tormentas de arena, el frío extremo que traen las noches y el intenso calor que llega con el día. Cansado y agotado por la travesía, llega el desvarío, se pierde el sano juicio y aparece el alucinante y ansiado oasis, que ante sus ojos desaparecerá: ¡era solo un espejismo, era solo una ilusión!
En el desierto adentro, desorientado, con sed y ampollados los pies, el osado seguirá hasta culminar su travesía o desfallecerá en el intento de hacerlo. El desierto es un espacio cruel donde se experimenta la carencia absoluta, se comprueba lo vulnerables que somos y claramente nos vemos tentados a dejarlo todo y tirarlo. Atravesar el desierto es un espacio duro y penoso, pero a la vez experimentarlo es necesario para lograr crecimiento, madurez y renovación.
Aterricemos nuestra conversación con una pregunta:
¿Estarán los componentes de la bancada del Pacto Histórico preparados para la travesía del desierto que representarán los cuatro años del próximo gobierno?
Las fuerzas que integran los diferentes espectros políticos tienen tres opciones para pararse ante un nuevo gobierno: declararse partido de gobierno como efectivamente ya lo hizo la mayor fuerza de la derecha tradicional representada por el Centro Democrático; la otra opción es declararse independiente y tener plena libertad para disentir y votar en contra o a favor de los proyectos del gobierno de turno. La tercera es asumir una postura ideológica digna como es declararse en franca oposición cuando el gobierno que entra tiene una clara identidad fascista.
El Pacto Histórico como partido de oposición y sobre todo su bancada no la tendrán fácil. Por condición humana en este trasegar político, no faltarán los apetitos burocráticos, algunos pretenderán ceder ante los galanteos que traen consigo las irresistibles cuotas burocráticas o los infaltables latrocinios inherentes a la contratación pública. Si en la bancada progresista no se tienen claras convicciones ideológicas, si no existe una sólida unidad de partido, si los que componen su bancada son vulnerables a la codicia y al “aprovechar el cuarto de hora”, la hirsuta derecha explosionará al Pacto Histórico en sus propias entrañas.
Ellos (la derecha) no van a cometer la torpeza política de entrada defenestrar las conquistas sociales logradas por el gobierno del cambio. Eso es lo esperado, pero no lo van a hacer porque las reformas aprobadas pesan como espada de Damocles sobre sus cabezas: ¡no serán ingenuos! El coto de caza será destruir la unidad del Pacto Histórico. Afortunadamente el gran jefe ya le salió al corte a una posible felonía. Ya Gustavo Petro mandó a confeccionar las talanqueras que políticamente soslayarán una posible deslealtad. Si su liderazgo no aprieta las clavijas oportunamente, la traición se encuentra a la vuelta de la esquina.
“Los Manquitos” no pasarán, ni regresarán.
Atravesar el desierto no es fácil. Es tan difícil que de hecho está comprometida la vida. Atravesar el desierto equivale a un destierro, un abandono a su suerte, es enviarnos al ostracismo del cual será muy difícil salir. Si la travesía la extrapolamos a la vida pública, atravesar el desierto es una prueba que nos obliga a crecer y a madurar como personas. Hay que saber sobrevivir en el desierto. Cuando ya no existen los ríos de leche y miel que dispensa el ejecutivo en la compra de conciencias, ahí veremos de qué material están hechos los congresistas del Pacto Histórico.
ADENDA: Me parece muy oportuna la impensable simbiosis entre el Pacto Histórico y el Centro Democrático para elegir presidente del Senado. Sin ser ingenuos, el diálogo entre improbables es posible. La política a veces nos coloca en una inevitable encrucijada y puntualmente, sin sacrificar convicciones ni principios, hay que elegir el mal menor, para no caer en lo peor.
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