El nombre de Cartagena
Opinión

El nombre de Cartagena

De la Cosa y Bastidas se dieron a convencer a la ´number one´, con cochinillo y vino en un patio de Segovia, de darle una tocaya a la Cartagena de ellos

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junio 07, 2018
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El pasado primero de junio se cumplieron 485 años de la fundación de  Cartagena de Indias, y aún no se sabe, a ciencia cierta, quién fue el chapetón que le dio el nombre a la “ínclita ciudad”. Los historiadores vacilan y repiten las suposiciones que la crónica de la alborada hispanoamericana ensayó, pero ninguno ha dicho la última palabra con una conclusión basada en antecedentes claros.

Con Cartagena una cosa fue la bahía y otra el poblado, porque Rodrigo de Bastidas creía que era mejor bautizar las aguas que la tierra. Viniendo del nororiente, solo bautizó las aguas: les puso nombre al Río Grande de la Magdalena y al Golfo de Barú, y tuvo el buen juicio de aplazar la fundación de Santa Marta para navegar dichoso hasta nuestras playas en plan de explorador, formalizando con aquel viajecito la primera promoción turística de las dos capitales.

No apareció solo el antiguo escribano de Sevilla. Se trajo al cartógrafo vizcaíno Juan de la Cosa, que había viajado dos veces con Colón, e hicieron un buen dúo para que la aventura de ambos no cojeara por falta de mapas ni de documentos. Hasta ese momento un río y un golfo tuvieron una etiqueta que no fuera la que tenían en boca de los indios.

Por eso yo apuesto pesos a merengues por Juan de la Cosa. Fue él quien habló con la reina Isabel pocos días antes de que la soberana expidiera la Provisión Real que oficializó el nombre del pueblo y sus puertos. Todo con abundantes explicaciones sobre mapas y apuntes de don Juan y de Bastidas que convencieran a la number one, con cochinillo y vino sobre la mesa en un patio de Segovia, de la necesidad de darle una tocaya a la Cartagena de ellos.

Según Fray Pedro de Aguado –que no lo era tanto como lo insinuaba su apellido– Heredia, el fundador, se rebeló contra la autoridad real al rebautizar la plaza como Calamar, una voz caribe derivada de calamarí o caramarí que traducía cangrejo, usada por los indios mocanáes para referirse a su asiento. A don Pedro le fascinaba lo autóctono. ¿Qué importancia tenía el parecido entre la bahía de aquí y la de Levante? ¿No era más conmovedor un homenaje al cangrejo (calamarí), que es un artrópodo típico del poblacho? De vivir ahora, Heredia habría sido el gestor de la Región Caribe y no el gobernador Verano de la Rosa.

Pero a don Pedro se le frustró la ocurrencia, porque la futura ciudad de las murallas y los castillos recuperó su nombre y los cangrejos se quedaron sin consagración histórica. De todos modos, la reina, que ya era doña Juana la Loca, no se dio por enterada de la rebeldía de Heredia, pues no la incluyeron entre las granujadas con que fundamentaron su primer juicio de residencia.

¡Ay! San Pedro Claver, pero la tapa de las extravagancias con el autor del nombre de Cartagena, siempre Heroica, corrió por cuenta de Pedro Mártir de Anglería, la menos pensada y la más chirriante, el hombre de las Opus Epistolarum y la Decadae de Orbe Novo, quien dijo que el ocurrente calcador del nombre del extinto asiento precolombino había sido el almirante Colón, don Cristóbal.

Dos motivos poderosos tenía ya Juan de la Cosa para inscribirse en la historia: el nombre de Cartagena y el mapa del Nuevo Mundo, con el cual mandó de vacaciones definitivas a la quimera de las Indias Orientales. Su quinto viaje quedó de un cacho y lo hizo como compañero de Alonso de Ojeda, también repitente. Aspiraba Ojeda a arraigarse como mandamás de la Nueva Andalucía, a punto de guerra, como dijera Oviedo, y quemando Las ollas, el primer pueblo que arrasó. Y encontró en el avezado cartógrafo al acompañante ideal, con ciencia, realizaciones y coraje a cuestas. Pero esta vez sí hubo quinto malo, porque los indios yurbacos le practicaron a Juan de la Cosa, de los pies a la cabeza, una acupuntura mortal con sus flechas envenenadas.

El ambicioso Ojeda, por su infamia con Las ollas, sin De la Cosa y con una pila de difuntos en su lista de deudas, desplegó velas para fundar San Sebastián de Urabá y regresar poco después a Santo Domingo, donde subrogó todos sus poderes a don Francisco Pizarro. Allá murió, más limpio que talón de lavandera, y olvidado del mundo y del mando que pretendió sin fortuna.

El pasado primero de junio se cumplieron 485 años de la fundación de  Cartagena de Indias, y aún no se sabe, a ciencia cierta, quién fue el chapetón que le dio el nombre a la “ínclita ciudad”. Los historiadores vacilan y repiten las suposiciones que la crónica de la alborada hispanoamericana ensayó, pero ninguno ha dicho la última palabra con una conclusión basada en antecedentes claros.

Con Cartagena una cosa fue la bahía y otra el poblado, porque Rodrigo de Bastidas creía que era mejor bautizar las aguas que la tierra. Viniendo del nororiente, solo bautizó las aguas: les puso nombre al Río Grande de la Magdalena y al Golfo de Barú, y tuvo el buen juicio de aplazar la fundación de Santa Marta para navegar dichoso hasta nuestras playas en plan de explorador, formalizando con aquel viajecito la primera promoción turística de las dos capitales.

No apareció solo el antiguo escribano de Sevilla. Se trajo al cartógrafo vizcaíno Juan de la Cosa, que había viajado dos veces con Colón, e hicieron un buen dúo para que la aventura de ambos no cojeara por falta de mapas ni de documentos. Hasta ese momento un río y un golfo tuvieron una etiqueta que no fuera la que tenían en boca de los indios.

Por eso yo apuesto pesos a merengues por Juan de la Cosa. Fue él quien habló con la reina Isabel pocos días antes de que la soberana expidiera la Provisión Real que oficializó el nombre del pueblo y sus puertos. Todo con abundantes explicaciones sobre mapas y apuntes de don Juan y de Bastidas que convencieran a la number one, con cochinillo y vino sobre la mesa en un patio de Segovia, de la necesidad de darle una tocaya a la Cartagena de ellos.

Según Fray Pedro de Aguado –que no lo era tanto como lo insinuaba su apellido– Heredia, el fundador, se rebeló contra la autoridad real al rebautizar la plaza como Calamar, una voz caribe derivada de calamarí o caramarí que traducía cangrejo, usada por los indios mocanáes para referirse a su asiento. A don Pedro le fascinaba lo autóctono. ¿Qué importancia tenía el parecido entre la bahía de aquí y la de Levante? ¿No era más conmovedor un homenaje al cangrejo (calamarí), que es un artrópodo típico del poblacho? De vivir ahora, Heredia habría sido el gestor de la Región Caribe y no el gobernador Verano de la Rosa.

 

A don Pedro se le frustró la ocurrencia,
porque la futura ciudad de las murallas y los castillos recuperó su nombrey los cangrejos se quedaron sin consagración histórica. 

 

Pero a don Pedro se le frustró la ocurrencia, porque la futura ciudad de las murallas y los castillos recuperó su nombre y los cangrejos se quedaron sin consagración histórica. De todos modos, la reina, que ya era doña Juana la Loca, no se dio por enterada de la rebeldía de Heredia, pues no la incluyeron entre las granujadas con que fundamentaron su primer juicio de residencia.

¡Ay! San Pedro Claver, pero la tapa de las extravagancias con el autor del nombre de Cartagena, siempre Heroica, corrió por cuenta de Pedro Mártir de Anglería, la menos pensada y la más chirriante, el hombre de las Opus Epistolarum y la Decadae de Orbe Novo, quien dijo que el ocurrente calcador del nombre del extinto asiento precolombino había sido el almirante Colón, don Cristóbal.

Dos motivos poderosos tenía ya Juan de la Cosa para inscribirse en la historia: el nombre de Cartagena y el mapa del Nuevo Mundo, con el cual mandó de vacaciones definitivas a la quimera de las Indias Orientales. Su quinto viaje quedó de un cacho y lo hizo como compañero de Alonso de Ojeda, también repitente. Aspiraba Ojeda a arraigarse como mandamás de la Nueva Andalucía, a punto de guerra, como dijera Oviedo, y quemando Las ollas, el primer pueblo que arrasó. Y encontró en el avezado cartógrafo al acompañante ideal, con ciencia, realizaciones y coraje a cuestas. Pero esta vez sí hubo quinto malo, porque los indios yurbacos le practicaron a Juan de la Cosa, de los pies a la cabeza, una acupuntura mortal con sus flechas envenenadas.

El ambicioso Ojeda, por su infamia con Las ollas, sin De la Cosa y con una pila de difuntos en su lista de deudas, desplegó velas para fundar San Sebastián de Urabá y regresar poco después a Santo Domingo, donde subrogó todos sus poderes a don Francisco Pizarro. Allá murió, más limpio que talón de lavandera, y olvidado del mundo y del mando que pretendió sin fortuna.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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