Opinión

El negro soy yo

Domingo a domingo le preguntaba: “¿Negra, cómo es tu nombre?” “¿Negra, cómo tú te llamas?” “¿Qué nombre tienes?” Siempre decía que ella se llamaba “Negra”

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septiembre 16, 2020
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El negro soy yo
Si la poeta Mary Grueso hubiera conocido a María, seguro le habría dedicado su poema Negra soy, porque María estaba orgullosa de su color de piel. Fotografías. David Lara Ramos

La lluvia otra vez.

Cae apenas un sereno de esos que dejan el día más caluroso y cada vez más caluroso.

Nelson me llama para hablarme del asunto del color y la tristeza. El sepia, el blanco y negro y el color en las fotografías.

Cuando le mostré la foto de un pescador en el río Magdalena, en sepia, me dijo que la quería para una pared de su casa. A los pocos días, le mostré la de unos bocachicos fritos metidos en una ponchera y me dijo que también la quería.  Me insistió que las fotos le gustaban así, en ese tono sepia que es como de la añoranza de los tiempos idos.

Quizá Nelson sea un tipo añorante, añorador, añorizado. Quizá sea él quien ve en sepia los caminos de su pueblo natal, o una vieja tiendecita de barrio de esas que se han quedado congeladas. Sus colores se han ido desgastando. El dueño viste de pantalón negro, camisilla blanca y chancletas cauchosol grises. Es de los que aún dan los buenos días y dicen: “A la orden, qué se le ofrece, mi don”.

Carmen me agradeció por ponerle color a las fotos. Dice ella que fue un gesto que le transformó el ánimo, le alegró esta existencia dura y gris de estos días de confinamiento.

 

 

Afuera también hay disputas por el color, por la discriminación, por los abusos de la autoridad contra la población afro.

En mi casa el negro era yo. Era un tema de burla soterrado, por el hecho de tener la piel más oscura de la familia. Mis hermanos me “molestaban” diciéndome que a “el negrito” o  a “el esclavito” le tocaba limpiar la mesa cuando se derramaba algo, porque para eso estaba. Mayi, mi madre, siempre me defendió.

Me la desquitaba cuando me pedían que les bajara un coco del palo que estaba en el patio, siempre fui hábil para eso, entonces les decía que “el negro” no iba a bajar ni a pelar ningún coco. Era hábil con el machete. Me lo enseñó a manejar el abuelo Pedro.

Tendría unos 10 años, cuando conocí a una mujer a quien todos llamaban “Negra” o “La negra”, cuando se referían a ella en su ausencia.

Pasaba todos los días por la puerta de la casa en el barrio Pumarejo de Barranquilla.

De lunes a sábado vendía bollos de queso y otros que llamaba de angelito. Eran endulzados con panela, tenían coco y bastante anís. Venían envueltos en una tuza de maíz morado que le entregan a la piel del bollo unos veteados multiformes. Los días de colegio, pasaba casi de madrugada, gritando sus bollos, y era muy raro que la viera o hablara con ella.

Los domingos, “Negra” no vendía bollos, sino enyucados, cocadas de azúcar, cocada con panela, bolitas de coco rallado, bolas de tamarindo con azúcar, alegrías de millo, y trozos de coco cocinados en miel de panela. Ese día pasaba siempre a la una de la tarde. Se paraba a descansar unos minutos en la terraza de baldosas amarillas de las casa. A veces pedía que le dieran agua, y yo se la buscaba para conversar con ella. Mi principal interés era saber cómo se llamaba, pero cada vez que uno le preguntaba por el nombre ella decía que se llamaba “Negra”.

Domingo a domingo le preguntaba: “¿Negra, cómo es tu nombre?” “¿Negra, cómo tú te llamas?” “¿Qué nombre tienes?” Siempre decía que ella se llamaba “Negra”.

Hasta que un día de tanto insistirle, uno de esos domingos, me dijo: “Niño Davi, yo me llamo María, pero a mí me gusta que me digan “Negra”. Ese mismo día, le dije que “el negro” de la casa era yo. Se echó a reír con una carcajada tan escandalosa, que Mayi pensó que se trataba de un ataque. Luego, cuando pasaba, me decía: “Entonces, niño Davi, tú eres el negro de la familia”, y volvía a soltar la misma carcajada.

María tenía unos brazos gruesos, musculosos. Unas piernas torneadas y fuertes como las madrinas de una cerca. Le tocaba los brazos y le preguntaba por qué los tenía tan fuertes y ella me decía “De tanto moler maíz, niño Davi, de rallar coco y yuca”.

Se rallaba hasta 10 cocos diarios, medio bulto de yuca para hacer los enyucados. Una vez le dije que quería ir a su casa para ayudarla, y soltó una carcajada igualita a cuando le dije que el negro de la casa era yo. Le rogaba que me diera la dirección, pero nada. La misma historia de cuando le pedía el nombre. Hasta que un día me dijo que vivía de “Mi Kiosquito, pa’ abajo”, que era un cine a cielo abierto que quedaba en la carrera 21 con calle 68 y que en el carnaval se convertía en un bailadero.

María nunca me dio su dirección. Vivía por los lados de El Valle, Nueva Colombia o La Manga, que podía estar a unas 15 cuadras de mi casa. Son los territorios afros de la urbe, palenques completos que migraron con toda su cultura, su música y tradición.

Si la poeta Mary Grueso hubiera conocido a María, seguro le habría dedicado su poema Negra soy, porque María estaba orgullosa de su color de piel.

Leí a Mary Grueso hace más de 10 años y hace un año, en un viaje que hice a Buenaventura, donde vive, la conocí, fue un verdadero embrujo, su voz, sus maneras, su fuerza expresiva y su historia coherente de luchas.

Para recordar a María, a su sonrisa y a ese orgullo de que la llamaran “Negra”, voy a dedicarle el poema Negra Soy con la alegría de entregar estos versos que también cargan el orgullo de sentir que el negro de la casa era yo.

 

Negra soy

¿Por qué me dicen morena

si moreno no es color?

yo tengo una raza que es negra,

y negra me hizo Dios.

Qué otros arreglan el cuento

diciéndome de color

dizque pa’ endulzar la cosa

y que no me ofenda yo.

Yo tengo una raza pura

y de ella orgullosa estoy,

de mis ancestros africanos

y del sonar del tambó.

Yo vengo de una raza que tiene

una historia pa’ contá

que rompiendo las cadena

alcanzó la libertá.

A sangre y fuero rompieron

las cadenas de opresión

y ese yugo esclavista

que por siglos nos aplastó.

La sangre en mi cuerpo

se empieza a desbocá,

se me sube a la cabeza

y comienza a protestá.

Yo soy negra como la noche,

como el carbón mineral,

como las entrañas de la tierra

y como el oscuro pedernal.

Así que no disimulen

llamándome de color

diciéndome morena

porque negra es que soy yo.

__

El negro soy yo hace parte del Diario del confinamiento, que puede seguirse en escribedavid.blogspot.com.co Reflexiones, relatos y testimonio del escritor y periodista David Lara Ramos en estos tiempos de pandemia.

 

 

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