A Puente Viejo se lo llevó el mono

La primera estructura en permitir la conexión vial entre Antioquia y la Costa Atlántica ya no está. Los habitantes de Puerto Valdivia la echan de menos

Por: Lilit Lobos
junio 05, 2018
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A Puente Viejo se lo llevó el mono

“Con la furia de nuestro río ellos nunca podrán, porque el mono reclama lo suyo, y es nuestro río”—Aura Serna.

12 de mayo del 2018, el río Cauca, poderoso y cerrero, se escapó entre el cemento del proyecto que le pretendía encerrar en la represa Hidroituango. El desborde afectó a Tarazá, Cáceres, Caucasia y al pueblo de mi familia: Puerto Valdivia. Allí se llevó en su furia al mayor monumento histórico y cultural de su gente, el puente Simón Bolívar, más conocido como el Puente Viejo.

Es este texto un coro de las voces de mi madre Berta Serna, mi tía Aura Serna y la mía. Las voces de las tres se conjugan, son ellas quienes hacen memoria y nos otorgan estas imágenes de un pueblo y su miedo a que sea destruido por causas del “desarrollo”. Un solo pueblo que siendo singular es en realidad una imagen de cualquiera destruido por la mano criminal de las grandes industrias de los poderosos contra los humildes. A ellas agradezco su intención de hacer memoria en un país de miedo.

Las raíces de mi familia se remontan hasta esas montañas antioqueñas de San Andrés de Cuerquia y Toledo, desde donde se regó a las veredas relativamente cercanas. Pocas veces fui al pueblo, pero una de las cosas que más me impresionaba era ese río enorme; me daba miedo y emoción sentarme en el Puente Viejo con la piernas en el aire a imaginar que en realidad estaba en un barco y partía a la aventura.

Mi madre cuenta que cuando sus padres llegaron jóvenes al pueblo, Puerto Valdivia era conocido como Rancho Largo, y tenía menos de siete cuadras de casas de bahareque y hojas de iraca que llegaban hasta el puente donde iniciaba la plaza de mercado. Hasta allá iban los campesinos que bajaban del Aro y Santa Rita, y que a lomo de mula llevaban sus productos a la plaza de mercado para vender o truequear.

El Puente Viejo, que para entonces era nuevo, fue el primero que permitió la conexión vial entre Antioquia y la Costa Atlántica. Además, era el protagonista del pueblo, protagonismo que no le logró arrebatar el puente nuevo que muchos años después hicieron a la salida del pueblo. Era el viejo el que aún seguía uniendo a ese pueblo levantado a ambos lados de las riberas del Cauca.

En ese tiempo, al Puente Viejo en cada lado lo custodiaba una virgen: en un extremo, la de la gruta en medio de la peña y en el otro, una a cielo abierto, al ladito del famoso restaurante de María Osorio —que contaba con billar, vitrola y después se le incluyó un piano—. Más allá, estaba la casa de Pompilio, donde se hacían documentos, labor muy importante en un pueblo donde muy pocos sabían leer. Y los domingos, esos mismos cables que lo sostenían, se usaban para amarrar a las bestias de los campesinos que bajaban de la montaña para ir a misa en la Iglesia de Santa Teresita, mientras en sus columnas los niños jugaban “a que te cojo ratón” y al “escondidijo”.

En agosto de 1950 por ese puente apenas enrielado y con la ayuda de los trabajadores pasó mi abuela Carmen Jiménez el día que iba a casarse con mi abuelo Juan Basilio Serna Muñetón. Por el mismo pasaron años después hacia la escuela Marco A. Rojo, su hija (Aura Serna) y muchos años después las hijas de esta (Nataly y Yury Manco), a quienes después de casi haberlas perdido en el río huyendo del toque de queda paramilitar, fueron pasadas por ese mismo puente camino al cementerio donde el cura no las quiso recibir por no tener dinero. En esa época de paramilitarismo exacerbado el río había servido de féretro a incontables muertos, ¡qué más daba llevar a un par de niñas más!

A ese puente mi madre lo ve como un fiel testigo que mucho bien hizo al pueblo. “Hoy siento una gran nostalgia y tristeza al saber que el León Rugiente, como llamo al Cauca, arrasó con él”, dice, mientras recuerda a algunos atrevidos que se sentaron en sus cables, a otros desilusionados de la vida y algunos borrachos que cayeron hasta los brazos del río; el mismo río que en una crecida arrastró con gran parte del cementerio, llevándose lo que quedaba de los restos de sus padres y abuelos.

Por ahí mismo debajo del puente, recuerda mi tía que pasaron de largo y sin rumbo muchos de los asesinados en Pescadero; muertos a los que sus familias nunca encontraron. Esos campesinos inofensivos a los que después de haberles robado el río con sus peces y la minería artesanal, el sustento ancestral de sus familias, además fueron secuestrados, desaparecidos o hallados como falsos positivos. Suerte semejante a los habitantes durante la masacre del Aro hace 20 años cuando los paramilitares se tomaron el pueblo por varios días… ¿Dónde estaba la fuerza policial y el ejército mientras los campesinos eran torturados, asesinados, las mujeres violadas y sus casas quemadas?

El Estado a pesar de tener presencia por esos años en la región, qué coincidencia que no apareció durante esos días en el Aro. Sin embargo, los que siempre estuvieron fueron los de EPM, que desde que comenzaron con el proyecto de su represa, muerte, desaparición y desplazamiento es lo que se vio en esos pueblos. Desde entonces dice mi tía “Nos están asesinando por defender los derechos, lo mismo pasa con los que no quieren esos proyectos en sus territorios”. Nuestro pueblo destrozado por la mano de EPM que a la gente le mintió “si tenían la verraquera de hablar de ventajas, ¿por qué no hablaron también de las desventajas?”.

Se pregunta mi madre si no es posible usar los recursos de la naturaleza sin destruirla ni acabar con la gente, algo como la primera planta de energía que tuvo su pueblo manejada por la familia Díaz; en la quebrada de Irsí a la entrada del pueblo se hicieron canales que llevaban el agua hasta las máquinas de donde salía electricidad para todas las familias del pueblo.

Finalizo con la anécdota de mi tío el pescador Santiago Serna, que da muestra del sentido de pertenencia de nuestra gente campesina y su cara frente a la adversidad: Viviendo a orilla del río, ya con el sótano llenándose de agua sobre las máquinas de la panadería familiar que de seguro ya se llevaría el río, mi tío se negaba a salir de su casa a buscar resguardo tras el aviso de creciente, que él no se iba hasta que estuviera el arrocito que estaba cocinando, porque “si me lleva el río, me lleva lleno.”

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