Opinión

El “madiba” que le faltaba al arcoíris

Por:
diciembre 12, 2013
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De haber conocido Newton a Mandela, la teoría sobre la descomposición de la luz a través de un prisma, que presentó ante la Royal Society en 1667, no hubiera sido que el blanco es la suma de todos los colores y, en contraposición, el negro, la ausencia total de los mismos. No. El que es considerado el científico más completo que ha dado la historia, seguro que se habría atrevido a desafiar las leyes de la física, añadiendo a los archiconocidos siete colores: rojo, naranja, amarillo, verde, azul, añil y violeta, el octavo: el “madiba” que le falta al arcoíris.

Un negro que iluminó con luz propia. “Un ser humano casi perfecto”, según su entrañable amigo, el arzobispo Desmond Tutu, otro de los escasos seres humanos a quienes creerle no requiere de esfuerzos. Es lo que es, así como Nelson Mandela es lo que fue: una chispa que se prendió en una aldea de pastores, en Sudáfrica, un 18 de julio de 1918, tres siglos después de los descubrimientos de Isaac Newton y sin sospechar que, con el difícil paso del tiempo, se convertiría en aquella suma intensa de colores que comenzó a vislumbrarse al otro lado del túnel, en un país y un continente oscurecidos por prácticas abominables como la del apartheid, y en un mundo indiferente a la injusticia y el sufrimiento, porque la geopolítica se mueve con hilos distintos a los de la compasión y la solidaridad. Incluso, a los de la conciencia. Por eso la comunidad internacional, la dirigencia para ser más precisa, es experta en pasar de agache frente a la hambruna, las limpiezas étnicas, la explotación. No sabe de mezclas; solo de rojo, naranja, amarillo…, cada uno por aparte.

Hay que luchar contra la pobreza, no como un acto de caridad, sino como un acto de justicia. Así como la esclavitud y el apartheid, la pobreza no es natural. Es artificial y puede ser erradicada”, decía Mandela. Ya quisiéramos ver cuántos de los mandatarios asistentes a los homenajes que el gobierno y el pueblo sudafricanos le rinden al africano que movió el mundo con la palanca de la fuerza interior y el carisma de la sonrisa, comprenden el significado de esas palabras y se comprometen con ellas. Uno que otro, por no decir ninguno. Y no necesariamente por mala voluntad; tal vez por comodidad, por incapacidad de abandonar la zona de confort que les proporcionan el mando y los honores. (No conocen ni a Newton, ni a Mandela).

En caso de necesidad, Señoría, estoy dispuesto a morir por mi ideario de libertad”, manifestó al juez antes de escuchar su condena a cadena perpetua. En obrar como pensaba (y hablaba) radicaba su coherencia indestructible. Tan única. Para que la búsqueda de la verdad vuelva a pesar más que la vida, tendrán que pasar montones de años. Mandelas no nacen todos los días. ¿Se imaginan que hubiera siquiera uno por continente? El poder, tal como lo conocemos, dejaría de existir. “Los verdaderos líderes deben estar dispuestos a sacrificarlo todo por la libertad de su pueblo”. Muy desamparada quedó la humanidad sin este hombre.

De todo lo destacable que hay en la vida y obra de Madiba –su biografía no tiene desperdicio– me fascinan su concepto de la libertad y su convicción y compromiso para conseguirla desde las neuronas y el corazón, nada qué ver con la sensiblería inútil. Era pragmático pero íntegro, una rara especie de buen político y excelente persona. (Con Gandhi, uno de sus ejemplos a seguir, pensaba que “la verdadera libertad no viene de la toma del poder por parte de algunos, sino del poder que todos tendrán algún día de oponerse a los abusos de la autoridad”). Por eso, a pesar de tener motivos de sobra, no cultivó complejos de inferioridad, resentimientos, deseos de venganza... No se sintió mejor ni peor que nadie por el hecho de ser negro; simplemente evitó que el encierro, los malos tratos, la muerte en vida a la que fue sometido, apagaran su luz. Y se esforzó en ponerse en los zapatos de los otros: la minoría blanca, opresora y arbitraria.

Detesto el racismo porque lo veo como algo barbárico, ya sea que venga de un hombre negro o de un hombre blanco. Mi ideal más querido es el de una sociedad libre y democrática en la que todos, blancos y negros, podamos vivir en armonía y con iguales posibilidades; con los mismos derechos y los mismos deberes”. Tan iguales veía a todos sus semejantes que, cuentan, era el único personaje que se atrevía a llamar Elizabeth a la reina de Inglaterra, sin que los encargados del acartonado protocolo de Buckingham le jalaran las orejas. Él tenía suficiente majestad para hacerlo. Era el octavo color del arcoíris.

COPETE DE CREMA: Qué oscuro luce hoy el mapamundi. La esperanza es que cuando vuelva a salir el sol, el rayo de luz que aportó Mandela a la rueda de Newton, nos alumbre a todos por igual.

 

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