El machismo electoral colombiano

Una mirada desde el interior de la campaña de una aspirante a la alcaldía de un lugar del país

Por: Nicolás Gigino Sánchez
octubre 07, 2019
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El machismo electoral colombiano
Foto: Pixabay

De 1099 cargos para alcaldías a nivel nacional, solo 133 alcaldesas fueron elegidas para el periodo 2016 – 2019; y de 32 gobernaciones, únicamente 5 mujeres resultaron electas para ese mismo periodo. La ley de cuotas, que exige cierto número de candidatas en las listas al Concejo Municipal, en la mayoría de los casos es mero requisito de cumplimiento electoral.

Las mujeres no quieren participar en política “por falta de recursos, temor a la crítica, a que hablen de su vida privada, de su familia o de cosas netamente personales”, indicaron varias mandatarias colombianas que participaron en el panel: Transformación Política, ser alcaldesa en Latinoamérica, del (Women Economic Forum).

Lo anterior tiene directa relación con lo que he podido apreciar desde mi trabajo como comunicador social en la campaña política de una mujer en San Gil, Santander, (municipio que nunca ha tenido una alcaldesa por elección popular).

He sido siempre crítico de las viejas casas políticas y en esta ocasión mi labor se dio en una de las corrientes más radicales de Colombia: el Partido Conservador. Al principio fue un dilema personal aceptar el trabajo, pero decidí probarme, despojarme de los prejuicios y realizar mi ejercicio profesional como lo haría en cualquier empresa.

Cabe aclarar que este escrito es un ejercicio de reflexión netamente personal que quiero compartir con ustedes.

En estos dos últimos meses la candidata ha sido sometida a toda clase de insultos. Las invitaciones a salir por parte de varios sujetos son pan de cada día, pero ese tema es de poca monta. Le han dicho en su fanpage que es la "poneganas" de un exministro, “la moza de un senador”, “la del ratico de un director de partido”, se le tilda de “careverga” y algunos machitos le escriben: “me avisas pa’ agarrarte a mondá”, un término desobligante y costeño, a propósito.

La agresión no solo se da con denigrantes mensajes; sus vallas las rompen, las queman, las agarran a piedra, pintan en la cara de la candidata cachos y barbas, entre otra clase de daños a su publicidad.

El ataque es feroz a través de comentarios y memes; la comunidad advierte que muchas de las imágenes que se comparten en cuentas anónimas de redes sociales y a través de WhatsApp provienen de campañas cuyos candidatos son precisamente hombres, “liberales y alternativos”.

Las mujeres que aspiran a la alcaldía de San Gil se han comportado como damas, decentes y puestas en su sitio.

Por los daños a la publicidad y los comentarios que recibe a diario, la candidata ha denunciado públicamente en sus redes sociales un par de veces, pero esto en vez de despertar la solidaridad y el buen trato entre campañas, ha provocado la respuesta de ciudadanos que la tildan de “hacerse la víctima” y le preguntan: “¿para qué participa en política si no se va a aguantar lo que le dicen?”.

Hay memes inteligentes, que contienen humor negro, dignos de aplaudir, pero la libertad de expresión no puede ser un ataque de macho cabrío con ínfulas de violador que denigra a la mujer.

Me declaro conciliador, y no entro en absurdos radicalismos; me doy la oportunidad de pensar si el otro tiene la razón y reversar mi posición si es posible. Me consta la decencia que tiene la aspirante a la alcaldía, y la angustia que vive con cada ataque, por eso me solidarizo con su género, más allá de mi labor en su campaña.

Como sociedad debemos pensar qué estamos haciendo, cuál fue el trabajo que hicieron nuestros padres y qué es lo que les estamos enseñando a nuestros hijos respecto a la mujer y su rol en la sociedad.

Independientemente de la suerte que corra la candidata este 27 de octubre, este trabajo ha sido un gran aprendizaje, una mirada desde el interior de las mujeres, desde sus redes sociales y lo que tienen que callar desde su labor. Invito a la reflexión.

 

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