El libro que retrata los torcidos más emblemáticos de Colombia, donde ser pillo sí paga

Jesús Antonio Pantoja retrata en Torcidos made in Colombia diez grandes escándalos de corrupción y revela, con datos duros, por qué a los corruptos le va tan bien

Por: Lizandro Penagos
enero 31, 2026
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El libro que retrata los torcidos más emblemáticos de Colombia, donde ser pillo sí paga

Con el advenimiento de los medios masivos, desde hace un buen tiempo escribir libros ha sido considerado algo quijotesco, pero en épocas de la Inteligencia Artificial y de las redes (anti) sociales, y sin el soporte financiero de una gran editorial, se ha convertido en un auténtico disparate, que llevó a un gran amigo de letras a realizar una lacónica confesión: en Colombia los libros se regalan muy bien.

Casi nadie lee libros, pero casi todos los quieren regalados. Pues bien, Jesús Antonio Pantoja es uno de esos tercos irredimibles que pareciera andar buscando siempre lo que no se le ha perdido y luego de publicar Los más grandes farsantes de la historia (2023), llega ahora con Torcidos made in Colombia (2026), una curiosa, minuciosa y asquerosa radiografía de la corrupción nacional a través de diez casos.

La primera bofetada son sus tres epígrafes. Tres perlas negras (por lo piratas, no por lo valiosas) emanadas de las mentes mezquinas y voraces de una triada de insignes infelices de la fauna política nacional: Julio César Turbay Ayala: “Reduciré la corrupción a sus justas proporciones”; Miguel Nule Velilla: “La corrupción en Colombia, como en cualquier país del mundo, es inherente a la naturaleza humana”; y Juan Carlos Martínez Sinisterra: “Es mejor negocio la política que el narcotráfico. La plata que deja una alcaldía no la deja un embarque”. Y no se ha repuesto uno del mareo causado por la repulsión, cuando emergen las náuseas que provoca la introducción, con datos tan certeros como repugnantes.

Por ejemplo, el informe que presentó en 2023 la Secretaría de Trasparencia de la presidencia de la República que analizó sólo una década, pero es vergonzoso. Transcribo: “De las 57.582 denuncias asociadas a corrupción, el 93,99% no tiene condena; el 89,7% no tiene capturas y el 77,15% está en indagación”. El potpurrí de delitos lo encabeza el peculado por apropiación, la contratación sin requisitos, la concusión, el cohecho, interés indebido, tráfico de influencia y enriquecimiento ilícito, entre otros, más puntales y no menos graves. Y todo lo anterior ratificado por otro dato devastador: De los 32 departamento de Colombia, 20 tienen un porcentaje de impunidad superior al 95% y los 12 restantes están entre el 90% y el 94,9%.

En cuanto al Índice de Percepción de la Corrupción (IPC) que estudia el comportamiento del fenómeno en 180 países con base en fuentes externas, Transparencia Internacional también raja a Colombia, que ocupa deshonrosos lugares, más cerca de los coleros Somalia y Sudán, que de los punteros Dinamarca, Finlandia y Singapur. A nivel local la Misión de Observación Electoral (MOE) pudo establecer en el informe Así se roban a Colombia que la mayoría de los condenados por corrupción son alcaldes, seguidos en número e importancia del monto por gobernadores, representantes a la Cámara, concejales, senadores y diputados; y que su festín más apetecido para robar es infraestructura, educación, contratación de personal, servicios públicos, equipamiento municipal y vivienda.

El autor de Torcidos made in Colombia, Jesús Antonio Pantoja, es un cazador de datos y cifras que corroboran sus postulados y evidencian una rigurosidad investigativa propia de una persona que trabaja con la Contraloría General de la Nación. Los diez casos registrados en el libro y que cuentan con una arqueología verdaderamente admirable son: el robo de los 13,5 millones de dólares, Agro Ingreso Seguro, los bonos Carrasquilla, Interbolsa, SaludCoop, Odebrecht, Reficar, el cartel de la Toga, Centros Poblados y los carrotanques de la Guajira; que, si bien la mayoría conoce o ha escuchado, en este trabajo se describen con la minucia propia de los entramados que personajes de la política nacional involucrados diseñaron para robar.

Si a usted querido lector le suenan nombres como Roberto Soto Prieto, Andrés Felipe Arias, Alberto Carrasquilla, Víctor Maldonado, Tomás Jaramillo, Juan Carlos Ortiz, Carlos Palacino, Gabriel García Morales, Bernardo Elías, Otto Bula, Daniel García Arizabaleta, Néstor Humberto Martínez, Leónidas Bustos, Francisco Ricaurte, Luis Gustavo Moreno, Emilio Tapia Aldana, Luis Fernando Duque, Olmedo López, Sneyder Pinilla o Víctor Andrés Meza, es porque algo sabe de todos estos entuertos en donde pocas veces caen los peces gordos y suelen ir a la cárcel directivos, funcionarios y contratistas (sector privado) de rango medio, que sirven como mostrarios y no como pruebas de que la justicia efectivamente funciona.

Cada uno de los diez textos está dividido por una suerte de respiro histórico que da cuenta de otras pesquisas, las literarias, relacionadas con la corrupción. Fragmentos de El general en su laberinto, de Gabo; del primer escándalo de corrupción en la historia de Colombia, una columna escrita por Juan Gossaín; las diferencias en el manejo de las finanzas públicas entre Santander y Bolívar; el torcido con el Canal de Panamá; las confesiones de Alfonso López Michelsen; los viejos helicópteros que desde siempre ha ‘donado’ EE.UU. y el negociado que Germán Castro Caycedo destapa en Con las manos en alto; la alusión a Uribe en Ñamérica, el libro de Caparrós; los tumbados de Pedro Gómez con la recuperación de Armero, que refiere Gonzalo Gillén; las Patadas de ahorcado de Antonio Caballero y el negocio el glifosato, que relata Carlos Ossa Escobar, en su libro No más historias fallidas.

Es un libro necesario e impactante. Un espejo sobrecogedor, porque en Colombia (que está sobrediagnosticada) es una verdad inexorable que la corrupción se gesta en la dinámica de las elecciones, pues cuesta mucho llegar y cuando se llega hay que pagar, no favores, sino dinero. Y de allí se derivan una suerte de prácticas corruptas que han saltado de la sociedad a la administración pública, como brincan las ratas de los puertos a las grandes embarcaciones. Pareciera que en cualquier país del mundo roban lo ladrones, pero en Colombia el que accede a cualquier brizna del poder de las maquinarias depredadoras del erario, así sea a través de un contrato ínfimo que no cumple a cabalidad pero que es asumido como ‘oportunidad’.

Y lo peor, en este recuento de fétidas miserablezas investigadas con rigor y escritas con pulcritud, es que en Colombia ser pillo paga, sin duda alguna. Basta allanarse a los cargos (cuando el costoso bufete de abogados -que hace parte del negocio-, no logra el vencimiento de términos), para acceder al 50% de rebaja de la pena, más descuento por trabajo y estudio, que puede sumar otro 20%; y una breve temporada en casa por cárcel (que suele ser mansión por cárcel) y listo.

El corrupto queda embilletado y libre. Y sigue haciendo política y torcidos, aunque en cuerpo ajeno, porque sabe dónde ponen las garzas. Además, debe decirse, la corrupción también vive en el pueblo, en la cuadra y el barrio, en el vecino que funge de líder, en el familiar que aprendió a lucrase del saqueo, porque no son sólo los grandes ladrones, sino una red inmensa de pequeños cómplices que en elecciones son idiotas útiles que por migajas se acomodan ellos y traicionan al resto. Consiga este libro y léalo, le hará sentir que Colombia no es un país pobre sino empobrecido, al que se lo han venido robando de la manera más vulgar y descarada.

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