El hombre que fabrica barcos en Cali

Submarinos y aviones también hacen parte del trabajo de Jorge Enrique Giraldo Ramírez. Esta es su historia

Por: Manuel Tiberio Bermúdez
noviembre 13, 2019
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El hombre que fabrica barcos en Cali

Son las dos de la tarde de cualquier domingo en Cali, no hay deseos de cocinar y las ganas de algo diferente señalan la ruta hacia los platos con sabor a mar. Entonces el apetito nos guía hacia los alrededores de la Galería Alameda.

Desde que uno llega al lugar y busca con afán un espacio para estacionar el vehículo, las ofertas llueven en manos de muchachos, que carta de comidas en mano, invitan al restaurante para el que realizan su trabajo. “Venga, le tenemos el mejor marisco”, dice uno. “2x1, usted arma el plato como quiera”, dice otro. “Cazuela de mariscos para que le cumpla a la novia”, dice el de más allá riendo con picardía a mi acompañante; la oferta es variada y tentadora.

Los olores que salen de los restaurantes avivan el apetito y entonces es el azar quien finalmente decidirá una buena escogencia del lugar. No me fue mal. El 2x1 estaba delicioso. La decisión: sancocho de pescado, cazuela de camarones y arroz también con camarones. Platos exquisitos, suficientes y de precio justo.

Mi barquito marinero…

“Mi barquito marinero hoy que estamos navegando

El cielo se pone oscuro, la mar se está levantando

Marinero a la mar, sale a navegar”...

Así canta Nelson Pinedo con la Sonora Matancera una canción inolvidable. Y la recuerdo porque al salir del restaurante, en un pequeño parque del lugar, un hombre amable y jovial ofrece a la venta barcos que evocan el mar con las velas hinchadas y algunos piratas aterradores surcando el océano.

Le abordó para hablar de su oficio, porque además de barcos, muy bien hechos, ofrece submarinos y aviones, delicadamente decorados.

Se llama Jorge Enrique Giraldo Ramírez. “Soy oriundo de la Villa de Robledo, es decir de Cartago”, me dice.

Luego me cuenta que desde año 1959, cuando él apenas tenía 4 años, su familia se vino a Cali huyendo de la violencia. Historia que se repite en muchos de los que habitan esta ciudad multicultural y pluriétnica a quienes la violencia les hizo emigrar a esta ciudad.

“Hice mis estudios primarios y secundarios acá y luego me fui para los Estados Unidos, como la mayoría de emigrantes hice todo tipo de oficios varios: limpiar, barrer, asear oficinas, etc., hasta que con el tiempo aprendí a hablar inglés y entonces pude estar en mejores trabajos. Como buen andariego recorrí varios estados de ese país hasta que luego de 19 años de residir allá volví a Colombia”.

Pero a Jorge Enrique aún no se le había cansado su alma de trotamundos y se fue esta vez para Australia. Estuvo 4 años en el país de los canguros y como ellos saltó de Melbourne a a Sidney, luego brincó a Brisbane y finalmente a Gold Coast donde las autoridades de inmigración le retuvieron y le dieron un mes para que volviera a su país, Colombia.

Fue infante de marina en el Buque Escuela Gloria y por ello conoció varios puertos del país. De ahí, de ese paso por la infantería de marina le quedó el respeto y el amor especial por los barcos.

Entonces, para no olvidar su vida de viajero, un día vio una hoja de una palma que se parecía a la quilla (Quilla es la parte de debajo de un barco, la que va en contacto con el agua), de un barco y decidió hacer uno en madera. Vio revistas, programas de televisión y así se fue metiendo en su actual oficio.

“Hace unos 7 u ocho años trabajo con los barcos aquí en Alameda. Me encantan, me gustan por su grandeza y belleza. Yo veo los barcos en las fotos y de esa manera los hago”. Lee mucho sobre ellos y la jerga que los define: sabe que es una cubierta, conoce de babor, de estribor, de mástiles y velas, y de otras palabras que usan los marineros. Recuerda los nombres de algunos buques escuelas de países: “el de México llama, Buque Escuela Cuauhtémoc; el de Argentina Ara Libertad; el de Colombia El Gloria”, me dice como si estuviera dando una lección de memoria.

Trata de hacer los barcos con exactitud. “Un barco de estos que vendo acá se puede demorar su elaboración hasta cinco días. Hay que tener cuidado en los detalles, en las velas, en los mástiles, y ponerles una pintura adecuada que los haga ver bien bonitos. Uso triplex en su confección para que no queden tan pesados. También hago por encargo; en ocasiones me han traído fotos para que yo haga un barco que alguien aprecia o estuvo en él”.

Admiran mucho pero compran poco

Quise saber qué le dice la gente de su trabajo, de sus barcos y aviones: “Ah, dice riendo, todo mundo admira mucho pero compra poco. La verdad a mí me gusta hacerlos y soy feliz cuando los termino y más cuando alguien los lleva porque sé que van a alegrar a alguien, especialmente a un niño o a un adulto nostálgico de viajes”.

Pero Jorge Enrique sabe que no puede vivir solamente de sus barcos y da clases de inglés particulares. Bajo el lema: “El idioma inglés no es un lujo, es una necesidad”. Jorge ofrece, en una hojita de papel impresa u otras que pega en los postes del alumbrado el “método práctico para leer, escribir, hablar y pensar en el idioma inglés. Preescolar, académico, personalizado para auxiliares de vuelo y traducciones”.

Observo los barcos que tiene a la venta y noto que no tienen nombre. Le pregunto sobre el particular. “No, no les pongo nombre. Muchos de ellos tienen nombre de mujer, será porque se van cuando uno menos piensa, dice mientras ríe.

Pero no solo hace barcos también fabrica submarinos y aviones. “Me voy a la biblioteca y miro, luego los hago. Yo creo que me quedan bonitos y a la gente les gusta para sus hijos. Yo admiro mucho la arquitectura naval y aeronáutica, me causan asombro”.

¿No ha hecho una exposición de su trabajo?

“Una vez estuve a punto de exponer, pero le piden a uno mucha plata, en vez de darle le piden".

¿Qué sentimiento le generan los barcos?

“Asombro y recuerdos de viajes”.

¿Sabe algún poema que tenga que ver con los barcos?

Aún recuerdo el himno de la Armada Nacional. “Viva Colombia, soy marinero, por mi bandera por mi heredad. Vivo en las olas celoso y fiero, soy caballero del ancho mar”…

¿Y qué le dice a esos que admiran mucho pero que compran poco?

"Pues que compren su barco que es de buen augurio tener uno en casa y además estimula la unidad ya que la vida en un barco agrupa y establece lazos fuertes de afecto. Ah y que llega diciembre y nada mejor que un barco para que inculquen en los niños el alma de viajero".

Me despido de Jorge Enrique, un hombre sencillo, jovial y trabajador deseándole, como al mejor marinero: “buen viento y buena mar”.

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