¿El futuro es de todos?

Tal vez no haya mejor momento para un cambio social en Colombia que la ruptura de los hábitos de vida a los que estábamos acostumbrados. Pero, ¿estamos listos para innovar?

Por: Nicolás Cordero Esparza
abril 27, 2020
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¿El futuro es de todos?
Foto: Centro Democrático

Nuestra sociedad fue precipitada, sin saberlo, a un abismo en el tiempo. De un día para otro una epidemia humana ha dejado en desuso algunos convencionalismos que el poder político colombiano tardó décadas en imponer. La aventura que suponía salir un día a la ciudad ha sido suprimida para darle paso a la escuela remota, al teletrabajo, a la bancarización necesaria, a la inconformidad civil y a la ineludible comunión entre el ser humano y los aparatos de comunicación electrónicos de última tecnología. Lo que antes era una opción ha resultado ser el único medio propicio para mantener algunas de las relaciones que gradualmente se han instituido a lo largo de dos siglos de república.

Estos sucesos no son nuevos; hay segmentos enteros de la sociedad que están habituados a algunos de ellos. Lo verdaderamente nuevo es que estos mecanismos, que constituían excepción, pasaron a ser regla sin ningún tipo de transición que adecuara el estado de las cosas a las necesidades del momento. El rol de la informática en la provisión de servicios públicos era rudimentario al declararse la pandemia y los gobiernos municipales han presentado problemas para ofrecer información actualizada sobre cuestiones diferentes a los temas de la emergencia. También hay serias dudas respecto a la capacidad de la infraestructura digital para brindar acceso a los servicios educativos remotos. Ni hablar de la desconfianza que se genera en la sociedad frente a la prestación de los servicios bancarios en época del corona virus: el abuso que estas entidades perpetran al momento de cobrar por los servicios financieros que prestan, contrasta con el apoyo que les brinda el Estado a través de los tratos tributarios diferenciales que gozan. Sin duda nuestras instituciones y hábitos no están adecuados para una situación como la presente, que requiere de un verdadero compromiso de los ciudadanos, de los empresarios y de los políticos, así como la práctica de valores, tan obsoletos en estas tierras, como la solidaridad, el respeto y la empatía.

Como he dicho, nos hemos chocado de frente contra el futuro y no estamos a su altura. Aunque algunos pequeños grupos puedan decir con orgullo que están habituados al manejo de estas herramientas, no podemos olvidar que aquellos se ubican en posiciones privilegiadas de la sociedad donde su capacidad pecuniaria o su estatus laboral los ha puesto en contacto habitual con las Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC). Los servicios informáticos se han consolidado primordialmente en torno a actividades laborales relacionadas con el sector de los servicios, dejando rezagadas las actividades económicas primaria y secundaria. Así, el agricultor, el obrero, el minero y otros trabajadores han sido excluidos de los beneficios de las TIC y en ocasiones su único contacto con estos medios son la emisora radial de amplitud modulada o un canal de televisión cuya imagen distorsionada proyecta los símbolos de algún poder inalcanzable. Tenemos pues, una parte considerable de la población habitando hoy los callejones del olvido y del desamparo mientras las plataformas digitales se convierten en los templos acreditados para la vida social. En este momento el espacio público no lo configura el parque o la plazoleta sino los dominios virtuales donde nuestras acciones están limitadas por hipervínculos habilitados y a los cuales mucha de nuestra gente no puede acceder por carencia de recursos y/o por la falta de interés y eficiencia de las empresas que prestan los servicios de telecomunicaciones.

Entonces, esta sociedad tiene graves problemas para enfrentarse a la crisis. Las instituciones políticas se han desarrollado hacia la complacencia al poderoso y la soberbia contra el humilde; la exclusión social es la bandera del sistema y la ignorancia del pueblo su arma más poderosa. Hemos visto, ya sin asombro, cómo los políticos y sus aliados echan mano de una emergencia sanitaria nacional para cometer fraude y seguir robándonos sin importarles un comino las condiciones paupérrimas en las que nos encontramos. Sin importarles cuánta riqueza han acumulado y cuánta pobreza han repartido entre las personas de los estratos 1, 2, 3 y 4 a lo largo de los años, la élite política del país sigue saqueando el erario en momentos tan acuciantes donde lo mínimo que se esperaría es una buena voluntad de parte de nuestros líderes. Pero esa buena voluntad es mera ilusión: mientras los desempleados e informales pasan hambre, enfermedad, desolación, angustia y tristeza, los miembros de élite criolla colombiana, haciendo gala de su mezquindad característica, siguen agrandando su hacienda bajo la mirada complaciente de toda una oligarquía que se santigua hipócritamente y se esconde bajo las faldas de las agencias de seguridad del Estado.

Ah, y no satisfechos de todo lo que hacen, culpan a los pobres de los diferentes problemas. El hambre que generan la combaten con cárceles, gases lacrimógenos y sendas golpizas. Ahora están repartiendo multas por todas las ciudades a la gente que sale a la calle a rebuscarse unos pesos para llenar los platos vacíos de sus esposas e hijos. Nos hacen creer que esta ralea indisciplinada es la causa de muchos de nuestros percances, que son propagadores potenciales del virus. Se les olvida que nuestro señor presidente dio vía libre al COVID-19 en el aeropuerto El Dorado; y esto no es una hipótesis: es un hecho. Luego, cuando vieron que no era una broma, entonces nos mandaron a encerrar en nuestras casas, sin ningún tipo de garantías y sin las condiciones propicias para enfrentar dos meses de aislamiento. Claro, ellos allá en sus apartamentos de lujo con sus cuentas de diez o más cifras no tienen mucho de qué preocuparse. Pero, nosotros, los que trabajamos hoy para pagar lo que nos comimos ayer ¿de dónde vamos a sacar para aguantar tanto tiempo? En Colombia podemos decir que el ahorro es un lujo, un privilegio del que está excluido el trabajador promedio. Y ¿cuál fue la solución del gobierno? tirar un salvavidas pinchado, $160.000 que no alcanzan para nada y cuya asignación ha sido sujeto de polémica porque incluye un potencial escándalo de corrupción en el que cedulas falsas y de personas muertas aparecían en las bases de datos como beneficiarios de la ayuda.

Es definitivamente una utopía enfrentarnos con éxito a una situación tan excepcional con nuestras herramientas institucionales. Por ejemplo, pensemos en la educación remota. ¿Funciona? ¿Está Colombia preparada para esta innovación? Si muchas escuelas y colegios públicos no cuentan con servicio de internet para sus lecciones diarias, ¿qué será de las casas de sus estudiantes? Pero no solo se trata del servicio de internet, sino también de los medios digitales como computadores, tablets, o hasta celulares. Mis sobrinos tienen que venir a mi casa todos los días, violando la cuarentena, para pasar sus tareas a WORD porque en la suya no tienen computador y si no entregan los trabajos a tiempo sus profesores les ponen un elocuente 0. Este ejemplo, llevado a gran escala, demuestra que muchísimas familias carecen de los medios apropiados para que los escolares vean clases virtuales o presenten las tareas a tiempo; pero este hecho no ha sido un impedimento para que las escuelas y colegios implementen esta estrategia que a todas luces resulta discriminadora y que pone de manifiesto una vez más, el carácter excluyente de nuestra sociedad y la profunda desigualdad que habita en su seno.

Si hay algo que está logrando el COVID-19 es que todos podamos ver claramente que, en Colombia, en contravía del eslogan publicitario del gobierno nacional, El futuro NO es de todos. Nuestro país no está preparado para el futuro porque sus instituciones están ancladas al pasado y porque la élite se opone enérgicamente al cambio frenando la movilización social y promoviendo la ignorancia, la desinformación, el trabajo mal pagado y la exclusión. Sin embargo, las circunstancias actuales, que hoy nos estrellan con el porvenir, también nos exigen construir el cambio y nos ofrecen el aliciente necesario para realizarlo, al significar una ruptura con viejos hábitos de vida. Por eso, debemos condensar nuestras fuerzas y hacer de este escenario la tierra fértil sobre la que florezcan las semillas de la inclusión, la dignidad, la solidaridad y la igualdad social en un país tan arduamente asolado por el eterno verano de la indiferencia.

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