El fin de la temeraria vida de al-Baghdadi, el gran jefe de Isis

Correteado por los Marines norteamericanos se escondió en un túnel con sus dos esposas a quienes mató y después se suicidó. Trump dio el parte de victoria al mundo

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octubre 29, 2019
El fin de la temeraria vida de al-Baghdadi, el gran jefe de Isis

A la 1:30 de la mañana del 27 de octubre ocho helicópteros pertenecientes a la coalición que lidera Estados Unidos para derrotar al Estado Islámico sobrevolaban una casa en la aldea de Barisha al norte de la ciudad de Idblid, muy cerca de la frontera siria con Turquia. Allí se escondía Abu Bakr al-Baghdadi, el recio soldado que defendió a Sadam Hussein durante la guerra del golfo y que desde hace más de una década lidera Isis, el grupo terrorista más temido del mundo. El bombardeo duró dos horas, cerca a las cuatro de la mañana solo tres de sus hombres resistían.

El autoproclamado califa dejó su Kalashnikov, buscó a sus dos esposas más queridas y bajó al sótano de la casa a buscar uno de los túneles de escape con las que había sido construida. Los perros del ejército norteamericano, entrenados para este tipo de operaciones, lo seguían con saña. El bombardeo constante provocó un derrumbe que bloqueó el túnel y, atrapado, decidió accionar el chaleco que cargaba repleto de explosivos y se inmoló junto a sus dos esposas. Terminaba el reinado de uno de los hombres más buscados del mundo.

El nombre de al Baghdadi se hizo conocido en todo el mundo a comienzos del 2015 cuando irrumpió  en una mezquita atestada de gente en la ciudad siria de Al Raqa, bastión del Estado Islámico. La gente inmediatamente intentó tomar fotos con sus celulares pero se sorprendieron al ver que todos los aparatos electrónicos se habían apagado. Desde afuera un camión con un equipo especial los había anulado. Lo único que estaba encendido eran las cámaras que el equipo de televisión del Estado Islámico dirigían. Bagdadi se subió al estrado y le anunció a los feligreses y al mundo que él era el nuevo Califa, el nuevo líder de todos los musulmanes. Bajo su égida, el Islam volvería a cabalgar como un potro salvaje por los Balcanes, por todo el norte de África, la totalidad de Asia y España. La poderosa nación islámica volvería a nacer desde su puño como lo hizo durante 1.400 años.

Nacido en 1971 en el pequeño poblado de Samarra a 200 kilómetros al norte de Bagdad, Bagdadi pertenecía a una familia de clase baja que contrarrestaba su pobreza con los envidiables contactos que tenían con el régimen de Sadam Husein. Y es que varios de sus tíos pertenecían a la guardia del dictador. Bagdadi era un joven taciturno que andaba las polvorientas calles de Samarra en una bicicleta que tenía adelante una canasta llena de libros religiosos. No entraba a los cafés de la ciudad, vestía con una sencilla dishdasha, nombre que tienen las batas iraquíes masculinas, llevaba barba  y se la pasaba las tardes ardientes leyendo el Corán. Sus únicos amigos eran los que iban día y noche a la mezquita de la ciudad.

A pesar de su silencio y de su fervor religioso, Bagdadi estaba lejos de ser un fanático. Sus amigos dicen que le gustaba el fútbol y que lo jugaba muy bien. Era un defensa competente que seguramente hubiera llegado al profesionalismo si no se hubiese roto la rodilla derecha a los 18 años. Entonces viajó a Bagdad a especializarse en Estudios Islámicos de donde se graduaría como doctor cinco años después. Mientras estudiaba, Bagdadi ingresó al ejército.

Su fanatismo religioso empezó a exacerbarse cuando en el 2003 Estados Unidos invadió su país. Al- Bagdadi organizó los grupos suníes que, como guerrillas, desencadenaron una oleada de atentados contra las tropas norteamericanas. Con su don de mando formó el grupo terrorista Jamaat Jaish Ahl al-Sunnah wal Jamaa, primera semilla del ISIS. Un año después fue apresado por los marines en Faluya y llevado al Campo de Bucca.

 

Las torturas de las tropas estadounidenses lejos de quebrantarle el espíritu lo fortalecieron. La cantidad de extremistas apresados en el lugar convertían al campo de concentración de Bucca en una universidad del terrorismo. Bajo las narices de los norteamericanos los presos compartían información y tácticas de combate. Allí  conocería a Abu Muhammad al-Adnaniun exsoldado de Sadam Husein a quien Bagdadi nombraría, una década después,  portavoz del Estado Islámico.

Al líder de Isis era muy difícil seguirle las huellas. De él solo existían dos fotografías y por esa volatibilidad lo llamaban El jeque invisible. Unas versiones dicen que permaneció en Bucca seis meses, otras dicen que fueron cinco años. Lo único cierto es que en el 2009 ya era uno de los líderes más radicales de Al Qaeda. Bajo su mando estaban cerca de 4000 miembros del Baaz, el partido político fundado por Sadam Husein que representaba el poder militar más importante de la organización terrorista.

Con ellos de su lado la separación de Al Bagdadi de Al Qaeda era inminente. El autodenominado Califa consideraba que Al Qaeda no era lo suficientemente radical. En el 2012 ISIS ya era una organización autónoma y la cabeza de Al Bagdadi ya valía, según Estados Unidos, diez millones de dólares. Su capacidad de crear terror se evidenció a mediados del 2014 y se potencializó aún más con los atentados de Europa de los últimos años.

Su muerte confirma la decadencia de ISIS

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