Opinión

El espíritu del cangrejo azul

Por:
junio 10, 2015
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En la década del 70,  Manuel Zapata Olivella propuso construir en Cartagena, en ese espacio que conocemos como Chambacú, un gran parque al que llamó de Las Américas, donde todos los hijos de estas tierras de sábalos y bagres, pero sobre todo de cangrejos, se reconciliaran en  un ambiente de tranquilidad y sanaran heridas de ese pasado lejano y colonial.

Zapata también pensaba que ese parque era la mejor manera de unir a los habitantes de una ciudad luego del traslado de más de 1200 familias que habitaban esa isla y que hoy, la única huella de su existencia es un pequeño grupo de tenderetes y casas de madera que comparten pared con el exuberante Mall Plaza.

El lancero y profesor Juan Gutiérrez Magallanes, que nació y creció en esas calles de Chambacú, cuenta que luego del desalojo, los únicos que se quedaron allí fueron las jaibas y los cangrejos que habitan las orillas del manglar.

Todas esas imágenes fueron evocadas al escuchar que el gobernador había reparqueado un viejo parque. Lo volvió a hacer, me dije lleno de alegría. Un nuevo regalo para La Heroica en su cumpleaños 482, como lo hizo antes con los Alcatraces en la Avenida Santander. Lo vi feliz, dichoso, acariciando las tenazas del enorme cangrejo azul en el barrio Crespo.

La relación de Cartagena con los cangrejos, tiene que ver con su primerísimo nombre. “Antes de que llegaran los españoles, esta tierra se llamaba Calamarí —escucho decir a los guías en la Plaza de la Aduana—  que quiere decir en lengua de indio ciudad de los cangrejos”. Mira tú.

Todos tienen razón, esta es la ciudad de los cangrejos. Si revisa la historia reciente, encontrará que en 1913, el periódico el Porvenir inició una campaña para destruir un buen tramo de muralla, foco de insalubridad de la urbe… y la muralla cayó. La insalubridad sigue siendo tan parecida como en aquellos años de cangrejo.

En 1971, el gran debate en la urbe eran los trabajos en la pista del aeropuerto, que marchaban, por supuesto, a paso de cangrejo, además estaba la construcción de una Plaza de Toros, entre otras muelas. Ante esos hechos, el comentario en uno de los editoriales del momento fue el siguiente: “El alcalde Surek, quien entra de lleno al problema del aeropuerto, pues en los pocos meses de su administración aún no se había crecido el chichón de las pistas, estuvo perplejo y con expresiones de desagrado, movía la cabeza de un lado a otro como queriendo no dar crédito al bochornoso espectáculo que contemplaba. (Cambie el nombre de Surek, por el de el Barbita Vélez y póngale un tramo de Transcaribe al frente… listo)

El editorialista sigue:   

“Pero hay que aceptarlo, mi buen Alcalde, porque estamos en la Ciudad Heroica, donde las plazas de toros se hacen en las villas olímpicas y las piscinas en el puro corazón urbano, donde las avenidas no tienen andenes ni arborización y las bibliotecas públicas están ubicadas en antros de alcoholismo y desocupación”. (Las ocurrencias del editorialista se musicalizan con El cangrejito de Petrona Martínez).

Reparquear los parques de la ciudad sanea negligencias recientes, pero al ver la imagen del cangrejo me pregunto si con esos viejos-nuevos parques la ciudad avanza o simplemente se tira un reluciente nuevo paso de cangrejo. Esperemos ese Espíritu del Manglar, que desde que nació ni tenía espíritu ni manglares, solo cangrejos, que fue otra muestra de cómo avanzó hacia atrás la metrópoli.

Escuchar al gobernador Gossaín la propuesta de hacer el gran parque de la ciudad en los terrenos de la Escuela Naval, no suena nada a reparqueo, solo deja ver sus intereses futuros. Se sintoniza con la idea de Zapata de construir en Chambacú el parque que la ciudad jamás ha tenido, algo como el “Central Chambacú Park”… el nombre es lo de menos.

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