Cuando Pedro Medina intentó violarme en pleno Jockey Club de Bogotá

Johann Díaz estudiaba en Los Andes y terminó en una de las charlas del gurú empresarial quien, seduciéndolo, lo llevó al sauna. Su trauma sigue vivo

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Agosto 28, 2018
Cuando Pedro Medina intentó violarme en pleno Jockey Club de Bogotá

Lo que a mí me pasó fue un jueves de junio de 2004, justo en la semana del lanzamiento de la nueva imagen de Movistar en Bogotá. En ese momento yo ya estaba a punto de terminar el pregrado de Administración en la Universidad de Los Andes, y vi una materia llamada Responsabilidad Social, que era dictada por un señor llamado Pedro Medina.

Cuando se presentó como profesor de esta clase él nos explicó que había sido la persona encargada de traer a Mc Donald’s a Colombia (en el año 1995), que ahora lideraba una fundación llamada Yo Creo En Colombia, y que su propósito era destacar por qué Colombia era toda una oportunidad para nosotros.

Las clases se desarrollaban en ámbitos normales —para algunos eran espectaculares, el señor Medina es muy elocuente, a mí me parecía algo extravagante, se salía del esquema normal— como las de cualquier catedrático, hasta que un día a él le dio por hacer una presentación, llevar un vibrador sexual a clase y exponer una serie de fotos de estudiantes de la Escuela de Negocios de Havard completamente desnudos. Algunas personas del salón reprocharon lo que presenciaron, pero a otros les parecía normal, ya que Pedro decía que era una cuestión completamente natural del comportamiento humano.

En otra clase, Pedro decidió quitarse su camisa e invitar a los alumnos a quitársela también. Unos pocos lo hicieron. Aunque por lo general un profesor no pide algo así, en términos generales, fue visto como algo natural.

Durante ese semestre para los trabajos en grupo de la clase de Responsabilidad Social estuve en un grupo de trabajo con dos compañeros, y ante la falta de trabajo en una presentación Pedro nos pidió que hiciéramos un escrito sobre nuestra opinión acerca de Colombia. Para ello yo hice un escrito de tres hojas, el cual, al parecer, le llamó mucho la atención. Luego de otras clases me comentó que quería ser mi mentor profesional. Yo quedé muy sorprendido ante esta propuesta ya que en esta clase nunca me destaqué por participar activamente en los debates y siempre pasé por bajo perfil.

Dado el perfil de Pedro, quien fue vicepresidente de Propilco, Sofasa, gerente general de Mc Donald’s, y ante el alto reconocimiento que estaba recibiendo la fundación Yo Creo en Colombia acepté su ofrecimiento. Él me dijo que se comunicaría conmigo luego, hasta que un día me invitó al Jockey Club para ayudarme en mi plan de vida personal y profesional.

Recibí una llamada por la mañana de un jueves de junio de 2004. No recuerdo la fecha bien, pero sí que en esa semana se hacía el lanzamiento del logotipo y de la marca que remplazaría a Telefónica, la cual hoy en día conocemos como Movistar. Lo tengo claro porque mi excuñado fue el encargado de hacer la activación del logo de la “M”y yo le estaba ayudando a coordinar un grupo de muchachos entre la carrera 15 y la carrera 19 entre calles 100 a 116.

Pedro, días antes, me había propuesto una cita, y yo le dije que lo podía atender en cualquier momento. Recibí una llamada de Pedro en donde me preguntó si podía reunirme con él, así que le pedí permiso a mi excuñado y no se opuso. Pedro me recogió en un carro sedán gris oscuro o negro, que iba conducido por su chófer, él iba como copiloto.

Yo traía un folder negro corporativo de la multinacional Oracle, ya que en ese momento estaba en un proceso de selección, y tenía unas hojas en blanco con un lapicero. Empezamos una charla general hasta llegar a la sede del Jockey Club del centro de Bogotá, justo al frente de las oficinas del Banco de la República. No suelo ir a clubes, y me sentía un poco ansioso por el lugar.

El Jockey Club me pareció viejo pero con mucha clase. Fuimos a un salón que parecía una biblioteca a la derecha de la entrada principal. Ahí, primero, me invitó a tomarme un café y luego me dijo que sacáramos una hoja de papel para que yo empezara a escribir mis metas, sueños, facultades, metas, aspiraciones…. mejor dicho, toda una serie de elementos que me hacían pensar que en realidad sí iba a ser una charla motivadora.

Media hora después me sugirió ir al sótano donde se encontraban las zonas húmedas. Me invitó al sauna y al baño turco, a lo que no le vi ningún inconveniente. Fuimos a los vestidores en donde yo quedé solo con una toalla, dejé mis cosas en un locker bajo llave. Recuerdo que antes de las zonas húmedas había una barbería, y luego un juego de asoleadoras con unas mesas.

Entramos al sauna. No los usamos por unos minutos mientras yo seguía con mis notas sobre mi ruta de vida. Luego, Pedro me dijo que dejara afuera mis notas y mi carpeta. Cabe decir que me llamó particularmente la atención que en esa zona había dos meseros que servían dos sándwiches de jamón y queso con papas a la francesa y gaseosas, y después prácticamente desaparecieron. Solo había un par de personas más y no les presté atención.

El caso, Pedro me invitó a comer y luego al sauna. Ya adentro me dijo que entráramos en confianza, que recordara que una forma de hacerlo era despojándose de todo, que eso se hacía en Harvard, que si quería estudiar allá que él me podía recomendar y que para ello debíamos quitarnos la toalla.

Recuerdo mucho que yo me la quité pero con la precaución de dejarme tapado el pene con una de las puntas, ante lo que Pedro me preguntó que si yo no confiaba en él. Como yo había estado en clases de fútbol, y pues la verdad estoy cien por ciento seguro de mi masculinidad, no le vi inconveniente en levantar la punta y quedar desnudo.

Pedro hizo lo mismo y empezó a hablar de lo natural que es el cuerpo humano. Después, comenzó a charlar sobre mujeres, erotismo, masturbación, etc. De hecho, me preguntó cuántas veces me masturbaba al día y ahí sí me empecé a incomodar mucho. Sin embargo, eso no fue todo. Me dijo que si podría mostrarle cómo me masturbaba y que si podía levantarme la piel del prepucio, como en señal de incitar una erección.

Yo levanté la piel, me pareció algo bizarro, pero lo suficientemente normal como si hubiera ido a orinar. De repente vi que Pedro tenía una expresión de excitación muy descarada y hasta ese momento pensé en lo raro que había sido todo. Me cubrí de inmediato y Pedro me reclamó por mi acción.

Le dije que tenía una clase en Los Andes a las 5:00 p.m. y ya eran casi las 4:30 p.m. Pedro comenzó a tocarme, yo me sentí incómodo, me corrí y él dejó de insistir. Sabía que yo no iba a caer en su juego y que estaba perdiendo su tiempo o su arrechera.

Pedro no logró su cometido y algo nervioso me sugirió que fuera muy discreto, que él era muy poderoso, que tenía muchas influencias, que de él podía depender una buena carrera profesional y que él me podía ubicar bien. Indirectamente me estaba diciendo que me podía joder si yo habría mi bocota. Yo entré en pánico. Ya estaba a punto de graduarme y anhelaba encontrar un buen trabajo.

Le dije que iba a ser discreto. Luego, él me dijo que podíamos seguir con las mentorías, que olvidáramos el episodio, que yo tenía mucho futuro. Por fuera le dije sí, pero por dentro me dije que no, que eso no estaba bien, que nadie podía abusar de su poder para hacer lo que le viniera en gana, que ese hijo de su puta madre se había aprovechado para morbosearme o para incitarme a hacer algo.

Me decepcioné de todo, me culpé por haber asistido a esa cita y me juré no volver ahí. Fuimos a los vestidores y saqué mis elementos. Recuerdo mucho que había un señor de edad, pasado de kilos, cambiándose para irse. Pedro empezó a hablar con él y este señor me empezó a mirar como si algo muy raro estuviera pasando ahí. Mientras Pedro era amable para hablar, el señor le contestaba seco.

Pedro me dijo que también se iba, que tenía una cita en su casa en Guaymaral, que su conductor lo iba a recoger, que le encantaría llevarme pero que no podía. Yo le dije que no había problema, que Los Andes quedaba a 6 cuadras del Jockey y yo podía caminar. Subí por la calle 14, volteando por la entrada del Museo del Oro, hasta que recordé que había olvidado mi celular en el locker de los vestidores.

Me devolví, dejaron entrar, bajé al sótano, pasé al lado de la barbería y oh sorpresa, veo que Pedro se estaba otra vez desvistiendo, esta vez con un —digo yo— con un niño de quizás 17 o 18 años, que si mal no recuerdo estaba por entrar al CESA y que Pedro bajo su propia palabra dijo que también quería ser su mentor.

Pedro me vio, estaba muy asustado, era como si hubiera visto a un espanto. El niño se puso nervioso, como si presintiera que algo feo le iba a pasar, y estoy seguro que lamentablemente así fue. Me arrepiento de no haber dicho algo, yo sabía que algo malo estaba sucediendo con las pseudomentorías de este señor.

Me dio mucho asco conmigo, especialmente por haber aceptado esa invitación a querer ser un colombiano mejor. Tomé mi celular, me despedí por última vez de Pedro, miré al niño como diciéndole que se escape ya, fui a la puerta y no volví a pisar nunca más las locaciones de ese club.

Cuando llegué a mi clase de 5:00 p.m. reaccioné y me dije que todo esto malo se debería saber. Supe de un amigo que vivió una situación similar, pero no dio detalles. La verdad nunca le dije nada porque me da una pena terrible admitir que yo fui capaz de estirar la piel de mi prepucio así como me lo solicitó Pedro, quizás pensé que estaba poniendo en entredicho mi sexualidad si contaba ese momento. Decidí guardar silencio, nunca decirle a mis papás o a mis amigos, y olvidar lo que pasó.

Muy seguramente el Jockey Club debe tener la minuta de las entradas de socios con invitados, o por lo menos la empresa que le prestaba la seguridad. Ahí debe estar mi nombre, entre las 2:30 p.m. y las 4:30 p.m., antes de que entrara el otro muchacho. Yo estoy seguro que las entradas se hicieron con la permisividad del club, los meseros debían saber. No es normal que un personaje de pacotilla entre con tanto “peladito” a comer sándwiches de jamón y queso con papas a la francesa y Coca Cola, y luego decida entrar a las zonas húmedas del club a satisfacer su mente asquerosa.

¿El conductor? Él también debe saber muchas cosas, también hizo parte de este juego. Tanto el club como los meseros son culpables de no denunciar algo que yo, al igual que Juan David, Alejandro y otros 30 muchachos, hoy me atrevo a hacer público.

A veces se me ocurrió que Los Andes supo de estos casos, guardó silencio y solo decidió dar por terminado el contrato de cátedra con Pedro Medina, ya que este desapareció de un momento para otro, en el total hermetismo.

Hoy ya tengo 38 años, y si no es porque mi papá me comenta que leyendo Las2orillas vio que el fundador de una fundación prestigiosa está siendo acusado por acoso sexual quizás hubiera dejado este episodio en el olvido total. No es justo que este señor se excuse en su enfermedad y en discursos vagos para que continúe con lo que, espero yo, no siga haciéndole a nadie más.

 

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