Texto escrito por: Nerio Luis Mejia
El 19 de mayo de 2026, Norte de Santander fue estremecido por una masacre en la vía Ocaña–Ábrego. Seis personas fueron asesinadas: entre ellas el líder social Freiman David Velázquez, integrante de ASUNCAT y consejero de juventudes, junto a dos escoltas de la UNP y tres acompañantes. El ataque, atribuido presuntamente al ELN, se produjo en una zona incluida en la Alerta Temprana de Inminencia 006 de 2026 emitida por la Defensoría del Pueblo, que ya advertía sobre el riesgo de control territorial de grupos armados ilegales.
La tragedia sembró consternación en una región que parece condenada a ver derramarse la sangre y el llanto inconsolable de sus víctimas. La pregunta se repite como un eco: ¿en qué momento se perdió la tranquilidad, no solo en el nororiente colombiano, sino en tantas regiones donde la violencia se ha vuelto rutina?
Al día siguiente, durante un recorrido entre el sur de Bolívar y el sur del Cesar, las banderas del ELN ondeaban desafiantes en la carretera Aguachica–Ocaña. La ausencia de la fuerza pública era tan evidente como el miedo que se respiraba: carreteras desoladas, vehículos agrupados en caravanas improvisadas, buscando protección en la compañía.
La poca operatividad de las fuerzas del Estado contrasta con el control territorial de las organizaciones criminales, como si el mapa de Colombia se hubiera fragmentado en feudos de violencia. La pregunta se vuelve más urgente a pocos días de las elecciones presidenciales del 31 de mayo de 2026: ¿habrá garantías de seguridad para que los colombianos puedan acudir a las urnas sin miedo?
Mientras la inseguridad sacude al país, los ciudadanos se preparan para escoger entre candidatos de izquierda y derecha, los más opcionados en esta contienda. El centro político parece relegado, sus discursos tibios frente a la urgencia nacional. La seguridad se ha convertido en la apuesta mayor, en el tema que atraviesa todas las campañas.
Las acciones violentas que a diario cobran vidas contrastan con la política de “paz total” promovida por el actual gobierno, que prometía convertirnos en la “capital mundial de la vida”. Sin embargo, las vidas se pierden en las carreteras, a manos de los violentos, en escenas sangrientas que llenan de pavor a esa Colombia que sueña con vivir en paz. Hoy, más que nunca, nos preguntamos: ¿en qué momento se perdió la tranquilidad en nuestro país?
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