El dolor colonizado
Opinión

El dolor colonizado

Cuando se habla de bombardear como respuesta a los ataques terroristas, vale recordar que esos también se enuncian como respuesta de acciones colonizadoras

Por:
noviembre 17, 2015
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“Algunos datos:

  • El jueves 12 de nov. (1 día antes del ataque en París), hubo un ataque en Beirut donde 41 personas murieron y 200 personas resultaron heridas.
  • 15 africanos en los últimos días fueron ejecutados entre Egipto y Palestina.
  • Más de 100 palestinos resultaron heridos por represión israelí.
  • En Colombia hay en promedio 105 muertes violentas al día, 72 de ellas por homicidios.

Es lamentable lo sucedido en París, nada justifica esas muertes, pero tampoco las muertes y heridos del conflicto y la violencia que se manifiesta en otros países, ciudades, pueblos, veredas. Es maravilloso que apoyemos, pensemos y hasta oremos por los parisinos; pero sería más maravilloso todavía que pensáramos, nos indignáramos y apoyáramos a todas las víctimas del conflicto y la violencia en el mundo”.

Tomado del muro de Facebook de la politóloga Sara Machado

Y yo añadiría:

Entre enero y octubre, más de 600 feminicidios han ocurrido en Colombia.

El domingo, otras dos niñas de la etnia wayuu murieron por desnutrición en la Guajira.

¿Por qué algunas muertes producen indignación y dolor generalizado y otras no? ¿Cuáles sí y cuáles no? ¿A quién sí y a quién no? ¿Es un fenómeno construido o espontáneo? ¿De qué depende la reacción de indignación? ¿Hay muertes más carismáticas que otras? ¿Más fotogénicas? ¿Más mediáticas?

En el libro Marcos de guerra, Judith Butler realiza una lectura crítica de la historia reciente: la actuación bélica de Estados Unidos en todo el planeta, la guerra de Irak, Guantánamo o los fenómenos de violencia racista vinculados a la inmigración en Europa.

“Esta obra explora la manera en que el liderazgo bélico de EE. UU. ha impuesto una distinción entre aquellas vidas que merecen ser lloradas y aquellas que no. Butler muestra que esta distinción, presentada a través de formas de comunicación que se han convertido en parte de la guerra misma, ha conducido al primer mundo a la destrucción y abandono de poblaciones que no se ajustan a la norma occidental imperante de lo humano”[1].

Aquí hay una importante pista para la comprensión. La muerte y la vida, aunque fenómenos naturales, también son construidas social y culturalmente, así como su valoración, su importancia y la sensibilidad y empatía que sentimos hacia ellas. También el odio es construcción social y las maneras de tramitarlo, de depositarlo, de calmarlo, incluso.

Hay muchos mecanismos para esas construcciones. Tradicionalmente, las historias que se ponen a circular y que se van repitiendo, por personas que ya no vivieron la experiencia, pero que creen en las versiones y las convierten en “la verdad”. Así, nacen las creencias o paradigmas con las que enfrentamos el mundo.

En el mundo globalizado de hoy, en el que se ha impuesto un filtro construido por la cultura occidental para mirar al mundo, las simpatías, empatías y los odios, circulan en la historia oficial, en las imágenes, discursos hablados y escritos que los medios masivos nos ofrecen como explicación de lo que está pasando.

 

En la coyuntura de los ataques terroristas a París
te siembran y abonan el sentimiento de odio
hacia “la barbarie”, “el terrorismo”,  el “eje del mal”

 

En la coyuntura de los ataques terroristas a París, como en tantos otros momentos de la historia reciente, las imágenes repetidas en un sinfín, te hacen suponer que llevas horas viendo la crueldad de un enemigo inhumano contra las víctimas inocentes, te siembran y abonan el sentimiento de odio hacia “la barbarie”, “el terrorismo”,  hacia el “eje del mal”. ¿Y el origen del odio de los grupos musulmanes que cometen estos atentados? Jamás es expuesto. Solo los discursos enardecidos que prometen y anuncian represalias, bombardeos, recorte de libertades.

No es un mecanismo que solo apliquemos al pueblo musulmán. En muchas regiones del planeta los llamados planes de desarrollo han incluido devastar amplios ecosistemas que son el hábitat de muchas especies. Acosadas por el hambre y el hacinamiento, muchas de estas especies llegan a los asentamientos humanos, adonde son tratados como plagas y amenazas. Se montan oficinas y escuadrones de “control de plagas”, con grandes presupuestos para atacar el problema generado por los animales. ¿Por los animales? ¿Alguien revisó el antecedente?

Ahora extrapolemos: Los países de Europa Occidental, así como algunos de Asia y Estados Unidos, han basado su poderío en la colonización: invaden territorios de otros países, doblegan sus culturas, violan a sus mujeres, acaban o corrompen sus poderes locales y establecen sus colonias. Para sostenerse, no solo despliegan la fuerza militar, sino que construyen una versión de la historia colonizada, en la que aparecen como  salvadores, civilizadores o portadores del desarrollo y la paz, ya que el pueblo de ese lugar sólo no podía.

Esa colonización del pensamiento, de la historia, de las riquezas, coloniza también las conciencias, los sentimientos, las explicaciones del mundo, los amores y odios, las lealtades y reacciones. Por eso cuando los gobiernos de los países industrializados y colonizadores hablan de que van a bombardear como respuesta a los ataques terroristas, bien vale la pena recordar que los ataques terroristas también se enuncian como respuesta a sus acciones colonizadoras.

No son víctimas de la barbarie estos países ni sus gobernantes. Son perpetradores de barbarie en nombre de su civilización.

Descolonizar el dolor, entonces pasa por intentar dolernos con el dolor de las verdaderas víctimas: con el joven que murió viendo tocar a su banda de rock favorita, o la niña que murió comiendo en un restaurante, o la pareja que cumplía su sueño de conocer París, o la familia que intentó huir de la guerra civil que los aliados y civilizados promueven y financian y los extremistas y teócratas musulmanes ejecutan.  También con los jóvenes que sacrifican sus vidas por un ideal de patria o de dios, o los que engañados son víctimas de falsos positivos. O con las mujeres asesinadas, vejadas y mutiladas en nombre de cualquier idea o creencia, o las niñas que mueren de sed y hambre en países ricos como el nuestro.

Descolonizar el dolor implica desplegar toda la solidaridad, acogida y ternura de la que somos capaces,  hacia la vida humana, tan vulnerable, tan indefensa, tan desvalorizada a la hora de los cálculos económicos y militares y tan utilizada cuando se trata de justificar las intervenciones de los colonizadores.

Descolonizar el dolor es concordar plenamente en que “Vale una vida lo que un sol”, como nos recuerda Jorge Drexler en “Polvo de Estrellas”

 

@normaluber

[1]Nota extraída de la presentación del libro que hace el Observatorio Sociológico Colombiano. El resaltado es mío.

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