El día que Timochenko se convirtió en el # 1

El exguerrillero Gabriel Ángel, quien narra la historia, estaba junto a él cuando llegó la noticia de la muerte de Cano: le había llegado la hora a Timoleón Jiménez

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mayo 16, 2018
El día que Timochenko se convirtió en el # 1

Tras descender del motor canoa, y siempre bajo la guía de una guerrillera delgada, tomamos por un sendero ligeramente marcado en el piso de la selva. El tramo no fue largo, incluso hasta sentí sorpresa cuando mi acompañante me indicó que habíamos llegado, y observé de frente al centinela vestido de verde que celaba la entrada.

Una vez dentro del campamento, perfectamente camuflado de la vista aérea, alcancé a ver una especie de oficina a mi izquierda, y en ella, de pie, a Timoleón Jiménez, Timo.

Reparé entonces en la fecha, 11 de septiembre de 2011. Dieciséis años atrás, un día como ese, estaba atrapado con una comisión en el valle del río Magdalena, entre dos poblaciones pequeñas, Pitalito y Chucurí, zona dominada por los paramilitares asentados en Las Montoyas, municipio de Puerto Parra. Quizás por qué guiño del destino salí vivo de aquel infierno. No lo olvidé porque la fecha coincidía con el golpe de 1973 en Chile y el asesinato de Salvador Allende. Al llegar a aquel campamento, volví a sentir la sensación de estar a salvo.

Había partido once meses atrás de la serranía de La Macarena. Recuerdo que uno o dos días después de iniciada aquella larga marcha, nos detuvimos a conmemorar el mes de la muerte del camarada Jorge.  En el Guaviare, entre los ríos Itilla y Unilla, sufrimos el último bombardeo de la fuerza aérea, afortunadamente sin bajas.

La muerte de El Mono, como era apenas natural, después de los saludos y abrazos, fue de lo primero que nos sentamos a conversar con Timo. Había hecho llamar a Ricardo Téllez, que se encontraba con él y a quien yo había visto una sola vez, muchos años atrás, en La Caucha, un viejo campamento por el que había que cruzar antes de llegar a Casa Verde, el famoso lugar de los diálogos de La Uribe. Ricardo pasó a ser reconocido mundialmente tras su secuestro en Venezuela y su traslado clandestino a Colombia, donde fue entregado a la Policía de acuerdo con un plan previo.

Mi mente aún se hallaba encuadrada dentro del bloque Oriental, ahora llamado Jorge Briceño, pese a saber que me encontraba en algún lugar de las selvas del Catatumbo. Había pasado allá la última docena de años, desde los diálogos del Caguán. De hecho la última parte de la marcha la había cumplido desde Arauca.

Desde luego que Timo y Ricardo estaban al tanto de la operación Sodoma, pero querían conocer sus interioridades. Qué había pasado y cómo se había vivido aquello. Yo había estado allá, bajo las bombas también, y por lo menos durante los quince días previos en reuniones diarias con El Mono y su Estado Mayor, a las que gentilmente me habían invitado a participar. Como era de esperar, aquel intercambio se prolongó por varias horas.

En Arauca yo había estado preparando una larga crónica, con miras al primer aniversario de esos hechos. Le hablé de ella a Timo y me dijo que se la pasara a la primera oportunidad, con el fin de enviársela a Alfonso, para conocer su opinión acerca de la conveniencia de publicarla. La respuesta del Comandante de las FARC fue un gran elogio para lo que llamó la pluma de Gabriel Ángel, nombre que retomaríamos luego para mi columna en el portal de las FARC.

Nunca imaginé que aquella nota de Alfonso referida a mí, fuera una de sus últimas antes de caer en la operación Odiseo, el 4 de noviembre del mismo año.  Por esas semanas yo estuve dictando unos cursos de filosofía y economía política al personal de aquella unidad, así como tomando parte en las celebraciones del 8 de octubre, con ocasión del día del guerrillero heroico.

Uno de los últimos plenos con Alfonso Cano como comandante de las Farc, junto a Timoleón Jiménez y Raúl Reyes

Esa noche, un poco después de las veinte horas, me aprestaba a dormir y como de costumbre encendí la radio en busca de noticias. Lo que oí me dejó lelo. Caracol Radio dedicaba su programación a la muerte de Alfonso Cano, en la vereda Chirriaderos, en un municipio montañoso del Cauca. Las afirmaciones iniciales eran confusas, mencionaban a Pacho Chino y a la compañera de Alfonso, Patricia, entre las víctimas. Después confirmaron lo de Alfonso.

Divisé luces en la oficina de Timo e inmediatamente corrí allá. Estaba sentado en su silla, tras la enorme mesa que le servía como escritorio, con la radio encendida, siguiendo también las noticias. A su lado se encontraba Ricardo. En el rostro de ambos se leía la preocupación. En mi opinión no cabía duda, la información tenía que ser cierta. Tanto alboroto indicaba que se sentían seguros de lo que decían. Un par de horas después todo estuvo definido. Declaraciones oficiales de alto nivel descartaban cualquier duda. Alfonso había sido devorado por la guerra.

Tuvimos que tomarnos un trago para acompañar la angustia. Timo era quien mantenía la permanente comunicación con él y estaba al tanto de sus orientaciones. Se había conocido con Alfonso desde los tiempos anteriores a su ingreso. Timo, desde su llegada de El Pato, había hecho parte de las guardias de Manuel Marulanda y Jacobo Arenas, quienes descubrieron en él un cuadro de brillantes cualidades. al que había que preparar con detalle para grandes responsabilidades futuras. Allí recibió a Alfonso, quien fue promovido al Secretariado Nacional de inmediato. Desde el año 85, Timo lo acompañó también en dicha dirección.

Esa noche, en medio de la conversación, recordé las palabras de El Mono tras la muerte del camarada Manuel. Las había expresado ante la resistencia de Alfonso a suceder a Marulanda. El único llamado a ocupar el puesto de jefe era Alfonso. En las FARC había una especie de orden jerárquico, una secuencia histórica que no se podía romper. Manuel, Alfonso, Timo, Iván, Jorge. A Alfonso llevaban 30 años preparándolo para ocupar el cargo, y debía asumirlo. El argumento fue contundente, Alfonso no tuvo más remedio que agradecer la confianza y aceptar.

Me atreví a mencionarlo, lo más seguro era que la responsabilidad del movimiento pasaría a los hombros de Timo. Observé de inmediato que al igual que le sucedió en su momento a Alfonso, Timo también vacilaba. Expresó que pensaba en algunas ideas para plantear al Secretariado, le entendí que se inclinaba por una dirección colegiada, aunque no quiso exponer más al respecto. Me percaté que ese asunto no era el más preocupante para mis interlocutores.

Más cuando Timo se volvió hacia Ricardo y le preguntó si estaba de acuerdo en enterarme de lo pendiente. Enseguida pasó a explicarme que a poco de la posesión de Santos se habían producido contactos para iniciar diálogos de paz. Alfonso, El Mono y todo el Secretariado habían expresado su acuerdo. Se habían efectuado varias reuniones preparatorias, primero en Colombia y luego en Venezuela. Pero Santos era desleal, había ordenado matar a El Mono, y ahora lo hacía con Alfonso.

Estaba decidido que las conversaciones fueran en Cuba, y estaba por definir el traslado de los delegados allá. Durante meses, el gobierno había puesto toda clase de trabas. Precisamente para los próximos días estaba prevista otra reunión a fin de solucionar definitivamente el asunto. La cuestión ahora era si cancelábamos el encuentro previsto o de todos modos asistíamos.

Iván Márquez, desde el Bloque Caribe chivió al recién entronizado comandante y dio la noticia a través de la Agencia Bolivariana de prensa.

Con los días se definieron los dos interrogantes. Como aquella vez El Mono presionó a Alfonso, esta vez otro miembro del Secretariado recordó que los Estatutos de las FARC-EP ordenaban tener un comandante del Estado Mayor Central y que eso no podía violarse. El Secretariado, de manera unánime, concluyó que el nuevo Comandante fuera Timo, y este, a su vez, terminó por aceptar.

Todos en el campamento supimos que en adelante seríamos el objetivo militar número uno del Estado colombiano y sus aliados. De hecho lo expresaban ministros y generales. El momento no estaba para ninguna clase de celebración, además de que la sucesión por muerte no es un hecho que produzca realmente alegría. El ánimo general, incluido el de Timo, no fue otro que el estoicismo, tomar todo con cabeza fría. Por eso Timo planteó al Secretariado, y éste estuvo de acuerdo, en aplazar la información sobre su nombramiento unos cuantos días, para tomar las medidas de seguridad y organización pertinentes.

Esto último no pudo cumplirse, por cuanto el comunicado oficial, de cuya redacción se encargó a Iván Márquez, fue enviado a la Agencia Bolivariana de Prensa de manera inmediata. Primera contrariedad de Timo al hacerse cargo de su responsabilidad, producto del ánimo entusiasta de los camaradas del Bloque Martín Caballero o Caribe, que no resistieron la emoción de divulgar que las FARC-EP contábamos con un nuevo comandante.

La decisión final fue cancelar la reunión prevista con los delegados del gobierno. La sangre de Alfonso Cano estaba demasiado caliente aún. Había qué pensar con mucha calma el qué hacer. Fue entonces cuando emergió la figura del Presidente Chávez, presto a colaborar con Santos en no dejar escapar la oportunidad de concretar conversaciones de paz para Colombia.

En adelante comenzaron a recibirse voces de satisfacción desde los distintos bloques y frentes por la designación de Timo como jefe de las FARC, las cuales continuaron incluso hasta el Pleno ampliado del Estado Mayor Central de 2015 en La Habana, y la Décima Conferencia Nacional celebrada en el Yarí en 2016.  El primero dedicó un punto de sus conclusiones a destacar su fructífera labor como conductor, al tiempo que la segunda incorporó a sus conclusiones generales las intervenciones introductoria y de apertura de Timo, en consideración a su profundidad e importancia. Todas las FARC reconocían así el esfuerzo de sus 40 años de lucha guerrillera.

 

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