Opinión

El día que dijimos no

La apuesta de la paz debió iniciar con una idea suprema, no con un acuerdo entre dos partes

Por:
octubre 04, 2020
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El día que dijimos no
No hay paz en la desidia de un gobierno. No hay paz en la miseria que trae la corrupción. No hay paz con hambre y sin luz. No hay paz cuando se abusa de la autoridad. Imagen: Alejandro Obregón, Flor carnívora (fragmento)

Hace días, exactamente el dos de octubre, se cumplieron cuatro años del día que dijimos no. Esa tarde de domingo, sentado en la sala de la casa de mis padres, estupefacto y conmovido, fui testigo de un hecho que aún me resulta desconcertante: la mayoría del país electoral (que es uno solo de los tantos países que es Colombia) negaba con su voto la aceptación de los acuerdos del gobierno de Santos con la guerrilla de las Farc. Creía en ese momento (y sigo creyendo) en las bondades y beneficios del proceso. En eso soy inamovible.  No obstante, con el tiempo me he permitido darle cierta perspectiva -y respiro- a esa dicha engañosa y a ese entusiasmo tóxico que me trajo el pomposo anuncio del pacto de paz. Por esos días, recuerdo, perdí la capacidad de dimensionar lo que realmente estaba sucediendo, y sobre todo, perdí la memoria -como si se tratara de un feroz olvido- del país al que pertenezco hace ya casi cuarenta años. No es que el tiempo ponga todo en su lugar, es que nos acerca a comprender lo extraviados que estábamos. El asunto es que no era cuestión de un solo acuerdo. Debieron ser varios.

En ese sentido, personalmente confundí la paz con un proceso de paz. Aunque de antemano sabía que otros acuerdos con otros grupos armados habían precedido el acuerdo con las Farc, pensé -y lamentablemente no fui el único- que la paz en Colombia había llegado. No podía estar más equivocado. El proceso fue un paso hacia el camino de la paz (repito, afortunado y valiente) pero no la comprendía en su totalidad. La paz es un valor supremo que resulta de acuerdos fundamentales (básicos) en una sociedad; acuerdos que toman tiempo, paridad y confianza. Todo de lo que carecemos. Han sido siglos de exclusión, violencia y venganzas entre los colombianos; por eso era impensable que un proceso que tomó tan solo cuatro años, tuviese la virtud de transformar la historia rapaz y atropellada del país.

Adicionalmente, tampoco pude comprender -tal vez la mayor fragilidad del acuerdo- la diferencia entre un proceso y un acontecimiento. La paz, más aun cuando se empieza a gestar entre las cenizas traicioneras de una guerra, no es un papel, una legislación o un evento en un teatro, más bien, es una transformación -compleja y lenta- de las entrañas de una sociedad que, en principio, debe acordar y aceptar que la paz es preferible a la guerra. Que la vida con paz es mejor a la muerte vecina de la violencia. Desafortunadamente, ese acuerdo primordial jamás ha llegado a darse (y cada vez parece aplazarse más y más). Es probable que no entendamos las virtudes de la paz por haber siempre vivido en la guerra. Y que nos hayamos acostumbrados al veredicto de la muerte perentoria y a destiempo. Es posible que aún no estemos listos.

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Era necesario un acuerdo fundamental, previo al acuerdo de las Farc, en el que hubiese un proyecto de país incluyente, diverso y comprometido con la libertad

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Por último, creo que el orden de los factores alteró el resultado. La paz es una decisión no un azar. Era necesario -perdón que lo reitere tanto- un acuerdo fundamental, previo al acuerdo de las Farc, en el que hubiese un proyecto de país incluyente, diverso y comprometido con la libertad y el respeto de los derechos fundamentales. (Algo similar a los que sucedió en 1991). Las urnas debieron preguntar -anticipadamente- si existía ese compromiso o al menos la voluntad de hacer la paz en muchos escenarios, cuestiones y conflictos más allá de la guerra fallida con las Farc. Supongo que no se hizo, a sabiendas de cuál sería el resultado. Pero hubiese valido la pena conocer la percepción y recepción del país con una idea imaginada y abstracta. Quizás se falló en pensar la paz (y a sus hijos: el perdón y la verdad) a partir de un hecho o un personaje concreto (las Farc), lo que despertó dolores y animosidades demasiado próximas y latentes. La apuesta debió iniciar con una idea suprema no con un acuerdo entre dos partes. Por supuesto, la dificultad que acarrea este tipo de ensayos es que hubiese obligado a iniciar un cambio estructural de país, que hubiese tardado décadas y dependido de resultados. No hay paz en la desidia de un gobierno. No hay paz en la miseria que trae la corrupción. No hay paz con hambre y sin luz. No hay paz cuando se abusa de la autoridad.

Supongo que estas palabras son muy cómodas pues se refieren a hechos cumplidos y a errores ajenos. No obstante, podrían explicar la agitación de nuestros días. Los ánimos crispados y la intolerancia colectiva ante el abuso y la perfidia del acontecer del país. De pronto, era mejor despertar de ese sueño que trajo el acuerdo de paz para darnos cuentas de que el atroz salvaje sigue viviendo entre nosotros; que la guerra late aún en nuestros corazones y que la muerte del otro corre veloz por nuestras venas. Tal vez era mejor así, para por fin darnos cuenta que nos queda un camino largo por recorrer hacia la libertad que traerá la paz. Este país aún no nos pertenece como debiera pertenecernos.

En esos otros acuerdos también hubiese votado por el Sí.

@CamiloFidel

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