Colegios cerrados, Cristina y José
Opinión

Colegios cerrados, Cristina y José

Cristina, hija de campesinos solo tiene el wasap de su mamá para estudiar, José, hijo de millonarios podrá acogerse a un sistema de alternancia presencial y virtual. La brecha crece…

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octubre 04, 2020
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Cristina. Cristina tiene 10 años, es hija única de una pareja de campesinos. Sus papás la han criado con amor y atención, vive relativamente alejada del pueblo y del resto de su familia, entonces buena parte de sus relaciones han sido con su papá y su mamá y los animales que hay en cualquier casa campesina. Los perros, los gatos, las gallinas. Más recientemente, ha aprendido a jugar con el celular de la mamá, que le gusta mucho, aunque también es buena en manualidades. El colegio ha sido un espacio con altos y bajos para Cristina. Ahí se encuentra con niños y niños, toda una novedad porque en su día a día por fuera del colegio, no ve a nadie de su edad. A lo mejor por eso, por ser una niña que creció entre adultos y animales, a veces le ha resultado difícil esa interacción con sus contemporáneos. “Me molestan bastante”, decía. Sin embargo, disfruta mucho de sus clases y de la profesora que le ha enseñado a hacer maquetas en miniatura. Su materia favorita es matemáticas.

El cierre relativamente abrupto de los colegios en marzo, cambió la vida de Cristina. Dejar de ir al colegio, como para tantos otros niños, parecía una nueva aventura interesante. Unas vacaciones inesperadas. Más tiempo con papá y mamá en la casa, y con los gatos, y un cachorro nuevo. Dormir hasta más tarde, ver más televisión, no tener tareas. Y así fue, el comienzo. Su colegio -público, por supuesto- tenía, en marzo, una muy precaria capacidad tecnológica y, sin duda, unas instalaciones inadecuadas para atender a los niños en una pandemia. Después de unas primeras semanas de suspensión de actividades y, ante el panorama evidente de lo largo que sería el cierre, intentaron adaptarse. Desde el computador que, más o menos, funcionaba la profesora del curso de Cristina creó una sesión de Skype para comunicar el plan de trabajo. Casi nadie se conectó. Por varias razones, la más elemental, nadie tiene conexión suficiente para estar en Skype, otros no saben usar Skype, otros no pueden dejar de trabajar para supervisar el uso del celular del hijo de 10 años.

La profesora y los directivos del colegio intentaron durante varios días ajustar el esquema virtual, el de la “nueva normalidad”. A esta altura siete meses después, el equilibrio al que ha llegado Cristina, de 10 años, es simple: recibe instrucciones a través del whatsapp de la mamá. Nada más funcionó. El problema es importante, resulta que Cristina, inquieta, inteligente, estudiosa, precisamente por la forma en que la criaron, ya sabe casi tantas cosas como sus papás. Ninguno de los dos terminó el bachillerato. El esquema de whatsapp parte de la premisa de que alguien va a revisar las tareas que se le asignan a Cristina. En su situación, es difícil. Inclusive para la profesora de matemáticas: Cristina hace la tarea, manda la foto y la profesora responde con la foto de la tarea corregida. Muy difícil aprender matemáticas así. La consecuencia es devastadora: a Cristina cada vez le interesan menos las matemáticas.

Hasta este momento, la única alternativa que tiene Cristina es seguir con whatsapp. No ha habido coordinación entre alcalde, gobernador, y mucho menos presidente, para estructurar cómo sería el regreso a clases presenciales. Los docentes, que han hecho un esfuerzo descomunal y que no disfrutan pasar el día en whatsapp, tienen diversas posiciones, pero comparten una preocupación: cómo van a protegerse ellos mismos y sus familias del virus si el colegio de Cristina no tiene ninguna posibilidad de implementar distanciamiento social y la alternativa de poner la esperanza en que las ventanas estén abiertas es precaria, en el pueblo llueve casi todos los días.

José. José también tiene 10 años. Su papá es un empresario de muebles, su mamá es consultora en estrategias corporativas. Ambos tienen maestrías, de universidades estadounidenses. Estudia en un colegio europeo en la ciudad, sale del país un par de veces al año, por lo menos. Habla tres idiomas. Tiene celular, computador, tablet y Play Station. Tiene un hermano mayor, de 12 años. Su vida social ha estado marcada por los intercambios en el bus del colegio, las actividades extracurriculares, las reuniones con los primos y amigos que viven en la misma zona de la ciudad, los amigos del club en donde suele jugar golf y tennis, y, más recientemente, los amigos que ha hecho en un campo de verano en California en donde se reúnen niños de varios lugares del mundo durante un mes.

A José también lo molestaban bastante, como a Cristina y a lo mejor como a casi todos los niños en algún momento, quizás porque era un poco más bajito y flaco que el promedio, o porque le gustaban más los computadores que el fútbol. Suposiciones de adulto, en todo caso. Nada grave. Como Cristina, José vivió el anuncio de su colegio con algo de emoción, un cambio en la rutina. Su actividad favorita desde hace meses es jugar Fortnite, que yo no entiendo, pero que le permite mantenerse en contacto con sus diferentes grupos de amigos. Su hermano mayor, mientras tanto, aumentó su actividad en Tik Tok, supervisado por su mamá.

Después de un par de semanas y, cuando fue evidente que el aislamiento obligatorio preventivo inteligente solidario seguro etc., era un encierro estricto y prolongado, José, su hermano y sus papás se fueron a la finca que tienen a las afueras de la ciudad. Una nueva etapa de la aventura, con la angustia de perderse el mundo de Fortnite. No por mucho tiempo, instalaron una antena para tener internet y funcionó bastante bien. El colegio reestructuró su operación online, y la aventura de José volvió a ser rutina: tenía las mismas clases que antes por Zoom, y supervisión privada en pequeños grupos dos veces por semana, de algunas tareas. A José le ha costado trabajo escribir y, por eso, el profesor de español dedicaba un par de horas de la semana a trabajar con él por Zoom. Los papás tuvieron varias sesiones para recibir instrucciones sobre qué papel deberían jugar en la virtualidad, y han tenido apertura de profesores y directivos para revisar estrategias pedagógicas.

Ahora, el colegio ha planteado a la familia de José que desde la próxima semana pueden acogerse a un sistema de alternancia entre educación virtual y educación presencial. En los casos mejor justificados, algunos profesores van a empezar a ir a las casas de los estudiantes que definitivamente no puedan ir.

Colombia. José y Cristina son colombianos, de la misma edad. A primera vista, podría parecer que no comparten nada más. Es errada esa conclusión. Ambos han sido bastante privilegiados en varios sentidos: tienen papás que los quieren y se esfuerzan por darles lo que ellos juzgan es lo mejor. También tienen profesores dedicados, dispuestos a usar las mejores herramientas para darles la mejor educación posible. Pienso también que, por razones distintas, el acceso que José y Cristina tienen al campo, al aire libre, a ver animales es otro privilegio. Otro más: ninguna persona de su círculo más cercano ha tenido el virus. Sin embargo, es evidente que José y Cristina ocupan espacios sociales radicalmente distintos de este país que, aunque ha avanzado en varias dimensiones, ha sido incapaz de romper la desigualdad social y económica: entonces Cristina está en la zona rural, José en la zona urbana; Cristina vive en una familia pobre (que venía acercándose a una clase media rural vulnerable), José vive en una familia multimillonaria; Cristina está en el sistema público de educación y José en el privado. Solamente tres divisiones evidentes que marcan la vida de cada uno.

El espacio que ocupan fue determinado por el azar. La promesa de un país moderno y justo es que, con esfuerzo y dedicación, Cristina y José pueden construir un destino que trascienda la suerte que obtuvieron al nacer. La base de esa promesa, por supuesto, es la educación. Me temo que, si las cosas siguen como van, va a pasar justamente lo opuesto: la división profunda del espacio que cada uno de ellos ocupa se seguirá agrandando, más y más, algo que parecía imposible. Por la educación, entre otras, tristemente.

En medio de las discusiones -legítimas- sobre reapertura económica, gel antibacterial, las UCI, vacunas y demás hace falta, increíblemente, un planteamiento serio sobre el futuro de Cristina, el de José ya es un asunto básicamente entre privados. Desde el gobierno central, sacan decretos que no guardan ninguna relación con las posibilidades reales de los territorios. El grupo en el poder ha encontrado en Fecode un nuevo chivo expiatorio y sus congresistas más visibles, en vez de empujar y pensar un plan de choque para rescatar a los colegios públicos, se limita a sugerir que si no abren ya, es por pereza. Cuánta ignorancia y desprecio por el esfuerzo de miles de maestros que han dado lo mejor posible en estos meses. Habrá algún perezoso, pero no más que en el Congreso.

Mientras tanto, Cristina, en el limbo. No vota en la próxima elección, ¿será por eso?

@afajardoa

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