Opinión

El día después de la derrota del Sí

Para recuperar lo lastimosamente perdido, el país del SÍ debe ponerle mucho más pueblo al proceso. No podemos despilfarrar esta oportunidad de romper el círculo perverso de las guerras perdidas

Por:
enero 04, 2017
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Foto: BBC- epa/Leonardo Muñoz

Foto: BBC- epa/Leonardo Muñoz

Advertencia obligada. Hoy lunes 3 de octubre No soy un hombre en mis cabales, mi cabeza y  mi corazón  quedaron muy golpeados al caer de una nube de algodón rosado ayer domingo 2. Hablo y escribo para ver si vuelvo en Sí, si recupero la cordura, si me hallo.

Apreciada Laures: Comparto tu tristeza, tu rabia inevitable, esta desazón que desde el domingo nos acompaña y que nuestra racionabilidad y afectividad no atinan a entender. Estábamos al filo de la oportunidad de conquistar la esquiva y deseada paz y de un momento a otro, como arrastrados a un insólito destino, hemos caído en el filo de las incertidumbres, a la sinrazón de  volver a la indeseada guerra perdida de siempre.

Estamos en el peor de los mundos, muy cercano al mundo del Bosco, expulsados del reino de la felicidad al sombrío mundo del infierno y el paso obligado de todos por el purgatorio. Cuesta mucho entender esta tragedia y sin razón colectiva en que hemos caído.

Comparto contigo que la estrategia de negociar a puerta cerrada resultó contraproducente. A esta negociación, parodiando a Álvaro Gómez, le falto ponerle pueblo, le falto una estrategia para conquistar a la gente para la paz. El lenguaje que predominó fue el de la politología barroca, solo para entendidos, lleno de verdades a medias que se iban revelando para explicar cada paso dado. Se renunció de manera deliberada a construir un mensaje al alcance de todos, de los más humildes, de los iletrados y poco informados, en aras de cuidar lo acordado. En eso la iglesia católica enseña mucho y las iglesias cristianas no se diga. Ellos producen grandes tratados teológicos, pero también se esfuerzan con gran esmero en que los catecismos, las homilías, las hojitas parroquiales estén lo más cerca posible al entendimiento y al alma de los fieles. De allí su inmenso poder. No se reducen al estrecho mundo de los doctores de ley de Cristo. Su  mayor esfuerzo siempre lo han dirigido a capturar y tener cerca la gleba, el pueblito, la feligresía, con un ejército de curitas de parroquia, obispos y cardenales y un lenguaje y mensaje al alcance de absolutamente todos.

La cacareada pedagogía de la paz para explicar los acuerdos de paz, se convirtió en realidad  en  una atiborrada campaña de publicidad y propaganda con todos los vicios y desconfianzas propias de toda propaganda oficial. A las mentiras negras y la propaganda negra de las huestes uribistas, se opusieron mentiras blancas y piadosas  y una suerte de propaganda rosadita, cocacolera, que vendía un país de cucaña, un idílico nuevo Macondo. Cuánta razón asistía a Estanislao Zuleta cuando nos advertía:

 “La pobreza y la impotencia de la imaginación nunca se manifiestan de una manera tan clara como cuando se trata de imaginar la felicidad (léase paz). Entonces comenzamos a inventar paraísos, islas afortunadas, países de Cucaña. Una vida sin riesgos, sin lucha, sin búsqueda de superación y sin muerte. Y por lo tanto también sin carencias y sin deseo: un océano de mermelada sagrada, una eternidad de aburrición. Metas afortunadamente inalcanzables, paraísos afortunadamente inexistentes.

En vez de desear una sociedad en la que sea realizable y necesario trabajar arduamente para hacer efectivas nuestras posibilidades, deseamos un mundo de satisfacción, una monstruosa sala cuna de abundancia pasivamente recibida”. (El elogio de la dificultad)

El anhelo de paz de los colombianos se convirtió en una suerte de paz del régimen (la paz del gobierno Santos y los conmilitones del partido de la U y el partido liberal). Quedamos en manos de los políticos, de la propaganda, de la “pedagogía”, de los medios de comunicación que hicieron de las suyas. La periodista Claudia Gurisatti, por ejemplo, atizó durante cuatro años  la hoguera en favor de los uribistas y sin tocarse ni mancharse también montó el gran show, en vivo y en directo, de la reconciliación Santos-Uribe.

Santos negociaba en un sentido y gobernaba en otro, totalmente contrario. Después del Sí vendría una Reforma Tributaria. Predicaba la paz en medio de un mar de corrupción e indiferencia frente a la misma.

La izquierda no se reinventó, el optimismo desbordado en las bondades de la paz la torno autocomplaciente y segura del triunfo. Hizo muy  poco para meterte pueblo al proceso, para derrotar la apatía de los marginales de la vida política. Algunos sectores cayeron en una suerte de  izquierda palaciega, que creía estar en el centro del proceso de paz porque podía ir cuando quisiera al palacio de Nariño, su nuevo gran referente político. Compartía cocteles y fotografías en las  páginas sociales con César Gaviria, Roy Barreras y Armando Benedetti. Se tornó pantallera y gobiernista. Guardó mucho silencio, demasiado, frente a desatinos de Santos. Hipotecó su obligado sentido de la crítica. El Ministerio de Trabajo, el mismo de siempre pero esta vez en cabeza de la tradicional familia López, se convirtió en una suerte de cállate sésamo.

Laures, tenemos que convencernos de que este es un país mayoritariamente  de derecha. No solo por nuestras tradiciones católicas, racistas, señoriales, excluyentes. El narcotráfico trajo consigo los ingredientes violentos y autoritarios que hacían falta para completar el cuadro de una sociedad dominada por el ánima derechista. Cada  uno de los colombianos llevamos un fachito dormido y expectante en el corazón. Uribe como buen paisa  avispado, fue el primero en aprovecharlo y demostrarnos todo el horror que significa conducir a un pueblo a la fiesta de la guerra a nombre de la defensa de nuestra democracia estable y sus valores tradicionales.

El régimen  de Uribe, sus ocho años, fueron un derroche orwelliano de conversión de la sociedad en una sociedad sostenida por el odio. Odio al terrorismo, odio contra los que pensaban y actuaban distinto, odio a los anormales. El régimen de todos los prohibicionismos (el consumo de drogas, la edad de iniciación la vida sexual), del estado de opinión, la deslegitimación y satanización de todas las formas de lucha, la integración  de todos los delitos en uno solo: terrorista o cómplice del terrorismo, la odisea de la guerra a cualquier precio, la exhibición de trofeos de guerra como parte del quehacer diario del Estado.

Ese régimen fue construido  pacientemente desde el Estado, y lo más terrible: acompañado y respaldado masivamente por amplias capas de la población, al mejor estilo de las democracias fascistas y su apelación a los más bajos sentimientos del pueblo. Todo ello fue convalidado en las urnas. El régimen perpetuo tomo forma a través de la reelección. La propia elección de Santos formó parte del proyecto político construido por Uribe y la derecha triunfante. Por eso no debería extrañarnos que esa fuerza nos haya demostrado su poder el pasado domingo. En especial las iglesias cristinas mostraron que son una fuerza organizada, unificada, pero por sobre todo,  una fuerza silenciosa. Que la suerte del país esté en manos de Santos y de Uribe, hoy todos celebran su reconciliación, es la demostración palmaria de que la derecha es el gran poder de nuestro país.

Las Farc en medio de su aislamiento político del país, a pesar de  las dificultades propias de una guerra que les dio muy duro,  han sido los más coherentes y creativos para asumir la derrota militar e intentar salvar políticamente sus restos. Han dado muestras de flexibilidad y capacidad para tranzar los acuerdos, buscar entendimientos salomónicos en materia  agraria y de justicia,  sin tirar por la borda sus más caros ideales políticos.  Han demostrado talento y capacidad para reconstruir su proyecto político. Tienen derecho también a embriagarse por sus logros, e incluso llegar a  pensar que le han impuesto sus condiciones a Santos. Por eso ahora, tras el descalabro sufrido,  les cuesta tanto aceptar que inevitablemente tiene que renegociar lo pactado.

Aún al pie del abismo, debemos mantener el optimismo, el yo quisiera. Abrigo la esperanza de que al final, en los próximos dos o tres  meses, seamos capaces de encontrar un acuerdo entre todos y volver a vernos en otro referendo. El SÍ tiene la mitad del país, y como tú bien lo señalas, debe empeñarse en una suerte de pacto de honor en torno a la paz y lo alcanzado hasta ahora,  construir una solidad unidad con Santos y las FARC para plantar cara en la obligada negociación con Uribe. No será la misma paz firmada en la Habana, habrá que hacer algunas concesiones, en particular en el tema de justicia, lo demás Uribe lo tranza. Ojalá los jóvenes desaten una oleada de entusiasmo por defender la paz y lo que hasta ahora hemos avanzados. Ellos son la gran esperanza. Ellos siguen siendo  levadura cuando se lo proponen.

Para recuperar lo lastimosamente perdido, el país del Sí debe hacer lo que toca aquí y ahora, defender lo alcanzado en los  acuerdos de paz, ponerle mucho más pueblo a este proceso, aprender de los errores recientes, mantener viva la movilización festiva de los jóvenes por la paz.  Que la paz se convierta en la gran obsesión de nuestras vidas y del país, impedir que el pesimismo y el desentendimiento  se  instalen en el  ánima colectiva. Los colombianos no podemos despilfarrar esta oportunidad, única y feliz,  de romper el círculo perverso y estéril de las guerras perdidas heredadas de Aureliano Buendía.

Publicada inicialmente en la Revista SUR, de Corporación latinoamericana SUR, que dirige Pedro Santana y en Las2orillas el 6 de octubre de 2016

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