Opinión

El caso Maduro, que no nos manipule la hipocresía

Los crímenes atribuidos a Maduro resultan un juego de niños al compararlos con los del poder en Colombia durante décadas, sin que Estados Unidos u otros exigieran la renuncia del gobierno

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Enero 11, 2019
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El caso Maduro, que no nos manipule la hipocresía
La posesión del presidente Maduro se convirtió en noticia en Colombia y el Grupo de Lima, con la deliberada intención de presentarlo como un tirano, déspota, dictador. Foto : Twitter/Presidencia de Venezuela

La posesión del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, se convirtió en noticia principal en Colombia, e imagino que en los demás países miembros del autodenominado Grupo de Lima, con la deliberada intención de presentarlo como un tirano, un déspota, un dictador, en una apasionada competencia por hallar el calificativo más fuerte para condenarlo.

El poder de los Estados Unidos, la Unión Europea y los principales cabecillas de las políticas neoliberales en nuestro continente, ha desplegado su enorme capacidad mediática para presentarnos al nuevo monstruo. Soy viejo, por eso me permito contar que nunca escuché una campaña semejante contra ningún auténtico autócrata en el pasado.

Al azar busqué en internet la lista de los diez dictadores latinoamericanos que aterrorizaron sus países y estremecieron la conciencia mundial con sus barbaridades. En ella hallé a Fulgencio Batista (Cuba), Augusto Pinochet (Chile), Jorge Videla (Argentina), Alfredo Strossner (Paraguay), Hugo Banzer (Bolivia), Anastasio Somoza (Nicaragua), Francois Duvalier (Haití), Alberto Fujimori (Perú), Juan María Bordaberry (Uruguay) y Fidel Castro (Cuba). El portal se llama El Universal D10.mx.

Hubiera podido ser cualquier portal, para los efectos prácticos es lo mismo. ¿Cuál de todos los opresores fue condenado alguna vez por el gobierno de los Estados Unidos, la OEA, o grupos como el de Lima? Solamente uno, Fidel Castro Ruz. Los demás recibieron el apoyo permanente y cerrado de la Casa Blanca y de toda esa recua de gobernantes arrodillados sempiternamente a Washington. A ninguno se le ocurrió jamás exigir su salida ni romper relaciones con ellos.

Para citar el caso chileno, sucede que Augusto Pinochet había propinado el brutal golpe de Estado contra un gobierno que se proclamaba socialista, el de Salvador Allende. Existe la famosa fotografía de Fidel Castro visitando Santiago en 1971, al lado del Presidente chileno y de Augusto Pinochet, quien hasta minutos antes del golpe juró lealtad al Presidente Allende. No nos digamos mentiras, es esa inocente palabrita la que origina los encarnizados odios y los maldecidos amores.

 

 

Existe la famosa fotografía de Fidel Castro visitando Santiago en 1971,
al lado del presidente chileno y de Augusto Pinochet,
quien hasta minutos antes del golpe juró lealtad al presidente Allende

 

 

Allende había llegado al poder en elecciones libres, como Maduro. Igual a como lo logró Chávez hace 20 años. Todavía hiere la sensibilidad la histórica frase de Henry Kissinger, en la sesión del Comité 40 el 27 junio de 1970: “«No veo por qué tenemos esperar y permitir que un país se vuelva comunista debido a la irresponsabilidad de su propio pueblo. Los temas son demasiado importantes para los votantes chilenos como para que decidan por sí mismos».

La filosofía y la práctica de los grandes poderes siguen siendo idénticas. También las inclinaciones de los gobernantes colombianos, con independencia de su orientación partidaria. El papel que desempeña hoy Iván Duque en el concierto para delinquir que pretende el derrocamiento de Maduro, lo jugó en su momento Alberto Lleras Camargo, como secretario general de la OEA, contra la revolución cubana y Fidel. Siempre hemos sido el Caín de América.

Los pueblos son buenos para gritar vivas a su selección nacional, para producir artistas que canten en el palacio con sus presidentes, para marchar como borregos tras las consignas difundidas desde las alturas. Pero se transforman en abominables cuando adquieren conciencia, cuando deciden tomar sus propias decisiones. Sus dirigentes, quizás vistos con alguna simpatía en algún pasado folclórico, comienzan a encarnar peligrosas amenazas y por tanto a ser aborrecidos.

Un gladiador atado a un cepo, apenas puede sacar su cabeza y sus manos sobre la arena del circo romano. Así es como debe enfrentar a un majestuoso león de Numancia. El enorme felino sale enfurecido de su jaula y se lanza contra él. Al verlo indefenso, decide jugar un rato y brinca travieso una y otra vez sobre su cabeza. En un instante, el valiente gladiador le propina una mordida en los testículos. La gente embriagada en la galería chilla: ¡Así no se vale! ¡Que pelee limpiamente!

Tanto Chile en la época de Allende, como Venezuela desde la llegada al poder del chavismo, y en su trágica versión también la Nicaragua sandinista de los años 80, han sido objeto de las más agresivas campañas de desestabilización por parte del imperio. Cualquier cosa que hayan intentado para liberarse de la presión y favorecer sus pueblos ha sido condenada como trampa, como juego sucio, como acto dictatorial y violatorio de los derechos humanos.

Si se mira bien cada uno de los crímenes atribuidos a Maduro, resultan apenas un juego de niños al compararlos con los cometidos por el poder en Colombia durante décadas, sin que ni los Estados Unidos o los otros exigieran la renuncia de sus gobiernos. Que Uribe compró con sobornos su reelección en 2006, fue probado judicialmente por la Corte Suprema en las sentencias que condenaron sus ministros. ¿Algún país vecino o lejano lo trató de presidente ilegítimo?

¿La barbarie paramilitar en nuestro país cobró la cabeza de algún gobierno? Que no nos manipule la hipocresía.

 

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