El capitalismo embudo del uribismo

"Mientras ellos le sacan el mayor provecho y se hacen cada día más ricos, la inmensa mayoría del país, lamentablemente, vive en la más enrevesada estrechez"

Por: Carlos J. Zapata
enero 15, 2021
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El capitalismo embudo del uribismo
Foto: Instagram @alvarouribevelez

Durante estos últimos años, especialmente desde el plebiscito de los acuerdos de paz, el expresidente Álvaro Uribe y la gran mayoría de políticos del Centro Democrático han repetido impetuosamente que el uribismo ha sido el defensor por excelencia del capitalismo en Colombia —asimismo, la más efusiva trinchera en contra del socialismo del siglo XXI en Latinoamérica—. Sin embargo, esto no es cierto. El expresidente Uribe, sus aliados y el Centro Democrático han defendido lo que yo llamo el “capitalismo embudo”, donde una opulenta y acomodada minoría ha sido la única —con muy minúsculas excepciones— que ha gozado de las mieles del capitalismo en Colombia. Mientras ellos le sacan el mayor provecho y se hacen cada día más ricos, la inmensa mayoría del país, lamentablemente, vive en la más enrevesada estrechez.

Desde que tengo memoria, muchos uribistas y la elite política tradicional han usado sus apellidos encopetados, sus chequeras y sus conexiones para beneficiarse a sí mismos, a sus amigos y, por supuesto, a sus familiares. No les ha dado ni la más mínima vergüenza hablar de su “pujanza empresarial”, cuando su única y más grande virtud es haber nacido en cuna de oro —ya quisiéramos los colombianos del común tener la mitad de las oportunidades que tienen las personas que han nacido en el seno de la elite política tradicional del país—. Mientras ellos gozan de toda la rentabilidad del capitalismo, engordando sus bolsillos año tras año, el 63,8% de los colombianos no gana más de un salario mínimo. La inmensa mayoría de los colombianos, desafortunadamente, devenga unos ingresos que apenas alcanzan para sobrevivir, teniendo que hacer maravillas para pagar con menos de 1 millón de pesos la renta, los servicios públicos, la comida, la ropa, los elementos del hogar, el transporte, los útiles escolares, entre muchos otros servicios y productos básicos. ¡Este es el capitalismo embudo! Buenos salarios para ellos, pero pésimos salarios para los demás.

Ridículamente, el 1% de las fincas más grandes del país cubren más del 80% de la tierra en Colombia y solamente el 45% —eso quiere decir, menos de la mitad de los hogares colombianos— goza de vivienda propia. Esto, por mera lógica, en un país capitalista y democrático sería una aberración. El acceso a la propiedad privada es indiscutiblemente uno de los pilares del capitalismo. En Bélgica, por ejemplo, más del 70% de las familias goza de vivienda propia. En Colombia, mientras unos gozan de propiedades de más de 500 kilómetros cuadrados, como la finca el Ubérrimo, millones de campesinos viven con menos espacio del que tiene una vaca para pastar. Esto sin contar los millones de desplazados que ha dejado el conflicto armado, el cual ha afectado particularmente a indígenas y afros del país. Millones de colombianos en el campo han sido obligados a dejar sus propiedades por la violencia que la elite política tradicional nunca ha podido o querido resolver ¡Ese es el capitalismo embudo! Mucha tierra y propiedades para ellos, pero poca —¡o ninguna!— para los demás.

Según un estudio del Banco Mundial, solamente el 10% de los jóvenes más pobres del país logran ingresar a la universidad, convirtiendo la educación, tristemente, en otro factor de desigualdad social. Asimismo, este estudió concluyó que solamente la mitad de los estudiantes de entre 18 y 29 años logran graduarse de instituciones de educación superior. La disyuntiva entre estudiar o trabajar, como también la baja calidad de los colegios del país, afecta particularmente a los jóvenes más pobres, quienes no solamente tienen que decidir entre graduarse de la universidad o colaborar económicamente en sus hogares, sino también, en un porcentaje significativo, carecen de las herramientas necesarias para enfrentar los desafíos de la educación superior. Esto, no obstante, no sucede en el seno de las familias uribistas y de la clase política tradicional. Muchos como Paloma Valencia y María Fernanda Cabal fueron enviados a la capital del país a estudiar en una de las mejores, si no la mejor, universidades del país: la Universidad de los Andes. Muchos de ellos, como Tomás Uribe y la misma Paloma Valencia, fueron incluso enviados al extranjero a estudiar. ¡Este es el capitalismo embudo! Mucha educación para ellos, pero poca —¡o ninguna!— para los demás.

El PIB de Colombia, según el Banco Mundial, es de 331 billones de dólares. Países como Corea del Sur, con un número de población similar, tiene un PIB de 1.6 trillones de dólares. ¡Increíble la diferencia! Pensar que no hace mucho Corea del Sur era uno de los países más pobres del mundo y además devastado por la guerra. Canadá en el 2019, con una población mucho menor y con un clima notoriamente agreste, creó 1.15 millones de empresas. En Colombia, tristemente, solamente 309.4 mil empresas fueron creadas en el mismo año. En Colombia, solo tres de cada diez personas logran pensionarse. En Canadá, por el contrario, todo ciudadano tiene derecho a una pensión de la vejez.

Doy estos datos porque mientras el uribismo habla del capitalismo y de lo importante que es este modelo económico para la prosperidad de un país, yo no veo ningún capitalismo en Colombia. Lo que veo, por el contrario, es un capitalismo embudo: una clase de capitalismo que solo los beneficia a ellos, que solo gozan ellos y al cual solo tienen acceso ellos. El uribismo no debería ser tan duro con Hugo Chávez o con Fidel Castro, visto que los uribistas, como todos los “castrochavistas”, también son los únicos ricos en un país lleno de pobres.

No por nada las capitales del primer mundo están llenas de colombianos, quienes decidieron, muchos incluso en contra de su voluntad, dejarlo todo atrás e irse del país. La falta de empleo o de empleo digno, la dificultad para acceder a la educación superior, la inseguridad, la violencia, la inestabilidad financiera y la aplastante corrupción han obligado a millones de colombianos a irse del país. En el capitalismo del primer mundo, contrario al capitalismo embudo de Colombia, muchos colombianos lograron por fin conseguir un buen empleo, comprar su casa propia, pensionarse, acceder a un sistema de salud digno, graduarse de la universidad, comprar carro, tener estabilidad financiera y, sobre todo, vivir en un país donde se puede vivir tranquilo.

Ojalá esta sea la última generación de colombianos que sufra la penuria de tener al Centro Democrático o, peor aún, a Álvaro Uribe en el poder. Ojalá en las próximas elecciones podamos derrotar a la política tradicional del país y así poner los cimientos de una eventual democratización del capitalismo en Colombia, donde los trabajadores ganen lo justo, donde la industria y el agro nacional sean prioridad, donde haya incentivos para crear empresa, donde la clase media tenga estabilidad, donde la educación superior sea un derecho y no un privilegio, donde los jóvenes tengan oportunidad de empleo, donde la mayoría nos podamos pensionar, donde se pueda acceder a tratamientos médicos sin tener que poner tutelas, donde la violencia no nos aterrorice y, especialmente, donde podamos vivir en paz. Colombia no es un lugar maldito, como el uribismo implícitamente afirma. Colombia está sencillamente mal administrada por una elite política tradicional que secuestró la economía y la política en beneficio suyo.

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