Texto escrito por: Javier Aguillón
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En tiempos de grandes estrategias, discursos de transformación y promesas de cambio social, puede resultar llamativo que una institución con presencia en decenas de países sostenga una idea aparentemente sencilla: para mejorar la sociedad, primero hay que ayudar a mejorar a las personas.
Esa convicción es la que llegó a Colombia en octubre de 1951, apenas veintitrés años después de la fundación del Opus Dei en Madrid. Hoy puede parecer un período largo, pero en un mundo donde los viajes internacionales eran lentos, costosos y poco frecuentes, la llegada de aquella joven institución a Colombia fue notablemente rápida.
Lo que arribó entonces no fue una organización con un programa político, económico o cultural para cambiar el país. Llegó una propuesta espiritual que invitaba a descubrir algo que para muchos sigue siendo novedoso: que el trabajo, la familia, la amistad y las responsabilidades ordinarias pueden convertirse en un camino de encuentro con Dios y de servicio a los demás.
Quizá esa sea la explicación más sencilla de qué es el Opus Dei.
Durante décadas, buena parte de la conversación pública sobre la institución se ha concentrado en asuntos como el poder, la influencia, el dinero o las élites. Sin embargo, cuando se observan las historias concretas de quienes forman parte de la Obra, aparece una realidad distinta. La mayoría son hombres y mujeres corrientes que intentan vivir su fe en medio de sus ocupaciones habituales: profesores, ingenieros, agricultores, amas de casa, médicos, empresarios, estudiantes, trabajadores y sacerdotes.
Esa realidad aparece reflejada en el libro Opus Dei sin filtros, del comunicador Jack Valero. Allí, más que defender tesis institucionales, el autor presenta testimonios de personas muy diversas. El mensaje de fondo resulta significativo: el Opus Dei no pretende dirigir un plan para transformar el mundo desde arriba; busca formar personas que, desde su propia vida, contribuyan a mejorar su entorno.
La diferencia no es menor.
Mientras muchas organizaciones se definen por los proyectos que impulsan, el Opus Dei se define por una propuesta espiritual que cada persona encarna de manera libre en su profesión, en su familia y en sus relaciones. La transformación social, desde esta perspectiva, no es el punto de partida sino una consecuencia.
Una historia que comenzó en Bogotá
Los primeros pasos en Colombia fueron discretos. Desde Bogotá comenzó una labor de formación humana y cristiana que poco a poco fue llegando a otras regiones del país.
Después vendrían Medellín, Manizales y Cali. Más adelante, Cartagena, Barranquilla, Bucaramanga y otras ciudades y municipios colombianos donde fueron surgiendo iniciativas educativas, actividades formativas y espacios de acompañamiento espiritual.
Setenta y cinco años después, la presencia del Opus Dei se extiende por distintos rincones del país, manteniendo una característica que estuvo presente desde sus inicios: la cercanía a las realidades cotidianas de las personas.
En una entrevista reciente sobre este aniversario, el vicario regional para Colombia y Ecuador, el padre Jorge Mario Jaramillo, recordaba que la historia de la Obra en el país no puede entenderse únicamente a través de sus instituciones o de sus obras educativas. Lo esencial ha sido siempre el encuentro personal con miles de hombres y mujeres que han encontrado en esta espiritualidad una manera concreta de vivir su fe en medio del mundo.
Una institución que también ha tenido que aprender
Ninguna historia humana está exenta de dificultades, y el Opus Dei no es una excepción.
En los últimos años han adquirido visibilidad testimonios de personas que en algún momento formaron parte de la institución y posteriormente decidieron alejarse. Algunas de ellas han expresado experiencias dolorosas, desacuerdos o heridas relacionadas con su paso por la Obra.
Frente a estas situaciones, la propia institución ha reconocido la importancia de escuchar. En una reciente reflexión sobre estas críticas, Jack Valero señalaba que cuando una persona se acerca al Opus Dei buscando crecer espiritualmente y termina sintiéndose herida, existe un motivo real de dolor. No se trata simplemente de responder a cuestionamientos externos, sino de comprender, escuchar y revisar aquello que pudo no haberse hecho bien.
Esa actitud responde también a un proceso más amplio que vive actualmente la Iglesia Católica: una mayor conciencia sobre la necesidad de escuchar experiencias diversas, reconocer errores cuando los ha habido y continuar mejorando prácticas y modos de acompañamiento.
Sería difícil encontrar una institución con casi un siglo de historia que no haya tenido tensiones, desacuerdos o personas que hayan optado por recorrer otros caminos. El desafío consiste en cómo responder ante esas experiencias.
Mirar hacia el centenario
El Opus Dei se prepara para celebrar su centenario en 2028. Desde la perspectiva de la Iglesia, sigue siendo una realidad relativamente joven si se compara con órdenes religiosas e instituciones que cuentan con varios siglos de existencia.
Mientras se acerca esa fecha, la pregunta sobre su identidad continúa vigente.
Quizá la mejor respuesta no esté en debates sobre influencia o poder, sino en algo más sencillo. En las aulas donde un profesor intenta enseñar con excelencia. En la oficina donde alguien procura trabajar con honestidad. En el hogar donde una familia busca salir adelante. En el médico que atiende con dedicación a sus pacientes. En el agricultor que realiza bien su tarea. En la persona que intenta vivir con coherencia sus convicciones en medio de una sociedad compleja.
Desde hace 75 años, esa ha sido la propuesta que el Opus Dei ha intentado transmitir en Colombia: que la vida ordinaria tiene un valor extraordinario y que las grandes transformaciones sociales suelen comenzar de una manera mucho más humilde de lo que imaginamos.
Empiezan por una persona. Luego por otra. Y después por muchas más.
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