Texto escrito por: Mario Andrés Arturo Gómez
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La semana pasada, el nuevo Nobel de Medicina, Karl Deisseroth, anunciaba a sus hijos en pijama que había recibido el galardón. La Nobel de Literatura, Anne Carson, recibió la llamada de la Academia Sueca barriendo la cocina de su casa y contó que celebraría dando un paseo por el bosque.
Recuerdo que Doris Lessing, en 2007, era esperada por los periodistas en la puerta de su casa para entrevistarla porque acababa de ganar el de Literatura; les increpó indicando que solo era un premio más de la colección y le daba igual. Gabo recibió la noticia en la madrugada, terminó la llamada y siguió durmiendo. Creo que Camus solo escribió una carta a su madre y a su profe Louis Germain. Los más osados como Sartre incluso se han negado a recibirlo.
Son momentos registrados para identificar la diferencia entre grandeza y aspiracionismo, sobre todo hoy, que a la mayoría nos interesa ser importantes, pero a muy pocos nos llama la atención ser útiles. Alardeamos del número de seguidores que hemos conseguido en TikTok o Instagram haciendo bailecitos o imitando a un famoso, mientras los padres de la optogenética están silenciosos en sus laboratorios, cambiando al mundo, y los de Literatura, hilando piezas magistrales para la posteridad.
No es un exhorto para dejar de sentirnos “famosos”, suficiente con hacer la distinción entre lo realmente admirable y lo simplemente emocionante.
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