El Bagre, bocachico y goles

Historias del Bajo Cauca Antioqueño

Por: Carmelo Antonio Rodríguez Payares
febrero 19, 2021
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El Bagre, bocachico y goles

Hay un relato desconocido hasta hoy que dice que en el momento más interesante y crucial de la entrevista que sostuvo el almirante italiano Cristóbal Colón Fontanarrosa, que era su segundo apellido, con los reyes católicos, Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla, en tiempos en que muchos repudiaban la teoría de la redondez de la tierra; este les dijo que la misma no era plana, como muchos creían, sino que era redonda como un balón de fútbol, solo que para esos tiempos este deporte tal como lo vemos hoy no existía y le salió mejor el ejemplo con una naranja, como lo explicaban en la clase de historia del tercer año de primaria en la Escuela Urbana de Varones Simón Bolívar en El Bagre, Antioquia.

Muchos siglos más tarde nos llegaría el cuento de los ingleses como los inventores de este maravilloso juego que trajeron a Colombia en un barco que atracó en Barranquilla, y ese fue el origen de una disciplina que, en tiempos tan difíciles como los que se viven hoy, sometidos por un bicho que nos obligó a cambiar muchas de nuestras costumbres, nos sirve como un oasis para despistarnos de la dura realidad.

Por eso, a partir de ahora nos permitiremos narrar, uno a uno y de la mano de sus protagonistas, la seguidilla de triunfos que alcanzó un equipo de fútbol que para entonces lucía los colores de la selección brasileña, la famosa auriverde, que con el sudor de sus once jugadores lograron alzarse cinco veces con la Copa Intermunicipal de Fútbol Antioqueño, en los años cuando ni siquiera nadie soñaba que El Bagre pudiera ostentar la categoría de Municipio, como le correspondía a un caserío que fue declarado corregimiento la noche del jueves 19 de junio de 1941, merced a un acuerdo aprobado por las mayorías del Concejo Municipal de Zaragoza de las Palmas y de la Piña de Oro.

No se trata de descorrer el velo de toda la verdad, pero principios tienen las cosas y por eso fue unánime encontrar a lo largo de nuestro trabajo de campo el nombre de Eliumen Antonio Oviedo Parias, como el personaje que descubrió en las “divisiones inferiores” aquellos talentos que en esa época guardaban los devotos por ese deporte y de allí nació el primer equipo de fútbol en El Bagre, sin mayores ínfulas ni presunciones, sino la de ser un onceno de chicos que apenas se asomaban al balcón de sus diez años de edad para divertirse en sus ratos libres. Entonces, como pudo, los dotó de uniformes y escogió el primer nombre que se le vino a la cabeza, porque en esos buenos tiempos no había juntas directivas ni gobiernos corporativos ni un carajo a la vela y les dijo que en adelante serían Juventud Católica, y así se quedaron.

Casi al mismo tiempo le salió el rival de plaza que recogió el nombre de su entorno barrial y se llamó El Bijao – Farmacia Popular, patrocinado por el médico César Augusto Arteta Consuegra, de grandes recuerdos por su trabajo social, y cuya mano derecha para esta aventura lo fue Hernán Córdoba Aguilar. Aunque no pudo contar con un cronista de cabecera que recogiera los datos y las fechas, su memoria lo remite a finales de los años 50 y comienzos de los 60 del siglo pasado cuando el fútbol comenzó a hacer parte del diario vivir de sus habitantes y que por más de una década se convirtiera en el referente y el invitado especial en las canchas antioqueñas y por fuera de ellas.

Así comenzó todo: Con la excusa de visitar al tío Alejandro Núñez, que por aquel entonces vivía en el caserío de Santa Margarita, a pocas leguas de la cabecera del corregimiento de El Bagre, y con apenas 10 años cumplidos, salió de su natal Talaigua Nuevo, el mismo lugar en donde nació Pedro Agustín Beltrán Castro, más conocido como Pedro “Ramayá” Beltrán, aquel prominente cultor de la cumbia interpretada con la flauta de millo, en la que se inventó canciones ya olvidadas como El mico ojón pelú, La Estera, El caballo Chovengo, entre otras. Se trata de un pueblo incrustado en la famosa depresión momposina, en donde comparte límites en la misma isla con Mompóx, Cicuco y Magangué, bañado por uno de los dos brazos formados por el río Grande de la Magdalena y que le dio el nombre del brazo de Loba, formado por el caprichoso recorrido que hace por este sitio en el departamento de Bolívar. De suerte que para salir de allí no tenía más opción que embarcarse en una de las tantas lanchas cubrían la ruta, con los nombres de La Providencia, La Rebeca, Teresita o Gilma.

Su primera estadía en El Bagre fue corta, ya que no tuvo las oportunidades esperadas, razón por la cual su nuevo destino fue la ciudad de Barranquilla, en donde lo mismo ofrecía en venta en las calles un paquete de cigarrillos o despachada desde una tienda, mientras que asistía a las clases nocturnas en el colegio Marceliano Corbacho, en cuyas aulas aprendió algo de Comercio y con esos conocimientos se ganó la confianza de Arturo Flórez y su señora Lesbia, a la vez propietarios del local # 28 con un estipendio mensual de $30 pesos de la época. Como cualquier gitano y esta vez haciéndole el quite a la obligación que tenían los jóvenes para prestar el servicio militar, se la jugó por su natal Talaigua, donde no había mucho que hacer, así que su destino estaba marcado desde siempre por la Rosa de los Vientos que lo llevó de nuevo a El Bagre.

Ya era el año de 1957 cuando alguien lo conectó con Mr. Vanasel, en los tiempos en que la empresa Pato Consolidated Gold Dregding Ltda., era gerenciada por el señor Benjamín Barraza, de amplia recordación, y en los primeros días del mes de septiembre fue llamado a ocupar el cargo de Cajero en el Comisariato de la empresa, que desde entonces fue conocido como la Tienda, de donde se surtían los trabajadores de un sinnúmero de productos de primera necesidad con el uso de un pequeño artilugio de cartulina llamado el “cartón” que servía para lograr ser atendido en un riguroso orden luego de haberlo metido a una caja instalada en una de las ventanas del negocio, en el bello horario de la madrugada, cuando en el pueblo se podía pescar de noche.

Por su trabajo le cancelaban la suma de $560 pesos al mes y pudo haberse mantenido en el cargo mucho más tiempo de no haber estallado la gran huelga de 1963 que mantuvo en jaque a la empresa por 101 días hasta cuando el gobierno dio la orden, no solo de acabar con el cese de actividades, sino con el permiso de despedir a los trabajadores: salieron 101 y él fue el 101 pero no por temas sindicales, sino por estar de sopero y en el lugar equivocado. Resultó ser que ese último día de la huelga se presentó una marcha por las calles del pueblo y se acercó a la misma en momentos en que intervenían los agentes del orden, de modo que se bajó de su bicicleta, la dejó en el sitio con el fin de rescatarla al día siguiente, y al tratar de hacerlo ya estaba en poder de la empresa, razón por la cual lo incluyeron en el registro de los huelguistas y salió de la nómina de la compañía.

Pero no todo fueron contrariedades, pues para la época ya se había unido en matrimonio con doña Marina Pulido, nacida en El Bagre y bautizada en Caimito, Sucre, en una fecha que es de por sí llamativa pues su casamiento se produjo en las vísperas de las fiestas de la Virgen del Carmen, el 15 de julio de 1961. De esa unión, como dicen las páginas sociales, nacieron Marta Ligia, Efrén y Olga.

Entonces regresé a Talaigua con los $600 pesos que me pagó la empresa y llegué a trabajar en Gas Natural Colombia como asistente del Jefe de Estación con la tarea de despachar el gas a Barranquilla y Soledad y por la amplia gama de oficios que empecé a hacer me volví un todero en ese entonces. Como te dije, me casé con Marina, una enfermera del Servicio Seccional de Salud de Antioquia y en el 68 decidí regresar a El Bagre a tratar de recuperar lo que había sembrado desde el 57, y te hablo de amigos de trabajo y del fútbol. Allí, con el doctor César Augusto Arteta Consuegra y su compadre Hernán Córdoba Aguilar, impulsamos la creación de un equipo de niños de no más de 12 años de edad, para ver si les transmitía lo que aprendí como volante de contención y todos los domingos hacíamos partidos en la cancha de Pueblo Nuevo y eso era todo un espectáculo que hasta el mismo gerente de la compañía bajaba de su nido en el Alto para ver los encuentros en la cancha de Pueblo Nuevo. Es que era una dicha ver jugar a Miguel Navarro, Emilio Oliva, Emiro Corcho, y a los hermanos Leonel “guambi”, Rolando y Oscar Prado; a Peluca en la defensa y a un muchacho Barranquilla y a William Contreras, sabíamos que habría cosecha. En el otro lado estaban Oscar Esnel “Chita” Asprilla y Fernán Martínez, de los que me acuerdo y en el 59 fuimos los primeros campeones. Todo eso fue gracias a los aportes de amigos del comercio, de la compañía minera, de un señor Lenis, de Chico y Vicente Knigth y de Horacio Zapata, verdaderos entusiastas del fútbol.

Fue por esa época cuando conoció a la señora Ana Celia Moore de Melo, un personaje de la vida bagreña que le haría dar un verdadero vuelco a su trajinada vida porque fue por ella que se convirtió en el pionero del transporte público como conductor de un jeep Willis de la plaza y de un pequeño camión de carga, siendo el primero para los pasajeros desde la cabecera hasta la quebrada Villa y la Empresa; solo que el segundo no dio resultado por la escasa demanda. Y así pasó, entre su equipo de fútbol, sus amigos, su familia, hasta que el cura Flavio Calle Zapata le habló sobre la posibilidad de un trabajo en el Idema, que estaba a punto de abrir una agencia en El Bagre. Hasta entonces nadie había oído hablar del Instituto de Mercadeo Agropecuario, porque era el año 1972 y esta era una creación del entonces presidente Carlos Lleras Restrepo, que tenía como tarea ser un regulador de los precios de los productos de mayor consumo y por eso se presentó a su agencia en Medellín, mejor dicho, en Itagüí, para que le revisaran su pasado laboral y académico.

El Idema era un referente comercial para el próspero corregimiento de El Bagre. Dentro de las cosas buenas que me trajo el cargo fue que me pusieron su nombre como mi apellido y entonces en adelante fui Toñoidema. Pero así como atendía las obligaciones y el fútbol, me dolía no poder viajar con el equipo a sus presentaciones en las finales, por ejemplo, y me tocaba delegar las funciones a otro; pero una vez, cuando tuvimos una final en Medellín, nada menos que en el Atanasio Girardot para enfrentar a Urrao, no lo pensé dos veces y me fui con ellos; ganamos 3 a 1 y la vaina se enredó porque era domingo y yo tenía que estar en El Bagre el lunes a primera hora para abrir la despensa.

Pues bien, me fui para el aeropuerto Olaya Herrera y con el que me encontré fue con nadie menos que con un supervisor del Idema que al verme corrió a preguntarme: ¿Oviedo, usted qué hace aquí? Y le dije, voy para El Bagre. El tipo volvió a preguntarme: ¿Oviedo, usted qué hace aquí? Y como le dije lo mismo entonces me la cambió y dijo que si ya tenía cupo y la vaina fue que viajamos juntos en el mismo vuelo.

Al llegar y como yo cargaba con las llaves del negocio me fui directo para allá mientras él buscaba un hotel donde bajarse y a las dos horas se presentó y me ordenó entregarle las llaves de la caja fuerte y que cerrara las puertas, razón por la cual los clientes se enojaron y me tocó explicar que teníamos inventario. Hicimos el arqueo de caja respectivo, faltaba un centavo y revisamos muchas veces las cuentas, hasta que en la tirilla de la calculadora apareció el dichoso centavo, pero nada que el tipo me decía algo del puesto.

Cuando íbamos camino al restaurante para almorzar, la gente no paraba de saludarme: ¡hola, Toño! ¡hola, Toño! Y el personaje solo atinó a resaltar el aprecio que me tenían y me dijo que siguiera con el empleo.

Allí estuve 13 años, tiempo en que tomé parte activa de muchas gestiones en las que me involucré porque esa gente era de mucho empuje para buscar las cosas que le faltaban al pueblo para su desarrollo, de allí que fui el primero en estampar la firma en el documento que se levantó para recoger el apoyo en busca de la municipalidad desde finales de 1978 y comienzos de 1979.

Desde que me alejé de El Bagre tengo por costumbre ir cada año, a pesar de que en Talaigua tengo familia y hace rato que no los visito y ahora estoy pendiente porque se les dio la calentura de cambiarle el nombre por el de San Roque de Talaigua para la fiesta del 16 de agosto. Un paréntesis para decir lo siguiente. No sé si es más famoso San Roque o su perro cuando me contaron la siguiente historia: Resulta que por los tiempos de Roque ocurrió la devastadora peste negra que asoló Europa, igual como nos pasa en la actualidad con el bicho de la COVID-19. Cuentan que llegó a contagiarse de esa enfermedad, por lo cual decidió aislarse en una cueva para no poner en peligro a nadie. Entonces un perro empezó a ir a su cueva con un pedazo de pan para proveerlo, ayudándolo a superar la enfermedad y finalmente curarse. El perro de San Roque se convirtió así en protagonista de varias historias y canciones infantiles en donde se indica que él mismo ha perdido su rabo. Es famosa una canción que comienza con la siguiente estrofa: “El perro de San Roque no tiene rabo, porque Ramón Ramírez se lo ha cortado”. Esto porque unos siglos después de la muerte de San Roque, en una nueva epidemia ocasionada por otra peste, un curandero ofrecía un remedio que tenía entre sus ingredientes la ralladura de la estatua del perro de San Roque, lo que llevó a que desapareciera el rabo del perro de aquella imagen. Para los que tienen la dicha de pegarse un viajecito, digamos que la estatua es una obra de Víctor Quintanilla y permanece en la glorieta de Cuatro Vientos, en la entrada este de la ciudad de Cádiz, en España, instalada allí desde 1998. Cerremos el paréntesis.

Antes de despedirnos para estas notas me dijo que los jugadores de El Bagre son talentosos desde la cuna; las escuelas de fútbol, como negocio, son un desastre porque marginan a los que no tienen cómo pagar la estadía; y meto la cucharada para decir que los buenos futbolistas son como los pianistas virtuosos que tocan piano sin que nadie les enseñe. Es más, dijo, por allá hubo un equipo que ganaba solo cuando jugaba sin guayos. Al principio de esta historia conté que Eliumen Antonio Oviedo Parias llegó a nuestra región cuando apenas tenía 10 años de edad y ahora que me lo volví a encontrar en su casa de Medellín para hacer estas memorias, observé que sigue feliz en compañía de su eterna doña Marina, y tengo la certeza de que Toño cogió el camino de la alegría para hacerle trastadas al destino y de ese modo no envejecer nunca.

Medellín, jueves 18 de febrero del 2021.

Traer a la mente aquellas tardes con sus partidos dominicales, sobre todo cuando se enfrentaban los dos equipos con más seguidores en una población que a lo sumo alcanzaba una cifra no más allá de las 14 mil almas, cuyos espectadores salían a festejar el tercer tiempo en una fiesta que muchas veces era difícil de amaestrar, pero que en todo caso permitía reunir a las dos banderas deportivas que se juntaban en un baile feliz hasta el amanecer; que podría ser eterno de no ser porque muchos teníamos que abandonar el sitio antes de que nos sorprendiera el silbato despavorido de la empresa minera para recordarnos que era lunes y que teníamos que atender nuestras obligaciones. A estas alturas esa calle de mi pueblo debe tener como treinta años de larga por quince de ancho.

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