El antidiscurso de Duque en la ONU

Duque emitió un discurso solemne ante la ONU para despedirse de la organización como presidente. ¿Cuáles serían sus palabras si hubiera hecho honor a la verdad?

Por: Fredy Alexánder Chaverra Colorado
septiembre 22, 2021
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El antidiscurso de Duque en la ONU
Foto: Instagram/@ivanduquemarquez

Muy buenos días, señores delegados, jefes de Estado y jefes de Misión. Nos encontramos de nuevo en este importantísimo foro del multilateralismo global, tan intrascendente para resolver los grandes problemas de la humanidad. Sin el más mínimo margen de maniobra ante el expansionismo chino o la escalada militar de Putin en Europa central. Me dirijo a ustedes por última vez como presidente de Colombia, para fortuna de mis compatriotas que no ven la hora de que termine mi mandato, el más impopular desde que existen registros (superando varios récords de desfavorabilidad) y el que logró lo impensable: convertir el uribismo en un lastre.

Ni Santos o Petro lo lograron en años de férrea traición y oposición, pero yo, en menos de tres años, rodeado de un equipo integrado exclusivamente por mis amigos de colegio o de la Sergio, sí fui capaz. Nadie me puede objetar ese acontecimiento histórico. Nada deleznable en un presidente sin trayectoria, experiencia o liderazgo. Porque de algo estoy seguro: yo sí llevé al límite eso de ser “El que dijo Uribe”, “El que dijo el Ñeñe” o “El que dijo el Memo”. Algo que a Zuluaga de poco le sirvió y que la tía Martuchis alcanzó a medias.

Pero no estoy aquí para aburrirlos con más discursos cargados de falsas intenciones, estoy en este foro mundial para hablar de mis grandes logros como hombre de Estado, pues la ministra Karen Abudinen, desde los centros poblados a los que se fue a vivir tras convertirse en un referente de la lengua de Cervantes, exaltó mis incuestionables cualidades como estadista. Y a eso me quiero referir, a la manera como en menos de tres años, rodeado por la clase política tradicional, ministros que entraban y salían al vaivén del Congreso, y el constante consejo de mi “presidente eterno”, transformé a Colombia.

Empecemos. Soy el presidente que asumió a paso de tortuga la implementación del acuerdo de paz, convencido de honrar la palabra del ilustre Fernando Londoño en eso de hacer trizas ese maldito papel. Ahí tienen los resultados: en mi gobierno no han parado los asesinatos de exguerrilleros y líderes sociales, la reforma rural ha sido estructuralmente desfinanciada, a regañadientes promulgué las curules para las víctimas; a la Jurisdicción Especial para la Paz, tan apreciada por la Comunidad Internacional, la he torpedeado a más no poder, hasta objeté una ley esencial para su funcionamiento y le he exigido a sus magistrados que trabajen a la medida de mis expectativas.

¿Acaso eso no es jugársela por el mandato del doctor Londoño?

Y que no les quepa la menor duda: soy un hombre de paz, tan merecedor del nobel como Santos. Si lo dudan, solo hay que hacer un balance al reciente paro nacional, tres meses de una “toma guerrillera planificada por la izquierda” como acertadamente lo calificó mi copartidaria Mafe Cabal, con más de 80 muertos y decenas de desaparecidos. El paro se caracterizó por una brutalidad y represión sistemática. Ni Maduro llegó tan lejos. Y si lo siguen dudando, solo recuerden que iniciando mi gobierno acabé el proceso de paz con el ELN, que en estos tres años de uribismo renovado los grupos paramilitares y las disidencias de las Farc no han parado de crecer, que con mi amigo Juan Guaidó escenifiqué el más patético circo de intervención que recuerde la región.

A Maduro le dije que tenía las horas contadas y se las sigo contando.

Tampoco pueden olvidar que soy un campeón mundial en la lucha contra el narcotráfico. No se dejen llevar por fotos malintencionadas con amigos de parranda o por ciertas tragedias familiares, yo me comprometí a acabar con la coca y hoy les puedo asegurar que Colombia sigue siendo el mayor productor mundial de cocaína, con la novedad de tener menos hectáreas cultivadas y alcanzar niveles de procesamiento que ni Pablo Escobar llegaría a imaginar. A cientos de familias les hemos incumplido con el programa de sustitución, y solo me iré con una gran tristeza, el no haberme podido montar en una avioneta para asperjar medio país con glifosato. En eso le deben echar la culpa a una Corte Constitucional santista y sesgada a la izquierda. ¿Cómo les parece que hasta me tumbaron mi principal propuesta de populismo punitivo?

Sé que muchos de ustedes tienen dudas sobre quién asumirá las riendas de un país devastado, sumido en su mayor crisis social y con millones de personas subalimentadas. Soy consciente de que hay incertidumbre sobre quién asumirá mi legado y llevará el duquismo a convertirse en un movimiento imbatible. No se deben preocupar. En estos tres años me encargué de concentrar todos los poderes, hasta puse a mi mejor amigo en la cabeza de la Fiscalía y no dudo que en pocos días el Congreso derogará una innecesaria ley de garantías electorales. Los colombianos siempre han acertado, solo vean que me eligieron con la mayor votación de la historia; para 2022 volverán a acertar y elegirán a un pedagogo de centro.

Por eso, desde esta importante tribuna, le pido al doctor Federico Gutiérrez que alterne su maratónica campaña de recolección de firmas con unas cuantas clases en la Sergio. Todavía estamos a tiempo para que se convierta en el gran pedagogo de centro.

Me despido de ustedes, líderes del mundo, convencido de mi rol trascendental en la historia de la humanidad. Dejando a todos mis amigos en buenos puestos, al menos, por varios años. ¿A qué me dedicaré? Pues les anticipo, montaré un grupo de tertulia con mi buen amigo Alberto Carrasquilla y disfrutaré mi pensión contando las horas que le quedan a Maduro. Siempre estarán todos muy invitados.

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