Texto escrito por: María Camila Castillo Llanes
Hay algo que siempre pasa en Santa Marta.
Terminamos la gran celebración, aplaudimos, subimos las fotos, se nos hincha el pecho viendo lo linda que se pone la ciudad y, sin darnos cuenta, al día siguiente volvemos al trote de la rutina.
Y es ahí mismito, cuando se apaga el bullicio, donde empieza la charla que de verdad importa.
Han pasado unos días desde las Fiestas del Mar y Santa Marta volvió a ser la de siempre: la que conocemos de memoria. Esa donde hay familias que amanecen sin saber si hoy habrá una gota de agua en la llave. Donde un apagón ya ni asusta porque se volvió paisaje. Donde las calles llevan años esperando un arreglo.
Y no debería ser así.
No escribo esto porque esté peleada con las Fiestas del Mar. Al contrario. Qué berraquera ver a Santa Marta llena de visitantes, gozando de nuestra cultura y sacando pecho por la historia. Eso es lo que somos.
Pero una ciudad no puede vivir solamente de los raticos en los que se ve bonita.
También tiene que funcionar cuando se apagan las luces. Los líos que cargamos hoy no cayeron del cielo de la noche a la mañana. Son el resultado de años de improvisación, de malas movidas, de cero planeación y, seamos sinceros, de una corrupción que nos ha venido desangrando las oportunidades.
Mientras nos gastamos el tiempo averiguando a quién le tiramos la pelota, el reloj corre y los problemas crecen.
Por eso el verdadero reto no es buscar un solo culpable para crucificarlo. El reto es romper ese círculo vicioso de siempre: cambian los gobernantes, cambian las caras, pero las penas del samario siguen siendo exactamente las mismas.
Desde mi orilla como estudiante de Derecho, creo firmemente que el control ciudadano es la herramienta más poderosa que tenemos. No se trata de montar peleas casadas con el que gobierna ni de aplaudir por conveniencia. Se trata de exigir claridad, de pedir que las políticas públicas sirvan para algo y que las decisiones se tomen pensando en la gente y no en los mismos de siempre.
Santa Marta no tiene que escoger entre la fiesta y el desarrollo.
Necesitamos las dos cosas.
Hay que seguir celebrando las Fiestas del Mar porque son nuestra identidad, pero también exigimos servicios públicos que no nos fallen, obras que sí se acaben, instituciones con berraquera y ciudadanos que ya no se traguen el cuento de que vivir mal es normal.
Porque la fiesta vuelve el próximo año.
Lo que ya no aguanta un día más de espera es la ciudad. Santa Marta merece mucho más que sobrevivir a punta de apagones, sequías y promesas de tarima.
Merece un futuro hecho con cabeza fría, honestidad y ganas de trabajar.
Y ese futuro no lo va a salvar un solo alcalde.
Depende de que, de una vez por todas, botemos a la basura esas malas mañas que nos quisieron hacer creer que esto era lo único que nos tocaba.
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