Texto escrito por: Daniela Tatiana Navarro Jaramillo
Después de cuatro años de marchas, discursos, reformas, escándalos, rupturas, ministros que entraban y salían, ministros que no sabían si entraban o salían y una Casa de Nariño convertida muchas veces en escenario de disputa política permanente, Gustavo Petro dejó el poder.
Y lo hizo como llegó: dividiendo opiniones.
Para unos, fue el presidente que finalmente puso a hablar al país de quienes durante décadas apenas aparecían en los márgenes del discurso oficial: los pobres, los campesinos, las regiones olvidadas, la justicia ambiental, la transición energética y la desigualdad. Para otros, fue el mandatario que convirtió la confrontación en método de gobierno y terminó atrapado por aquello mismo que prometió transformar: la burocracia, la ineficiencia, la improvisación y las resistencias de un Estado mucho más grande que cualquier voluntad presidencial.
Quizá ahí esté la verdadera paradoja del petrismo.
Llegó al Palacio de Nariño prometiendo cambiarlo todo y terminó descubriendo, como tantos antes que él, que gobernar Colombia no es lo mismo que denunciarla desde una tarima.
La izquierda llegó al poder. Y no pasó nada de lo que durante décadas algunos temieron y otros desearon. No se derrumbó la democracia. No desaparecieron las instituciones. No se acabó el capitalismo. Tampoco llegó la revolución prometida.
Llegó, en cambio, la política.
Con todas sus miserias.
Con sus negociaciones, sus contradicciones, sus egos, sus escándalos, sus congresistas, sus ministros, sus sindicatos, sus gremios, sus cortes y esa interminable maquinaria estatal que sobrevive a los presidentes como si los presidentes fueran apenas huéspedes temporales de la República.
El experimento, sin embargo, sí dejó algo irreversible: Colombia comprobó que la izquierda podía llegar al poder.
Y ahora está a punto de comprobar qué ocurre cuando el péndulo comienza a devolverse.
Porque en política los vacíos duran poco. Y el desgaste de un proyecto termina siendo, casi siempre, la oportunidad del proyecto contrario.
Ahí aparece Abelardo de la Espriella.
No como una figura accidental, sino como la expresión más evidente de una reacción que llevaba tiempo incubándose. Su discurso no intenta reconciliar a Colombia. No parece interesado en vestir de moderación aquello que considera necesario hacer con contundencia. Su apuesta es otra: orden, autoridad, mercado y una reducción drástica del Estado.
No es la derecha pidiendo permiso para regresar.
Es una derecha que parece haber entendido que ya no necesita pedir disculpas por ser derecha.
Y eso, en la Colombia posterior a Petro, puede ser políticamente poderoso.
De la Espriella ha construido una narrativa que encuentra terreno fértil en empresarios cansados de la incertidumbre, sectores de clase media golpeados por el costo de vida y ciudadanos que sienten que el Estado les exige mucho, les promete demasiado y les resuelve poco.
Su receta es conocida, pero la forma de venderla no lo es tanto: menos Estado, menos impuestos, menos regulación, más inversión privada, más explotación de los recursos minero-energéticos y una defensa mucho más agresiva de la libertad económica.
Traducido al lenguaje de la calle: que el Estado deje de meterse en todo y permita que quienes producen vuelvan a producir.
Suena sencillo.
Demasiado sencillo.
Porque gobernar Colombia nunca ha sido sencillo.
El verdadero problema de la propuesta de De la Espriella no está en defender el mercado. Está en demostrar hasta dónde puede retroceder el Estado sin dejar abandonados precisamente a aquellos que más necesitan que funcione.
Ahí estará la prueba.
Porque una cosa es adelgazar un Estado obeso y otra muy distinta es adelgazarlo hasta dejarlo sin capacidad para responder.
Una cosa es combatir el despilfarro y otra desmontar políticas sociales necesarias.
Una cosa es bajar impuestos para estimular la economía y otra esperar que la inversión privada, por sí sola, resuelva desigualdades que llevan generaciones acumulándose.
Y una cosa es hablar de libertad económica desde una tribuna y otra gobernar un país donde la pobreza, la informalidad y la desigualdad no desaparecen porque se reduzca una oficina ministerial.
Ese será el verdadero examen de la nueva derecha.
Porque después de Petro no basta con ser la antítesis de Petro.
Colombia no necesita simplemente otro presidente que haga exactamente lo contrario del anterior.
Necesita uno que sea capaz de entender por qué el anterior llegó hasta donde llegó.
El fenómeno Petro no nació de la nada. Nació de una Colombia cansada de sentirse excluida, de una desigualdad persistente, de regiones históricamente abandonadas y de una clase política tradicional que durante años creyó que gobernar consistía en administrar el mismo país para los mismos de siempre.
La izquierda leyó ese malestar y llegó al poder.
El problema fue lo que hizo después con él.
Y allí está la lección que la derecha debería aprender antes de celebrar demasiado pronto.
Porque el péndulo político puede moverse hacia la derecha, sí. Pero también puede volver a moverse.
Si De la Espriella pretende construir una restauración, tendrá que demostrar que esa palabra no significa simplemente devolver el poder económico y político a quienes sienten que lo perdieron durante estos cuatro años.
Deberá convencer a los que no tienen empresa, a los que no tienen capital, a los que viven del rebusque, a los jóvenes que no encuentran oportunidades y a las regiones que llevan décadas esperando que el Estado deje de visitarlas únicamente durante las campañas electorales.
De lo contrario, la restauración será apenas eso: una restauración.
El regreso de los de siempre con un discurso nuevo.
Colombia acaba de cerrar un capítulo que hace apenas unos años parecía improbable. Un gobierno de izquierda llegó al poder, gobernó, se desgastó y finalmente entregó el mando.
Ahora el país mira hacia el otro extremo.
La pregunta ya no es si Colombia girará a la derecha.
La pregunta es qué clase de derecha llegará al poder y para quién gobernará.
Porque la historia política colombiana tiene una costumbre incómoda: cuando un extremo decepciona, el otro suele presentarse como salvación.
Y pocas cosas son más peligrosas en política que confundir una reacción con una solución.
Petro deja el Palacio de Nariño, pero deja también una sociedad profundamente politizada, una izquierda que tendrá que explicar sus errores y una derecha que tendrá que demostrar que sabe algo más que oponerse.
El nuevo gobierno tendrá cuatro años para responder una pregunta que parece sencilla, pero no lo es:
¿Colombia quiere cambiar de modelo o simplemente cambiar de dueño?
Ahí comienza la verdadera disputa.
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