El Águila Descalza no anda a pie limpio

Sus montajes ingeniosos permiten la catarsis en la que nos repensamos como sociedad. Una entrevista exclusiva para Las2orillas

Por: Juan Mario Sánchez Cuervo
febrero 24, 2019
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El Águila Descalza no anda a pie limpio

El Águila Descalza se puso las botas para remontar el vuelo en este 2019 con su más reciente propuesta: Bandeja Paisa, lo que no mata engorda. Se trata de un exquisito menú gastro-cómico que conlleva la nostalgia de tiempos remotos, cuando el nativo de estos lares disfrutaba en familia siete caricias estomacales: “tragos”, desayuno, media mañana, almuerzo, algo, comida y merienda. Y para completar la dicha de entonces, lo sabroso y opíparo salía también barato. Hoy, en este valle de lágrimas, al triste mortal lo despachan con dos o tres golpes tipo gourmet al día. El resultado es algo semejante al mal sexo: poquito, caro y apresurado.

Carlos Mario Aguirre y Cristina Toro nos conceden un milagro intrínseco a ese género inmemorial llamado teatro: contemplarnos a nosotros mismos a través de un espejo puesto en escena. En efecto, sus montajes ingeniosos permiten la catarsis en la que nos repensamos como sociedad; es decir, nos observamos a distancia, y por supuesto, nos reímos de nosotros mismos. En consecuencia, sobreviene una descarga liberadora y placentera que estos actores consagrados propician desde el tablado. Desde esta perspectiva El Águila Descalza jamás anduvo por los caminos del arte “a pata limpia”, pues en cada propuesta hay una rigurosa elaboración donde se respeta la estética, la rigurosidad del contenido y la búsqueda propia del artista. Todo lo anterior explica su rutilante éxito, fruto de dos talentos excepcionales encarnados en una sola esencia: Él Águila Descalza. Por lo demás, los protagonistas de esta fusión habitan en un espacio adyacente a la genialidad: Carlos Mario, un vastísimo lector y artista polifacético, y Cristina, la gran poeta sensible y temperante; o para usar palabras del mismo Carlos Mario: “el bajo continuo (como en toda la obra de Vivaldi), el contrapunto, la conciencia, la visión del justo fiel en la balanza”. ¿La razón de su permanencia en el corazón del público? En mi humilde opinión, además de lo expuesto arriba, obedece a esa impronta indeleble de los que no sólo recorren un camino, sino que construyen su propio camino: la autenticidad.

Después de deleitarme con un festín digno de los dioses (no más detalles, prefiero dejarles el antojo), me dirigí al camerino, sitio elegido por ellos para la gentileza de una interview a lo paisa; es decir, el desparpajo en la conversación propia de los viejos amigos. Les hice siete preguntas, y al final exhalé una súplica. Que ustedes también disfruten de la vianda: es de parte muy aseada y cariñosa.

Carlos Mario, en tus inicios fuiste un brillante exponente del teatro experimental. ¿Qué recuerdas, qué extrañas de aquella época?

No, yo no extraño nada de mi vida porque si me pusiera a extrañar cosas de mi vida me perdería este momento maravilloso. El experimento siempre estará presente en nuestras vidas. El experimento es la caída, y la experiencia de esa caída, y también la posibilidad de retomarla para hacer de ella una virtud. Es lo que nos mantiene vivos en el escenario. No es el experimento por el experimento y la cantidad de juegos artificiales y artificios que uno pueda realizar en escena. Nosotros decidimos ser en nuestro teatro un par de Sísifos, siempre cargando nuestros precarios cuerpos para tratar de llevarlos a una cima inexistente, y siempre encontrándonos con nuestro decurso, nuestro tránsito de la irremisible caída, y nuestra recurrencia a ser narcisos ciegos y la posibilidad de palpar en el baile ese lago inexistente, ese mar en el que nos movemos, y no taparnos con cera los oídos para no escuchar ese canto de sirenas que es el de cada obra y el de cada público. Me parece que seguimos siendo experimentales, incluso más que en esa época, pues en ese entonces el experimento estaba dado por cosas ya manidas y conocidas.

Cristina, como poeta y escritora ¿cuál ha sido tu aporte a la Corporación Águila Descalza?

Yo tengo una labor de edición muy importante en la obra del Águila Descalza. Carlos Mario presenta unas propuestas de obras que son muy extensas. Es decir, son una sucesión de ideas que exigen organización, y también casi siempre soy la que remata las obras. Durante el trayecto del humor voy haciendo reflexiones en la construcción de las obras, y también aporto imágenes poéticas en ellas.

Carlos Mario, en ustedes lo bufonesco adquiere ribetes geniales. ¿Qué privilegios, qué riesgos asume el bufón en un contexto ajeno a la monarquía?

¡Canallesco! [Se refiere al entrevistador, y lo mira con ojos que son al tiempo el brillo de Mefistófeles y la penetración de un genio einsteniano. Mientras… Cristina explota en una carcajada]. La posibilidad del bufón como nos lo muestran los hermosos bufones de la obra de William Shakespeare. Hacerle un contrapunto y tratar de hundir el dedo en esa llaga. Recuperar, no sé si para bien o para mal, la pus que brota de todos esos cuerpos. El bufón se comporta como una enzima, como un catalizador, un radical libre que propicia relaciones y avizora formas… no sé si de lucha, quizás sea pretencioso decirlo. Por lo menos de luchas verbales y mentales frente a la incuria del poder, frente al desafuero y a las formas absolutas de comportamiento de una sociedad que oprime.

Cristina, ¿cuál es tu reflexión alrededor de lo bufonesco?

Es una ventaja enorme que tienes desde la comedia para abordar temas que son intratables, o que requieren dinamita para tratar de destruirlos, y que quedan más desplomados con un chiste. Por ejemplo, en esta obra [Bandeja Paisa] hacemos alusión al ombligo de Pablo Escobar y su capacidad de fugarse a través de él. Nuestro púlpito y nuestro palco es el escenario, y desde ahí podemos atacar todos los males, los dolores. Allá donde nos duele, allá donde sentimos que la sociedad está a los gritos nosotros nos reímos, no para disfrutar ni para destituir la profundidad del duelo, sino para hacer lo que el mismo pueblo hace: reírse de su desgracia. Esa es, quizás, la única forma de asumirla para salvarnos de este naufragio.

¿Cómo no recordar a Yorick, el bufón de los bufones? Carlos Mario, ¿alguna acotación al respecto?

El que haya leído a Shakespeare, tuvo que haberse inspirado en todos sus bufones. No solamente el que haya leído a Shakespeare… todo el que haya bebido de los grandes cómicos, los grandes comediógrafos, los personajes tan especiales en la comedia de Aristófanes, de Plauto… Eso lo toca a uno. Y no sólo los bufones, los payasos… También los juglares, la comedia del arte italiano, y en lo contemporáneo uno se rinde ante Chaplin, Jerry Lewis, Cantinflas, Jaime Garzón, etc. Desde niño quise ser payaso. Más que actor soy un payaso, me gusta serlo.

Cristina, ¿acierto si digo que eres la voz de la conciencia de un loco genial que seduce con su jocosa verborrea?

Yo creo que sí, de alguna manera. Carlos Mario tiene un don que no es muy común. Son muy pocos los actores que están dotados naturalmente de esa gracia. Él la tiene, no sólo por un poco de herencia, sino también por formación. Es una persona que ha tenido una profunda relación con la lectura, y con la historia. Es un artista integral; pero a la vez tiene la desmesura del creador. Entonces, a veces, soy la tijera, elijo el camino, pongo límites. Si por el Negro fuera, haría obras de 7 horas. Sí, yo soy la que armo la estructura y pongo los bordes.

Carlos Mario, eres un lector voraz, y a la vez selectivo. Te he visto salir de la librería Palinuro en Medellín con cerros de libros. Háblanos de ese “vicio impune”, como lo llamó Valéry Larbaud, y su importancia en tu proceso artístico. 

No. Soy coleccionista de libros. Vuelvo siempre a los mismos libros. A veces soy capaz de leer otros. Y no soy selectivo. Como lo diría Borges: tengo siempre al lado a un poeta menor de la antología. Siento especial afecto por los libros que nadie lee, por los libros desechables de las bibliotecas, por esos libros que no son las luminarias. Siento predilección por los libros humildes, los cuales son una especie de libros vergonzantes de las bibliotecas. No creo que yo sufra el “vicio impune” del que habla Valéry Larbaud [aquí interrumpe Cristina, con una de sus mágicas risas que son también consciencia, para afirmar mi conjetura: yo creo que sí tiene ese “vicio impune”, y continúa sonriendo]. De chico mi padre me decía: no te pares del escritorio hasta que te leas este libro. Me sentó y yo no me volví a parar. Mi padre fue un gran lector. En esa época leí mucho. Y sigo leyendo, leyendo; pero es más lo que compro que lo que leo.

Cristina, por favor, háblanos más de ese Carlos Mario lector que pocos conocen.

Es un lector exquisito, y tiene el don de oler dónde está el libro que es. No sólo lo atrae el contenido, también la forma, los huele… es compulsivo. Tiene ciclos: cuando compra, cuando se enamora, cuando encuentra a alguien que tiene una veta… y entonces, empieza a explorar. En uno de esos ciclos, dice: “no vuelvo a comprar libros, y se contiene por un tiempo; pero vuelve. En México, en Buenos Aires… llega a una librería y se reactiva el comprador de libros. Además, tiene amigos libreros, esos que venden libros de viejo, y que son unos personajes maravillosos, y Carlos Mario en cada ciudad los encuentra. Y yo hago las transacciones de sus lecturas: lo buscan, lo llaman, entonces yo le digo: vea, ahí lo llamo el jíbaro [de nuevo risas explosivas de Cristina].

Ese talento, esa creatividad inagotable de ustedes ¿no nos va a regalar una obra de teatro por escrito?

Vamos a editar las obras tal como aparecen en los libretos. Porque una cosa es el libreto de la obra y otra la dramaturgia. Las vamos a sacar completas y conforme a los guiones.

Por último una súplica. Desde hace 34 años padezco una tortura de ficción, y es que a esa metáfora surrealista que los nombra “Águila Descalza” no logro darle forma ni aterrizarla. ¿Un águila descalza? ¿Pero es que alguna vez un águila usó zapatos? ¿Me darían una pista para resolver ese acertijo?

Carlos Mario: qué bonito lo que dices, Juan Mario, sobre el ser descalzo del águila, eso es especial. Yo siempre lo acomodaba a esa forma de presentarse las comunidades religiosas de los descalzos. Y charles Chaplin cuando era chico tenía un grupillo de mimos con el nombre de los descalzos, o algo así.

Cristina: El águila Descalza fue una frase que se encontró Carlos Mario en 1980 en un camión que transitaba por el Municipio de Concepción. Él lo puso en la lista de los nombres que quería ponerle a su grupo de teatro. Después ese fue el elegido. Hace algunos años supimos que también es el nombre de una película mexicana, que llevó al formato audiovisual una zaga de caricatura en el que el personaje era un águila descalza. Una especie de Chapulín, en el sentido de que una sumatoria de equivocaciones lo llevaba a salir avante. La película es dirigida por Alfonso Arau, el mismo director de Como agua para chocolate. Hace algún tiempo descubrimos que en México existían tres zapaterías con el nombre “águila descalza”. En cierta ocasión caminamos todo un día para dar con una de ellas, y resulta que ya no existía. Vamos a volver a México para buscar las otras dos zapaterías.

Carlos Mario: Quítate las sandalias de los pies, porque el lugar donde estás parado es tierra santa (Éxodo 3; 5). El ser descalzo connota un montón de cosas. Es algo sagrado y silencioso.

Queridos Carlos Mario y Cristinamuchísimas gracias por estas revelaciones. Pero no sé, se me acaba de ocurrir que El Águila Descalza, no anda a pie limpio, sino que usa zapatos supersónicos, por eso es que vuela tan alto.

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