Duque con Vicky Dávila: un candidato extenuado que quiere más bien cantar

El cansancio de la campaña no se disimula. El Duque vigoroso de la primera vuelta le da paso al hombre que se entretiene con un balón y unas barajas de naipe

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Junio 15, 2018
Duque con Vicky Dávila: un candidato extenuado que quiere más bien cantar

Otro viernes lluvioso y frío en Bogotá. Afuera del hotel Hacienda Santa Bárbara una multitud espera por el candidato Iván Duque. Adentro hay tanta concentración de personas vestidas de naranja, el color oficial de la campaña, que se acumula un sopor asfixiante que exacerba los ánimos. Las luces de las cámaras hacen el ambiente aún más pesado, más enrarecido. La gerente del centro comercial Hacienda Santa Bárbara ha perdido su calma natural. Regaña, manotea y se queja del desorden que ha impuesto en el lugar la campaña de Iván Duque.

La única que parecía imperturbable era Vicky Dávila, vestida completamente de negro, luciendo una manilla de perlas cuyo brillo encandilaba cada vez que movía la mano. Por el corredor que hicieron los policías Vicky entró al salón principal del hotel, se subió a la tarima entre los periodistas y entusiastas de la campaña duquista, respondiendo a cada saludo.

Se sentó en la silla y miró su celular. El productor de su programa trataba infructuosamente de despejar el pasillo del salón infructuosamente para que la gente no interfiera con las cámaras. Se había esparcido el rumor de que Silvestre Dangond iba a hacer una visita sorpresa. A las 12: 02 minutos Vicky, con su puntualidad neurótica, empezaba a inquietarse. El candidato del Centro Democrático aun no llegaba. Un minuto después las puertas del salón se abren, entra María Juliana, su esposa, y Juliana Márquez, su mamá. Detrás venía Iván Duque. Llevaba puesta una chaqueta de poliéster negra, una camisa azul marino, jean y zapatos marrones. Entró y saludó a sus admiradores de beso.

Yo lo había visto cuatro semanas atrás en su cierre de campaña en el Tunal. Su actitud imperial y segura se había diluido. Ahora parecía solo lo que era: un hombre bueno de 41 años al que parecía avasallarlo la parte final de una campaña presidencial extenuante. Duque se subió a la tarima, Vicky lo recibió con un abrazo. En primera fila su mamá, vestida completamente de negro y con una chaqueta naranja, siempre con una sonrisa amable, lo miraba orgullosa. Con su bajo perfil le molestaba cada vez que las cámaras de los fotógrafos le disparaban.

A los cinco minutos de haber empezado el programa hay conmoción dentro de un salón sofocante, saunesco, atestado de gente. En la entrada del salón se escucha un acordeón y la voz de Jorge Celedón, quien entra cantando Compae Chipuco. Iván Duque deja el rostro adusto que ha tenido desde el principio de la entrevista. El vallenato le ha devuelto la sonrisa y la frescura con la que cerró una primera vuelta que le daba una ventaja inicial de veinte puntos. Celedón se sube a la tarima y canta con Iván Duque. El público, cada vez más tranquilo, entona la canción. Una vez termina el vallenato Jorge Celedón se sienta en la primera fila. Detrás de él están los suegros de Iván Duque, quienes asienten y sonríen cuando Vicky le entrega un balón al candidato y hace una demostración de dominio digna del mismo James, el jugador que más admira. El público, compuesto en su mayoría por hombres y mujeres maduros, está frío.

Los gritos de “Duque presidente” casi no se escuchan. El público luce nervioso, incomodo, cansado, apagado.  Se siente en el ambiente el bajonazo del candidato uribista.  La buena energía la pone Vicky, quien invita a Maria Juliana Ruíz a la tarima y la sienta a su lado como hizo semanas atrás con la esposa de Sergio Fajardo. La periodista le pasa una bayetilla al candidato, le pide a un muchacho de su campaña su zapato y se pone a embolarlo. La gente lo aplaude, ríe, nadie grita Duque presidente.

La gente vuelve a reír cuando la mamá de Iván Duque le recuerda que su primera aparición pública ocurrió cuando fue el protagonista de un comercial de Yoyo galleta de Can-Can. Duque enternece a su auditorio cuando canta una estrofa de No basta de Franco de Vita, ayudado silenciosamente por Vicky. Jorge Celedón en primera fila se aburre. Se deja tomar unas selfies por una señora que ni siquiera sabe quién es. Después se levanta y se va. Hay rumores de que en cualquier momento entrará por la puerta principal Silvestre Dangond. La gente mira la puerta pero solo hay en ella un par de escoltas y tres guardaespaldas.  Entre el público hay gente que le pide a Vicky que cante el voto, como lo hizo hace unas semanas cuando anunció que su candidato sería Fajardo. La periodista, con una gambeta digna de Cuadrado, elude el tema. Justo cuando la presión sobre ella crecía cuando una mujer le gritó ” Vicky es duquista”, volvió a entrar Jorge Celedón con El mejoral, la canción que cantó de nuevo con Iván Duque. Cuando se calló el acordeón  Vicky anuncia que hay gol de Cristiano Ronaldo, Portugal va ganando 1 a 0 a España en el mundial. Duque habla de su fanatismo por el América de Cali y luego, en un cambio de frente inesperado, le dice a Vicky que él es muy devoto del Milagroso de Buga. Vicky le regala una camándula. El público le pide que se la ponga. La misma señora que le pidió la foto a Celedón murmura: “es que él es muy creyente”. Sin embargo, a Duque la camándula le tiene sin cuidado. Prefiere sentarse y hablar un poquito de la magia que le enseñó, por allá en los ochenta, el mago Lorgia. Da una demostración con su baraja. Vicky le sirve de ayudante, la que todo mago quisiera tener. El candidato  es un mago competente. Los dos trucos con el naipe le funcionan bien y el público, de pie, como si se tratara de un reality show,  grita: “Ese es, ese es”.

En los últimos diez minutos de la entrevista se sientan a conversar. Miro a Duque de frente y en los ojos noto el cansancio, la inseguridad. Ya no tiene el brillo de las semanas pasadas. Mientras conversa Dávila luce distraída, voltea su rostro y mira a su productora. Le pregunta ¿cuánto falta?, mientras Duque sigue hablando sin apasionamiento, como en piloto automático.

Los escoltas del candidato empiezan a alistarse al pie de la tarima. Regañan a una cámara que se ha puesto justo en el pasillo. Se abre la puerta. Se detiene el tiempo. La periodista anuncia la sorpresa más grande de la tarde, afuera del salón se ven los flashes. Todos creen que es Silvestre Dangond, pero no. Es Marta Lucía Ramírez la que apareceHay un poco de desilusión, disimulada por unos aplausos tenues. La fórmula vicepresidencial entra, le da un beso a Duque y luego embiste a Vicky: “me dijeron que ibas a votar por Duque”. Dávila lo niega con un gesto gracioso. Le preguntan qué es lo que tiene que criticarle a Uribe y el candidato, sin pensarlo, dijo que su mal genio, su imposibilidad que casi siempre lo traiciona.

Los escoltas se hacen señas con las manos a dos minutos de terminar. Entre el público se extiende el rumor de que España ha empatado. Va 1-1 y se perfila el encuentro como uno de los mejores del mundial. Marta Lucía habla sobre las ventajas de votar por Duque. En el sillón, el candidato pareciera que en cualquier momento se va a quedar dormido. Parece ausente, con los ojos pequeños, achinados. Vicky lejos de dar su voto por Duque, le pide algo: no hacer trizas los acuerdos de paz. “Yo no quiero volver a ver a Timochenko armado”.

Solo al final, cuando entró por tercera vez Jorge Celedón, Duque reaccionó. Intentó sacarle el voto a Vicky, pero otra vez falló en el intento. Serpentinas y un baile incómodo, casi bizarro, por la cantidad de gente subida en la tarima entre Vicky y el candidato terminan la entrevista.

Entre un tumulto la gente cruzamos la estrecha entrada al salón. A mi lado, arrastrada por una marea naranja, pasa una asustada madre del candidato. La gerente de la Hacienda Santa Bárbara echa chispas. La desorganización es total. Iván Duque, pálido por el cansancio y los flashes constantes, se sube con suma dificultad a una camioneta de vidrios oscuros. Bajan hasta la carrera séptima. Se vienen para él las 48 horas más importantes de su vida.

 

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