¿Duelo nacional o institucional?

"Después de miles y miles de muertos, el gobierno al fin vivió la verdad, al fin tuvo un fallecido que valía la pena llorar, al fin le importó una vida humana"

Por: Alejandro Mojocó Ramírez
enero 27, 2021
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¿Duelo nacional o institucional?
Foto: Twitter @CancilleriaCol

Y entonces por fin un día existió el dolor. La peste, el sufrimiento y la muerte. El caballo apocalíptico bufó su oscura saliva. Se acabaron las cifras, la fría abstracción. A través de su final la vida apareció. Al fin, después de tanto tiempo, su corazón se estremeció.

Se decreta un duelo nacional. Se usa un lenguaje rico en matices. Nada extraño. ¿No decimos a menudo tantas cosas cuyo verdadero sentido nos desborda? Tal vez entre duelo y guerra no se vea más que el hecho de que la guerra produce duelo. Pero en nuestra lengua, hija de esa Roma antaño brillante y sangrienta, la palabra duelo no habría existido sin ella. Duellum, duo bellum, guerra entre dos, combate. Si vis pacem, para bellum. Si quieres la paz, prepara la guerra. O prepara el duelo. Un duelo nacional que ya dura más de medio siglo, si es que a este territorio tan disímil y agrietado se le puede llamar nación; si es que, de verdad, esas fronteras tan lejanas hacen parte del país.

El duelo nunca se va, ni se ha ido, y la muerte, de tan presente, es solo otra palabra sin realidad. Cifras en los medios, en boca de hombres numéricos, sufrimiento y dolor congelados en dígitos. Hasta que un día alguien dijo adiós, para siempre me iré. Y ese alguien tenía una familia que lo lloró, y amigos que aún no creen en su ausencia. Pero no era solo un alguien, era más que eso, era un símbolo, una representación, una institución. Tenía un nombre, es decir una existencia. Y la institución se sacudió: ¡la muerte existe!, se dijeron. Era la muerte que se había cansado de matar anónimos, que quería por fin vivir en esa presunta nación. Y esa astuta muerte supo que la nación no era el país de viejos puertos enmohecidos, de esquinas rotas, polvorientas y olvidadas, de hambrientas selvas pantanosas. ¡No! ¡La nación era la institución! ¡Era el país que se congregaba en unos metros cuadrados de congreso, en los pasillos de la Casa de Nariño, en lujosos carros blindados! Astuta muerte, al fin supo dónde matar y adquirió existencia.

Pero no es que la muerte sepa de política, tal vez solo es que ella sabe en donde de verdad duele. Ella sabe que esos pobres sin nombre, anónimos que mueren por la puerta de atrás, que trocaron el ataúd y las velas por bolsas negras en la hoguera, no tuvieron alma sino peste. Su cuerpo no es un muerto, es la muerte: hay que matarla. Tercos, no saben que ni al morir existirán, se olvidan de que son nadies. Y la muerte sabe que esos nadies solo cuentan en las cifras, que la historia los devora en un soplo. Y que la historia solo recordará a quienes alguna vez, investidos de institución y poder, dijeron que el glifosato era mejor que sembrar plátano, o que "homicidios colectivos" no era un eufemismo para reemplazar "masacres"[1], de nuevo sin siquiera saber de dónde proviene eufemismo (εὐ y φημι, eu y femí, lo bien dicho, lo aprobado, lo que existe), sin saber que lo que quería decir es que la palabra masacre lleva impreso el signo de la sangre, y no el que la institución busca: el de la tinta de informes mortuorios.

Y ahora, señor Trujillo, me pregunto, ¿lo de usted es una muerte o más bien un homicidio evitable cuya omisión inculparía a su exgobierno?, ¿o es un acto de justicia poética, una bofetada de la parca que le dijo antes del final que ella era inexorable y real, y no un burocrático homicidio? Tal vez una vacuna lo habría salvado, tal vez, solo tal vez, si en el cargo presidencial hubiera alguien apto, usted no hubiera perdido el aire para siempre. Pero se acabó, y al fin el gobierno, la institución, demostró su verdad: le dolió. Después de miles y miles de muertos, al fin vivió la verdad, al fin tuvo un fallecido que valía la pena llorar, al fin le importó una vida humana. Al final, sin querer, nos demuestran lo que la historia confirma: que para ellos la nación es la institución, y que un duelo nacional no es más que un privado duelo institucional, no la pública desgracia del pueblo, no el populoso anonimato de los que ni siquiera tuvieron derecho a ser velados, honrados y enterrados. Ellos ya han vivido y siguen viviendo su duelo nacional, su duelo inacabado que dura más de medio siglo. Ellos, cuya memoria deleble será.

[1] “Masacres” es un término periodístico y coloquial: MinDefensa

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