Opinión

Dudas cotidianas en distinto calendario

Por:
enero 16, 2015
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Como animales mortificados por su propia evolución y herederos de la impaciencia, nos damos a la tarea de complicar cualquier tiempo-instante que tenemos para trascender en conciencia y con ello, perdemos valiosas oportunidades sobre este diminuto lugar del universo.

Los afanes del fin de año se mezclan con los inicios del calendario y en un agotador cansancio fingimos que todo se acaba con el tic-tac y el ruido de unos goznes de puerta del tiempo que se cierra para siempre: ¿qué sentido tiene eso cuando sabemos que la vida con su ciclo no lineal del tiempo va y viene?

Vivimos apretujados en ciudades que sean grandes o pequeñas, en disputa permanente por el espacio público y privado, por conservar un territorio imaginario o real del cual queremos expulsar a cuanto intruso se acerca: ¿cuándo comprenderemos que la ciudad es el mejor espacio-símbolo de eso que denominan civilización?

A diario libramos una lucha contra nosotros mismos cuando vamos de compra y salimos victoriosos y derrotados de los centros comerciales, con los carros llenos de mercancías (de las cuales el 90 % es basura dentro de los próximos seis meses) y en perversa exhibición nos regodeamos delante de todos con nuestra cacería exhibida del safari comercial: ¿a qué horas seremos capaces de reflexionar sobre el disparatado instinto de consumir para no vivir?

Cada humano es mi enemigo. La paranoia del futuro y que se hizo presente se llama la desconfianza. Perdimos el sentido de reconocernos en el otro y por eso, alguien diferente y extraño, es potencialmente un riesgo físico y emocional muy cercano: ¿por qué creamos nuestros propios miedos y los cosificamos en semejantes para declararles la guerra?

Del otro lado, el sentido de la depredación como especie nos minimiza como humanos y nos acerca a los estados tribales más bárbaros. La exclusión y la falta de oportunidades viene de manera silenciosa incubando a una nueva especie entre nosotros: ese que te quita las cosas y te mantiene en la paranoia antes señalada cuando se te acerca y que te hace refugiar en un ambiente de guerra no declarada contra el resto del mundo. ¿Quién resuelve los problemas de inseguridad individual en una sociedad de patologías esquizofrénicas?

Hoy día estamos más cerca del humano distante y más alejado del cercano. Una frase recurrida cuando se trata de injuriar a la tecnología. Algo hecho por nosotros mismos pero con unas reglas globales que no tienen asidero en los escenarios particulares: ¿hasta cuándo el zombi digital que habita en nosotros se rebelará para terminar devorando a lo poco de humano que sobrevive?

Tenemos la mejor oportunidad de hacer de la Educación el vehículo de movilidad social por excelencia, sin embargo, se ha perdido a la generación con la cual esperábamos ensayar el experimento. Fracasamos como padres posmodernos. ¿Por qué a nuestros hijos no fuimos capaces de hacer crecer más como personas y no tanto como individuos saturados de información?

Le pusimos precio a todo y al final, dejamos de darle valor a las cosas que bien merecían un goce y satisfacción distinta a las del dinero. En medio de estas líneas mi hija María Isabel me pregunta si a mí me pagan por escribir esta columna. ¿Cuándo comprenderemos que la carrera por el tesoro mercantil no tiene regreso y que hay otros trayectos donde se va y viene (con poco dinero) cada vez que la alegría nos deje comprar el tiquete?

A la hora de responder por nuestras culpas ciudadanas nos avergonzamos de los políticos y le sacamos el culo a exigirles que rindan cuentas claras. Eso no es conmigo y allá ellos que se roban hasta un hueco. ¿Por qué pocas veces pensamos que la indiferencia nuestra es lo que más alimenta el hambre del que vive del erario público y de nuestros esfuerzos como sociedad?

Cada vez nuestro comportamiento en masa se parece más a una manada de los primeros días de la tierra. Ya no son los machos alfa dominantes los que nos conducen por las extensas praderas del planeta, ahora son las redes sociales y sus tendencias digitales las que nos llevan al abismo del caos y el menosprecio por lo humano simple y no contaminado, lo puro entre lo impuro. ¿Qué hormona digital segrega ahora la sustancia innombrable que se inocula hasta idiotizarnos por completo?

Coda: Regresar a lo natural es casi obligatorio en estos tiempos de toxinas consumibles con código de barra, a pesar que en nuestra corta y larga evolución como especie hemos sido capaces de asimilar el veneno que fabricamos y eso nos hace ya un éxito de la vida. Motivo suficiente para ser feliz de otra manera.

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