Opinión

Dos líderes perfectamente obsoletos

Petro y Uribe son ejemplo del fracaso de una democracia electoral que exige cambios a gritos antes caer al despeñadero llevados por populistas de izquierda o derecha

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octubre 10, 2021
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Dos líderes perfectamente obsoletos
Uribe ha gobernado durante veinte años con la misma consigna: acabar a las Farc. Petro, lanza propuestas que rectifica apenas suma y resta

Es evidente al auge de la estupidez humana y con respecto al comportamiento electoral el impacto es grave. Como es un fenómeno que ocurre en el mundo hay que buscar la razón en los factores comunes. Una explicación es que los dirigentes buscavotos actúan de la misma manera, con el mismo objetivo y las mismas tácticas para enganchar a su electorado. Ubican a los descontentos, a los menos educados, a los más resentidos, a los que leen hasta 40 caracteres. Luego les mandan mensajes falsos que parezcan ciertos y los envían como si fueran personas iguales a ellos -en realidad son larvas artificiales creadas por IA- y así les encienden las pasiones más elementales -rabia, temor, odio- y les dicen que la salvación es votar por Trump, Bolsonaro, Le Pen, Chávez. En Colombia, los maestros de las elecciones del 2022 quieren ser otra vez el que diga Uribe y Petro.

Que exista el mismo escenario desde 2002 implica un fracaso en la construcción de ciudadanía.  La Constitución del 91 atiborró de derechos santanderistas a los cedulados, sin que les enseñara a utilizarlos y mucho menos sin crear instituciones para garantizar su ejercicio y espantar a quienes lo impiden. Este es el camino libre que necesitan los estrategas de la manipulación en redes, un electorado abundante en frustraciones por el modelo económico que los deja en las galerías, y por la evidencia de que es imposible llegar a un nivel de vida aceptable en un tiempo razonable. No ven futuro para sus hijos y sus hijos no quieren vivir el negro futuro que se vislumbra para ellos. Entonces se convierten en el ingrediente ideal que la tecnología digital necesita para desplegar su manipulación.

Como si hubieran sido educados por el señor Pavlov, los acaudalados lideres financian las estrategias que se traducen en modernas campañas publicitarias. En redes sociales se despliega una invasión de boots y demás insectos del universo digital, que falsean ser personas indignadas como los verdaderos indignados. Les presentan información falsa como cierta, empacada en elegantes medios de comunicación similares a los que podrían existir en el mundo real. Como ellos no leen sino lo que les refuerza su rabia y su odio, creen que lo que dicen es cierto porque coincide con lo que piensan. Entonces las emociones de rabia, miedo y odio se activan y los ciudadanos robóticos votan por los populistas revestidos de redentores.

Como en una final de fútbol, el día de las votaciones es el momento de la revancha. Hay que votar. Es cuando ese tipo de ciudadanos con derechos, pero ignorantes funcionales, con nula capacidad de interpretar el mundo, que se acostumbraron a nutrirse de la información manipulada y que la complementan con la del sensacionalismo de noticieros y revistas adquiridas para cumplir ese propósito y que anuncian el cataclismo de la patria si triunfa el opositor, coronan.

Pensar en que se debe votar por alguien capaz, con un equipo formado y un programa de gobierno sostenible es mal visto por las hordas populistas. Votar por el candidato que encaje en el estado emocional del indignado es lo ideal. Por esa decadencia colectiva, en el debate actual, Petro y Uribe (en cuerpo ajeno una vez más), son perfectamente obsoletos.

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Los ciudadanos se enfrentan a la disyuntiva de elegir por quinta vez un presidente uribista, o por primera vez a un populista de izquierda.

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El uno ha gobernado durante veinte años con la misma consigna: acabar a las Farc. Como ya no existen, su plan es acabar el proceso de paz para que vuelvan a existir. Petro, lanza propuestas que rectifica apenas suma y resta, pues su inteligencia desmedida siempre va más lenta ante la velocidad de su lengua. Los dos son el ejemplo del fracaso del sistema electoral. Seleccionar buenos gobernantes es parte del modelo democrático, pero para que funcione deben existir partidos organizados, conectados con la sociedad, formar cuadros capaces de gobernar y construir un centro de producción de conocimiento que los nutra de ideas para resolver los problemas de la sociedad y relacionarse con el resto del mundo.

Los ciudadanos se enfrentan a la disyuntiva de elegir por quinta vez un presidente uribista, o por primera vez a un populista de izquierda. Es una alternativa interesante para el siglo XIX. Petro, se esfuerza en negar su estrecha relación con Chávez, su gran faro iluminador. Uribe, que en sus veinte años de gobiernos demostró que era bueno para frentear a las Farc pero ahora no tiene propósito nacional. Su añoranza de la guerra es tan grande que no puede acomodarse a un país en paz, sin emboscadas, sin ataques a los pueblos, sin campos minados y sin secuestrados para liberar vivos o muertos.

Si, tenemos dos candidatos perfectamente obsoletos para las necesidades de los ciudadanos. Mientras tanto las tercerías que se asoman al siglo XXI siguen enfrascadas en las mediciones de sus egos para escoger al candidato que más grande lo tenga. Esta democracia electoral exige a gritos un replanteamiento antes que caigamos por el despeñadero, porque el país si se puede empobrecer y arruinar con administraciones populistas de izquierda o de derecha.

 

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