Dos corticos con cariño

Una carta y una tertulia. Un mundo de narrativa junto al autor Manuel Mejía G.

Por:
Febrero 08, 2019
Dos corticos con cariño

Navidades cibernéticas

Escribió la carta al niño dios con dedicado esmero y cuidada ortografía, vigilando la caída de las letras altas y siendo delicado en no excederse con las peticiones; la experiencia le indica que si pide mucho, le llega poco. Hizo lo mismo con la siguiente misiva, dirigida ahora a los reyes magos, sin saber muy bien cuál es el orden de jerarquía, sin saber si el negro debe ser el primero en ser citado para no ser tildado de racista. Hizo una tercera destinada a papá noël, redactada en su pobre inglés. Repetía en una forma u otra los mismos regalos, guardaban similares encabezamientos, terminaba siempre igual, deseando la paz del mundo, y firmaba con sus dos apellidos, por aquello de las confusiones. Tenía ahora tres hojas de papel, y tuvo en forma inmediata la certeza de saber que estaba obligado de una u otra forma a meter esos textos en el computador y dirigir las cartas pidiendo regalos por cualquiera de los medios que el mundo moderno permite, todo bajo el llamado ciberespacio. En las últimas navidades envió las cartas por correo ordinario, el de siempre, el del cartero, y no le llegó nada. Parece que al fin llegó la era internet.

Chile y París

Mi amigo escritor llegó a mi casa hoy, buen tertuliano y franquete que es, y sin darme para pensar me soltó Manuel, arrancamos ya para Paris. El metro nos deja casi que en el avión, añadió y, así que, sin mucho chistar, hice mi maletín y seguí su ruta, línea ocho del metro madrileño. París. Diciembre en París. Los bulevares en París. Las sombras en París. El puto frío de París. El gris de París. Espectacular. Y mientras el avión decolaba, cerré los ojos y recordé algo oído o leído quién sabe cuándo que decía que el gran Neruda le dijo a uno de sus amiguetes, o el amiguete le dijo a Neftalí, vaya uno a saber, o un amiguete le dijo al otro, que no recuerdo, no lo tengo presente, pero que le expresó seguramente con los ojos cerrados que por qué no vendían Chile y se compraban una tierrita cerca de París. Es que soñar no cuesta nada. El problema, pensé al aterrizar sobre el Sena, es quién les iba a comprar a dos dementes poetas el bello Chile.

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