Opinión

Diagnósticos excesivos

Cuando las exageraciones se visten de bata blanca empezamos a producir efectos más costosos de tratamientos innecesarios, y paradójicamente mayor mortalidad

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enero 21, 2018
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Diagnósticos excesivos
Hace tres meses en EE. UU. propusieron cambiar de 140/90 a 130/80 el diagnóstico de hipertensión arterial, por lo cual millones de personas serán ahora diagnosticados como hipertensos

Nuestra capacidad diagnóstica en medicina ha sobrepasado nuestra capacidad terapéutica.  Esta es una aseveración clara y profunda de un profesor de salud pública de la Universidad de Sao Paulo.  Me lo dijo a mediados del año pasado en una entrevista radial y fue como la explosión de una carga de profundidad: me puso a pensar durante meses.  Creo que es una de las causas principales de los problemas de nuestros sistemas de salud.

De fondo hay una actitud social muy frecuente en nuestros días:  a cualquier dificultad humana la queremos llamar enfermedad.  Por ejemplo los diagnósticos siquiátricos del señor Donald Trump.  Posiblemente él sufra una enfermedad mental pero es más probable que sea simplemente un idiota inculto con gran poder político.  De esos hay muchos en el mundo.  Lo interesante es que queramos diagnosticarlo cuando lo necesario sería quitarle el “gran botón” de la mano.  Esperamos de un diagnóstico siquiátrico la solución de un problema social.

Y esperamos de una cirugía estética la solución de una baja autoestima.  Por ejemplo las nalgas caídas han llevado a muchas latinoamericanas y latinoamericanos a peligrosas clínicas clandestinas.  Los glúteos flojos no son una enfermedad ni mucho menos exigen una solución quirúrgica.  Hay otras maneras de enfrentar ese problemita.  Quizás una saludable indiferencia a nuestra imagen en el espejo.  O bajar de espaldas las largas escalas del parque como aconsejan las señoras que hacen ejercicio en mi empinado barrio.  Claro que ignoro cuantas señoras se desnucan buscando perfectas, duras y redondas nalgas.

Estos dos ejemplos, casi caricaturescos, pertenecen a lo social, político y cultural de la compleja conducta humana.  Más serio y peligroso es el diagnóstico excesivo en el pensamiento clínico.  Cuando las exageraciones se visten de bata blanca la cosa se pone más difícil.  Empezamos a producir efectos más costosos de tratamientos innecesarios.  A veces paradójicamente con mayor morbilidad (más enfermedades) y mayor mortalidad (más muertes)

Si me permiten un poquito de filosofía quizás todo se deba a la persistente y fallida búsqueda humana de perfección.  “El problema moderno de la persecución de la perfección” titula una nota reciente de CNN. Queremos una pareja perfecta, unos hijos perfectos, un perfil perfecto en Facebook con muchos “likes” y miles de “amigos” para ser admirados en tabletas perfectas con muchas aplicaciones.  Mejor dicho, diarios y lindos “selfies” mentales.  Además una vida larga, sana, feliz, perfecta aunque nos cueste la vida.  Pues todo eso pasa por el diagnóstico excesivo de problemas en nuestra pareja, hijo, perfil y tableta (¡hay que comprar la última versión que solo se consigue por Amazon!).  Si esa actitud la llevamos a nuestro cuerpo imagínense la cantidad de enfermedades excesivas que cargaremos para las cuales no tenemos una terapia efectiva.

 

 En la literatura médica se sigue discutiendo la utilidad real
de la mamografía en lesiones engañosas o pequeñas
que no justifican cirugía

 

Ya hemos discutido antes en esta columna la gran cantidad de cirugías por elevación del antígeno prostático específico (PSA) en pacientes que nunca morirían de cáncer de próstata.  En la literatura médica se sigue discutiendo la utilidad real de la mamografía en lesiones engañosas o pequeñas que no justifican cirugía.  Pero en noviembre del año pasado se publicó una propuesta de cambio en el diagnóstico de una enfermedad muy frecuente y peligrosa, la hipertensión arterial sistémica.

A los médicos en el último medio siglo nos grabaron en el cerebro las cifras más altas de presión sanguínea permitidas en un adulto: 140/90.  Hace tres meses la Asociación Americana de Cardiología y el Colegio Americano de Cardiología propusieron cambiar estas cifras a 130/80.  Si se adoptan esas recomendaciones millones de personas en EE. UU. y el mundo serán ahora diagnosticados como hipertensos.  No dudo de la cuidadosa evaluación epidemiológica que llevó a esa propuesta.  Ni creo que se deba a una alianza pérfida y mal intencionada entre laboratorios y médicos para aumentar consultas y consumo de medicamentos.  La ingenua y no tan sabia “sabiduría popular” siempre busca conspiraciones tras las acciones de salud pública, por ejemplo en las recomendaciones para vacunación.  Quizás se deban estas sospechas al desconocimiento de las cuidadosas evaluaciones de riesgo y beneficio de muchas acciones de salud.  Todo acto y decisión médica acarrea cierto riesgo e incertidumbre.  La palabra medicina se relaciona con la raíz indoeuropea med que expresa la idea de reflexionar y tomar la decisión correcta.  La misma raíz está tras las palabras medir, meditar, moderar.  No acepto entonces que la nueva definición propuesta para la hipertensión tenga crasas razones utilitarias.

La dificultad no radica en los nuevos rangos “normales” para presión sanguínea en adultos.  El problema es la terapia recomendada para esos millones de nuevos casos de hipertensión.  Se calcula que el 70 % de nuevos pacientes diagnosticados por encima de 130/80 no requerirán tratamiento farmacológico sino cambios en su estilo de vida: comer más frutas y vegetales, dejar de fumar, hacer ejercicio.  ¿O exigiremos medicamentos para nuestra “anormalidad”?

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