Después de tres décadas, se desnuda la farsa del neoliberalismo en Latinoamérica

El modelo mostró con creces sus enormes deficiencias, derivadas de la concentración extrema de capital. Se sienten vientos de descontento en todo el subcontinente

Por: Alvaro Morales Sánchez
noviembre 05, 2019
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Después de tres décadas, se desnuda la farsa del neoliberalismo en Latinoamérica
Foto: Carlos Figueroa - CC BY-SA 4.0

La situación política en Latinoamérica ha experimentado desde el siglo pasado una especie de movimiento pendular, que se ha hecho más evidente desde la década de los noventa, a partir de la imposición del neoliberalismo como base de un modelo socioeconómico que se ajustaba plenamente a la decisión de los Estados Unidos de erigirse como potencia hegemónica en el mundo una vez concluida la Guerra Fría tras el colapso de la Unión Soviética y el campo socialista. A solo diez años de sus inicios, el modelo neoliberal comenzó a mostrar sus enormes deficiencias, derivadas de la concentración extrema del capital a la que fue llevando la doctrina del capitalismo salvaje con la cacareada libertad de empresa y libre mercado, la privatización de todos los activos y servicios del Estado y la desaparición gradual de los beneficios que dispensaba a buena parte de la población el Estado de Bienestar implementado luego de la Segunda Guerra Mundial como elemento clave para reconstruir las naciones capitalistas y para enfrentar el avance del socialismo.

1. Los primeros descontentos se convirtieron en triunfos electorales

Convertido todo en mercancía, incluyendo derechos como la educación y la salud, privatizados los servicios públicos, desmontados los sistemas solidarios de pensiones de jubilación, desvalorizado el poder de compra de salarios cada vez más bajos, incrementados a diario los índices de desempleo y los niveles de pobreza, el descontento social en el continente se tradujo en triunfos electorales de sectores políticos que lograron recoger en sus propuestas el malestar de los ciudadanos, regándose como pólvora en su recorrido por varios países de la región. Venezuela, Bolivia, Ecuador, Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay experimentaron la llegada, por vía electoral, de gobiernos que tenían en común la confrontación total o parcial de las políticas impuestas por organismos financieros internacionales como el FMI, el Banco Mundial y el BID y propuestas de Washington como la del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), desde Alaska hasta la Patagonia, para poner a circular, sin ninguna restricción, los bienes, servicios y capitales norteamericanos.

2. El retorno al modelo por la contraofensiva neoliberal

El llamado “giro a la izquierda” de un importante y representativo número de países de la región duró tres lustros. Los sectores políticos tradicionales que habían sido desplazados del poder se reorganizaron y con la ayuda norteamericana retomaron el control de la maquinaria estatal en Argentina, Paraguay, Brasil y Ecuador, regresando el péndulo a la derecha. Solo lograron mantenerse gobiernos antineoliberales en Uruguay, donde continúa al mando el Frente Amplio de Pepe Mujica con el presidente Tabaré Vásquez; en Venezuela, bajo la presidencia de Nicolás Maduro que ha enfrentado los embates de toda la derecha interna y externa, pero arrastra graves errores en el manejo de una economía fuertemente afectada por el bloqueo norteamericano y los bajos precios del petróleo, su principal fuente de ingresos; y en Bolivia, donde pese a los notorios avances de la situación económica y social liderados por el presidente Evo Morales, la derecha ha ensayado varios intentos por derrocarlo, incluyendo la actual postura de desconocimiento de los resultados electorales favorables al gobierno, para justificar la provocación de desórdenes de impredecibles resultados.

3. La nueva oleada de rechazo al neoliberalismo

Cuando estamos a punto de concluir la segunda década del presente siglo, nuevamente los vientos del descontento recorren el subcontinente latinoamericano. El péndulo está iniciando un nuevo recorrido hacia la izquierda o, para decirlo mejor, hacia el lado de los intereses populares. En los tiempos que corren y con la forma que están tomando los acontecimientos, la situación parece no encuadrar ya en la forma de ver las cosas como un asunto de confrontación de izquierdas con derechas. Lo de hoy es un enfrentamiento de los más amplios sectores populares contra las cúpulas de poderosos magnates que, escudados en la dominación imperialista norteamericana, se han atornillado en el poder para defender la fórmula de la más grosera acumulación capitalista sobre la base de llevar hacia los límites de pobreza a las grandes mayorías.

4. México o el inicio de la “cuarta transformación”

Este nuevo movimiento pendular se ha comenzado a experimentar desde el año pasado con la elección de Andrés Manuel López Obrador, como nuevo presidente de México, quien derrotó a los candidatos derechistas del PRI, que tenía el gobierno, y del PAN que intentaba recuperarlo. Con base en su Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), creado en 2011 pero convertido en partido en 2014, AMLO, como se le conoce popularmente, se candidatizó por la coalición Juntos Haremos Historia, que incluyó al Partido Encuentro Social (PES) de origen liberal y al izquierdista Partido del Trabajo (PT). Tras intentarlo en las dos anteriores elecciones, que perdió frente al candidato del PAN (2006) y del PRI (2012), en comicios cuestionados por acusaciones de fraude, AMLO ganó en julio de 2018 y comenzó su gobierno en diciembre con un programa de reformas que predica la recuperación económica, centrada en programas sociales para sectores vulnerables como las mujeres, los jóvenes y los adultos mayores, y la lucha contra la corrupción. Uno de los mayores retos de AMLO es sacar adelante una economía altamente dependiente de las decisiones de los Estados Unidos, su vecino del norte, con el que México ha vivido lo que podría llamarse una larga historia de amores y desengaños, desde que aquél, a mediados del siglo XIX, le arrebató en una guerra expansionista más de la mitad del territorio a la nación azteca, sobre el cual levantó ocho de los actuales estados de la Unión Americana.

El primer año de gobierno de AMLO se ha caracterizado por poner en práctica sus ofrecimientos de reducción de sueldos de altos funcionarios estatales, empezando por el suyo propio y el de sus ministros, de los congresistas, las elevadas pensiones de expresidentes, la supresión de cargos inoficiosos, la venta del avión presidencial, la conversión de la residencia presidencial en un espacio cultural, la disolución del Estado Mayor Presidencial, un costoso aparato militar semejante al Batallón Guardia Presidencial de Colombia, y una serie de medidas de disminución de gastos del Estado que tienen carácter efectista. Pero no se ha evidenciado aún un programa de reactivación económica de un país que ha perdido o reducido importantes renglones de su producción nacional por efectos del TLCAN, reajustado al final del gobierno anterior por petición del presidente Trump, pero encaminado a darles más gabelas a los productores norteamericanos, que atraviesan dificultades como consecuencia de la guerra comercial desatada por Estados Unidos contra China y otros de sus competidores mundiales: Y en otro plano de las relaciones con EE. UU. terminó AMLO aceptando, bajo amenaza de sanciones comerciales, hacer el trabajo sucio de contener la ola de inmigrantes provenientes de los países centroamericanos, que buscan colarse a toda costa en el país de Trump, para quien se volvió prioridad la construcción de un gigantesco y costoso muro en buena parte de la frontera para frenar la migración hacia sus territorios. La situación en México no solo no ha experimentado avances en el terreno económico, sino que sus habitantes ven angustiados el aumento de la delincuencia y del poder de los carteles de narcotraficantes y un gobierno que aún no logra controlar los excesos de violencia y criminalidad de estos grupos. Pero está temprano todavía y muchas cosas faltan por verse, pues a AMLO le restan cinco años y la mayoría de los mexicanos aún fincan en él sus esperanzas de cambio.

5. Haití o la “economía del desastre”

El segundo episodio de este nuevo movimiento pendular se produce también desde finales de 2018 y comienzos de este año con el levantamiento popular en Haití. Pero un país visto con desprecio por las naciones ricas que ya no encuentran nada que esquilmarle, no tiene cabida en los titulares de la prensa y los grandes medios de comunicación, pese a que ya registra decenas de muertos y masivas movilizaciones casi a diario exigiendo la renuncia del presidente Jovenel Moïse, a quien se acusa de haberse aliado con empresas gringas para robar los dineros provenientes de las ayudas humanitarias enviadas para la reconstrucción luego de los catastróficos efectos de un terremoto y un ciclón que afectaron recientemente al empobrecido país caribeño, con uno de los más bajos Índices de Desarrollo Humano en el mundo (puesto 168 entre 189 países) y más de la mitad de la población con desnutrición crónica (incluido el 22% de la población infantil). Para rematar, además de ser un país intervenido por un ejército de ocupación de la ONU, cuyos soldados han causado toda suerte de desastres, desde una epidemia de cólera hasta el incremento de la prostitución infantil y el aumento de embarazos adolescentes, el gobierno de Moïse puso en marcha en julio de 2018 las “recomendaciones” del FMI para un “ajuste” de la paupérrima economía haitiana. Entre otras medidas antipopulares, la eliminación del subsidio a la energía y el aumento del precio del petróleo y sus derivados (gasolina, diesel, kerosene) hasta en un 50%, generaron el año pasado una ola de inmensas protestas reprimidas violentamente con saldo de varios muertos y mucho caos (para más detalles de la crisis haitiana). Situación lamentable en el país que fue el primero en alcanzar, a comienzos del siglo XIX, la independencia política con relación a España y a Francia y que prestó invaluable apoyo a la empresa libertadora de Simón Bolívar y otros próceres americanos.

6. Ecuador: la paradoja del pueblo enfrentado a un Lenin de derecha

Luego vino Ecuador, paralizado por protestas populares durante doce días a comienzos de octubre pasado a raíz de una serie de medidas tomadas por el gobierno de Lenin Moreno para poner en práctica las exigencias del Fondo Monetario Internacional (FMI) con el que pactó en febrero un préstamo de 4.200 millones de dólares a cambio de reformas estructurales. El detonante fue la eliminación de los subsidios a los combustibles que generaba de inmediato el alza de las tarifas del transporte creando serias dificultades a los sectores populares, especialmente a trabajadores de la ciudad y el campo, entre ellos los indígenas, cuyas movilizaciones masivas fueron el eje de las protestas. El presidente Moreno, que había sido vicepresidente del gobierno de Rafael Correa, abandonó por completo las posturas de su antiguo mentor político y se entregó al organismo internacional cuyo préstamo generó el “paquetazo” de medidas que originó la oleada de movilizaciones populares. Moreno las enfrentó con violencia decretando el estado de excepción, militarizando carreteras y ciudades, con un saldo trágico de más de una docena de muertos y medio millar de detenidos, para finalmente llegar a un acuerdo con las organizaciones indígenas que lo obligaba a echar atrás la medida de la eliminación de subsidios a los combustibles. A menos de un mes de realizado el acuerdo que permitió suspender las movilizaciones, los dirigentes indígenas han venido denunciando que Moreno incumple porque no avanza en los diálogos hacia unos acuerdos consensuados con las organizaciones sociales y porque muchos dirigentes de la protesta continúan presos. La situación sigue siendo tensa porque las organizaciones indígenas y populares reafirman que volverán a las calles si Moreno toma nuevamente medidas que lesionen los intereses de las mayorías.

7. Las protestas tocan la joya de la corona: el “milagro chileno” se desnuda

Y no acababan de extinguirse las llamas de la protesta en Ecuador cuando sucedió lo impensable: el país cuyo presidente había declarado solo dos semanas atrás que era un oasis de paz, digno de imitar por todas las naciones latinoamericanas, estalló en levantamientos populares que llevaron a ese mismo presidente, Sebastián Piñera, a decir que Chile estaba en guerra, tras lo cual ordenó al ejército salir a combatir al enemigo, que no era otro que el pueblo, sublevado por la aberrante situación de desigualdad que se vive en esta nación, considerada durante más de treinta años como el paraíso del modelo neoliberal. Allí se experimentó desde los años ochenta la aplicación del nuevo credo, a sangre y fuego, por la dictadura militar de Augusto Pinochet que derrocó por la vía armada al gobierno de Salvador Allende elegido por una coalición de izquierda en 1970. El detonante del estallido chileno fue el aumento del valor del pasaje del metro de Santiago, que los estudiantes enfrentaron saltando los torniquetes de acceso a las estaciones para no pagar y fueron reprimidos con saña por los carabineros, generando respuestas masivas de la población. Pronto el pueblo empezó a manifestar su malestar frente a los bajos salarios, los altos costos de un pésimo servicio de salud, los escandalosos precios de los medicamentos, la educación a base de créditos usureros, el transporte más caro del mundo, los precios exageradamente costosos de la vivienda y los servicios públicos privatizados, las exiguas pensiones de jubilación percibidas luego de toda una vida de cotización de los trabajadores a los fondos privados manejados por tres o cuatro magnates del capital financiero que cada día acumulan exorbitantes ganancias mientras el grueso de la población se pauperiza.

El presidente Piñera, asustado por la “invasión alienígena” que su esposa veía en la protesta popular mientras aceptaba con estupor que debían disminuir sus privilegios, retrocedió y ordenó revertir el alza del valor de los pasajes del metro y anunció una serie de medidas. Aumento de los beneficios pensionales para los más ancianos, creación de nuevos seguros de enfermedades catastróficas, desactivación de la última alza de tarifas del servicio eléctrico y otras decisiones menores; y a pesar de haber decidido cambiar a casi todo su gabinete ministerial, y a pesar de los muertos que ha puesto durante más de dos semanas de protesta ininterrumpida, el pueblo chileno no se ha desmovilizado, continúa expresando su rabia acumulada tras diecisiete años de sangrienta dictadura militar y cerca de treinta de una democracia neoliberal enmarcada en la Constitución heredada de Pinochet. Han alternado gobiernos de derecha y de una izquierda acomodada a las leyes del mercado y al predominio del capital financiero y el recetario del FMI. Con el reconocimiento de su incapacidad para resolver la crisis han demostrado el fracaso del modelo que se mostraba al mundo como el ejemplo estelar de las supuestas bondades de la economía de libre mercado. Pareciera una crisis sin salida aparente: un gobierno incapaz de encontrar soluciones radicales porque administra una economía fallida, diseñada para favorecer solo a una pequeñísima cúpula de empresarios superpoderosos y corruptos encabezados por el propio Piñera; una oposición de izquierda que ya ha gobernado varias veces pero tampoco tiene propuestas porque se acomodó al modelo neoliberal y se alejó de las masas populares, que la repudian casi tanto como a la derecha gobernante; y grandes sectores de trabajadores, empleados, campesinos, pequeños productores, estudiantes, maestros, indígenas y sectores marginales movilizándose en todo Chile. Los medios de comunicación, de propiedad de los dueños del poder, solo destacan los actos de violencia de los manifestantes que reaccionan a la represión de la policía y el ejército, pero las imágenes y videos que circulan por las redes sociales muestran una situación que adquiere ribetes cercanos a una insurrección popular, carente de un partido revolucionario, de una dirección política que trace orientaciones y coordine el accionar de las masas, que convierte lo de Chile en una enorme incógnita sobre lo que pueda pasar en el futuro inmediato, pero que tiene la enorme virtud de haber desnudado totalmente la farsa del supuesto “milagro económico” que le han vendido a Latinoamérica y a todo el mundo. Esa es la primera victoria del pueblo chileno.

8. Tampoco funcionó la retoma de Argentina por Macri y el FMI

Para completar el convulsionado cuadro de la situación latinoamericana, confirmando que es la época de giro del péndulo hacia el lado popular, en Argentina la fórmula electoral de Roberto Fernández y Cristina de Kirchner confirmó en segunda vuelta el triunfo sobre el gobernante Mauricio Macri. Ese resultado es consecuencia de los desastrosos efectos de la política económica y social que aplicó a instancias del FMI este dirigente del empresariado neoliberal que hace cuatro años había derrotado a la presidenta Kirchner, la última del primer giro del péndulo a la izquierda. En Uruguay, el Frente Amplio espera ratificar en segunda vuelta, el 24 de noviembre próximo, el triunfo de su candidato Daniel Martínez para mantener en sus manos el poder. Y falta por ver cómo evoluciona el ultraderechista gobierno de Bolsonaro en Brasil, que ya ha comenzado a sentir el descontento del pueblo que mira con horror el manejo de la catástrofe ambiental con los incendios del Amazonas propiciados por los empresarios amigos del presidente que quieren despejar la selva para ampliar sus agronegocios.

9. El giro del péndulo deberá llegar a Colombia

A Colombia no ha llegado la oscilación del péndulo. El poder continúa en manos de la derecha más recalcitrante. Pero de todas maneras se sienten vientos fuertes, como anuncios de que el pueblo quiere enfrentar un modelo del cual ya se siente hastiado por el agravamiento de la situación de pobreza, el constante encarecimiento de los servicios públicos, la crisis de la salud que hoy es un próspero negocio de unos pocos y un pésimo servicio para la mayoría, la crisis de la educación que se profundiza cada vez más, el aumento de las cifras de desempleo y el crecimiento de la informalidad, los salarios que pierden poder adquisitivo todos los días y de remate los anuncios de nueva reforma laboral con la contratación por horas y la disminución del salario mínimo para los jóvenes, nueva reforma pensional con eliminación del sistema de prima media para dar paso al monopolio de los fondos privados de pensiones, nuevo intento de reforma tributaria tras caerse la llamada Ley de Financiamiento por sentencia de la Corte Constitucional. Todo esto agravado con un recrudecimiento de la violencia contra líderes sociales ante la mirada impasible de un gobierno que pone reparos al cumplimiento cabal del acuerdo de paz, mientras se dedica a liderar provocaciones contra el gobierno legítimo de Venezuela, para contribuir al propósito de Estados Unidos de tumbar a Nicolás Maduro.

Estos vientos de inconformidad se han venido expresando con el crecimiento del apoyo a las propuestas políticas de sectores alternativos como se evidenció en 2018 y se confirmó en las recientes elecciones de autoridades y cuerpos colectivos regionales y locales, en las que triunfaron candidatos diferentes a los del establecimiento en las principales ciudades y el partido de gobierno sufrió serios reveses en sus aspiraciones de ejercer el poder en amplias zonas del territorio nacional. Pero el descontento no solo se ha hecho sentir en el terreno electoral, sino que también está comenzando a crecer en la movilización callejera, donde han sido constantes las manifestaciones estudiantiles y de los docentes reclamando solución efectiva a la crisis presupuestal de la educación y cumplimiento de los acuerdos conquistados en los años anteriores a través de la lucha callejera.

Con el anuncio de las nuevas reformas incluidas en lo que se ha denominado el “paquetazo” del presidente Duque, las organizaciones sindicales, con el apoyo de estudiantes, organizaciones campesinas e indígenas y otros sectores sociales han venido convocando un paro nacional a realizarse el 21 de septiembre, para obligar al gobierno a echar atrás esos ajustes, surgidos también, como en el resto del continente, de las “recomendaciones” del FMI, el bombero que recomienda apagar los incendios regándolos con gasolina. Si los sectores políticos alternativos y los movimientos sociales quieren subirse a la ola de descontento que crece en todo el subcontinente latinoamericano, deberán aprender de los haitianos, ecuatorianos, chilenos, argentinos, y continuar con fuerza y determinación las tareas de organización y coordinación de la protesta social contra las políticas de un gobierno que ha demostrado no entender que el modelo neoliberal ha entrado en su fase de agotamiento, que está fracasando en todo el mundo, particularmente en América, y sigue como el bombero loco, apagando el incendio con gasolina. Ayer la protesta se expresó en las urnas, ahora deberá expresarse en las calles.

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