¡Despertó Colombia, despertó!

Colombia ve en el paro nacional la construcción de otra forma de hacer política

Por: Camilo Chica
noviembre 29, 2019
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¡Despertó Colombia, despertó!

Durante los 25 días de Paro, el pueblo colombiano ha sacado a las calles el verdadero Estado. Mientras los politólogos, juristas, académicos, intelectuales, sindicalistas, burócratas y el establecimiento, se devanan los sesos para hallar soluciones al Paro. El pueblo lo ha encontrado sin mayor alteración, de la forma más pacífica y en medio de la fiesta.

El pueblo colombiano en los días de Paro se ha dado cuenta que su solución no está en los que nombre anteriormente y sus reuniones interminables, ni en las urnas, para definir el rumbo de la nación. El pueblo sabe que el Estado le pertenece y no solo a unos pocos: los recursos, la naturaleza, las calles, los centros comerciales, los medios de comunicación, etc., son de la ciudadania. Pues todo esto, ha sido pagado con sus impuestos y su trabajo, sea de capital privado o público; ya que ambos dependen del esfuerzo y labor de la mayoría trabajadora. Esa mayoría que está en las calles exigiendo solución a todas sus problemáticas sociales, físicas y económicas, que se vuelven cada vez peores.

¿Y por qué? Porque se han dado cuenta que mientras trabajan interminables jornadas, las 24 horas del día, durante todo el año, hasta en las vacaciones, no han logrado salir de su suplicio económico y ahora están más endeudados y enfermos, que cuando empezaron a soñar en una vida mejor.

Y si, la solución ya la dio el pueblo y nueva generación que avanza, reuniéndose, mirándose, conociéndose, reconociéndose en cada esquina y cada cuadra, empezando a proponer otra forma de hacer política, que sale de lo homogéneo hacia lo plural y diverso. Dándose cuenta que muchos, la inmensa mayoría, quieren un lugar mejor para todos, y que no quieren un lugar represivo y humillante, basado en dar fuete, y que solo funciona para unos pocos.

Asambleas populares, cabildos abiertos, encuentros ciudadanos empiezan a conformarse en los barrios, para tomar decisiones sobre sus propios seres. La nueva generación despertó para decirle a todos que la comunidad misma es el Estado y no aguantan seguir en la humillación. Es imposible ver lo que pasa en otros países, conocerlos, saber que están organizados para servirle a toda su ciudadanía y no para explotarla y usarla.

El presupuesto de la nación debe ser puesto en los barrios y veredas. Las juntas populares piden tener el control de sus vidas y ser parte del control del territorio, que es de todos. La democracia representativa empieza a decaer hacia el nacimiento de la democracia participativa, de la democracia de un pueblo letrado, que es capaz de llevar los asuntos políticos y religiosos a la mesa, sin acudir a la muerte. El pueblo sabe que no tiene las armas para contraatacar a los agentes represores del Estado, pero sabe muy bien que no las necesita, tiene cacerolas, tetas y huevos, coraje, y mucho conocimiento para tomar el control de su vida, bajo sus propias riendas. Desde principios solidarios y de amor y la capacidad de consultarse a sí mismos, de forma participativa para la toma de decisiones.

En este caso, ¿qué exige el pueblo?, un simple cambio en la normativa de la nación, un cambio en el concepto de Estado, un verdadero equilibrio. Y ese ya está inscrito y con sangre, en la nueva constitución política de Colombía, y el pueblo lo sabe. El pueblo a viva voz y en todas las calles pide: Aclarar qué es el Estado de esta forma: “Son fines esenciales del Estado: (servir) [obedecer] a la comunidad, [para] promover la prosperidad general y garantizar la efectividad de los principios, derechos y deberes consagrados en la Constitución; facilitar la participación de todos en las decisiones que los afectan y en la vida económica, política, administrativa y cultural de la nación”. Con el cambio de una palabra se pone en marcha una nueva forma de construir el Estado.

Y con este simple cambio, obligamos a los burócratas y funcionarios públicos a que no estén encerrados en sus salas de estar, ni en sus salones, ni en sus grandes edificios, definiendo que hacer con las comunidades. Sino que los queremos en los barrios, en las juntas de acción comunal, en las escuelas, montando sus oficinas y aulas de clase, para obedecerle a la comunidad y buscar las soluciones a los problemas. Pues el encierro en sus estrados de poder, sabemos que los volvió corruptos, mañosos, aprovechados. Así que las decisiones las tomamos nosotros y ellos las cumplen.

Por lo tanto, el mandato popular, es que se abran las puertas de las instituciones públicas, del Congreso y la Cámara de representantes y de las Universidades y podamos ver por fin a ese poco de funcionarios, que se ganan 30, 40, 50, 60 y más millones al mes, con las uñas sucias de trabajar, que valga la pena ese sueldo que se ponen en el bolsillo y los veamos las 8 horas laborales, que es poco para ellos. En función del pueblo, en función de la ciudadanía.

Así que debemos hacer lo mayor posible para que no se apague esta llama del paro. La constitución no es el mayor problema, sino los corruptos que se la apropiaron y la comida a su conveniencia, junto a la nación. Y además tiene el descaro de jurar en vano sobre este documento, cuando asumen un cargo. Así qué es simple la exigencia: en los barrios construimos la política, los decretos, los acuerdos, el manejo del presupuesto y la forma en que se ejerce la seguridad. Y ellos como buenos funcionarios que se han robado durante años el presupuesto de la nación y las regalías, simplemente deben obedecer, bajo el marco de la Constitución de 1991. Y así… de buena gente va ser el pueblo, que se reunirá constantemente para hacer el trabajo que ellos nunca hicieron bien, para que lo ejecuten de la manera en el pueblo quiere. Obviamente, con la coherencia y justicia necesaria para que no se beneficien, unos pocos, sino todo el pueblo colombiano.

Así que, a las calles, no a pelear contra las fuerzas represivas del Estado, sino a tomarnos cada rincón del país con cacerolas, pupitres y tableros. Llamar a los funcionarios, académicos y representantes políticos y que escuchen atentamente como se hace la política. Para que el gobierno de Duque se dé cuenta que no es él, el que manda sino un pueblo organizado. Que dentro de sus filas tiene gente honesta que no se ha robado miles de millones de pesos, que no vive en mansiones y tiene la capacidad de tomar las decisiones para darle un nuevo rumbo al país.

Exijamos que abran las puertas para el manejo del Estado, que nadie se crea superior por su intelecto o capital privado, sino que cumplan en verdad con su papel. Y desde el mismo presidente: ser funcionarios públicos.

Así qué a las calles todo el tiempo, a abrir: cabildos, asambleas, encuentros, fiestas populares, reuniones, para que emerja una nueva cultura. Y cada vez que no nos escuchen cerrar las calles y hacernos escuchar con la alerta de las cacerolas. Porque nuestro fin no es cerrar las calles ni detener la producción del país, ni darle el poder al comunismo, ni al capitalismo, ni al anarquismo, ni a la Ocde, ni a ninguna de esas tochadas pasadas de moda. Nuestro principio fundamental es que el poder del Estado sea verdaderamente de quienes la constituyen: sus comunidades. Así que no hay que dejarse llevar por las falsas promesas del establecimiento, los políticos de turno y los dirigentes de las centrales de trabajadores. El pueblo colombiano ha cogido el poder en sus manos y no puede dejarlo perder.

Ellos siempre pensaron que somos brutos como pueblo y no sabemos administrar. Nos demostraron que son unos ladrones cuando administran. Ahora vamos a administrar nosotros dirigiendo las instituciones, y olvidando sus políticas y sus filosofías baratas, ya caducas. Para administrar bien los recursos de una nación, no necesitamos de esas cosas. Obvio sirven para tomarse el café o tener una buena discusión en la universidad y la Casa de Nariño y el Congreso, pero para generar prosperidad para el pueblo, se ha demostrado que no mucho.

Todos ellos podrán seguir haciendo sus elecciones y propagandas y farandulear por los medios de comunicación, pero que tengan claro que cuando sean elegidos deben obedecer a todas y cada una de las comunidades, que tienen mayor capacidad para distribuir la riqueza que llega de la impuestación, las regalías por la explotación de recursos del Estado y los negocios. Pues la historia ha demostrado que muy pocos han disfrutado de estas ganancias durante años, con el esfuerzo y la vida misma de la inmensa mayoría.

Así que, ni asambleas constituyentes, ni gobiernos salvadores, ni destrucción masiva, ni insurgencias ni beligerancias, ni fanáticos religiosos y políticos, ni EE. UU., ni Rusia, ni China. Nada de eso. Con la constitución que tenemos y el poder del Estado en los barrios y veredas es suficiente, para hacer de Colombia una mejor nación para todos. Quizás así, en algún momento, nos miremos como una gran fuerza Latinoamericana capaz de construir su propia política como potencia pluriétnica, pluricultural y diversa para sus gentes y su naturaleza.

No más muertos por la política.

Porque la política debe promulgar la vida y no muerte.

Es hora de abrir las puertas del Estado y que sean las comunidades las que tomen las decisiones del rumbo que debe tomar la nación.

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