Democracia en Siria

Un grafiti contra el régimen de Bashar al Assad casi le cuesta a Mouawiya y sus amigos la vida. Allá las cosas son a otro precio

Por: Leguis A. Gomez
diciembre 12, 2018
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Democracia en Siria

Mouawiya Syasneh tenía solo 14 años, cuando en febrero de 2011, influenciado por lo que había visto en la televisión acerca de la primavera árabe, fue a su escuela, en compañía de algunos otros compañeros de clase y siendo consciente de lo que ello significaba, resueltamente escribió: “Usted es el siguiente, Dr. Bashar al Assad”. Unas horas más tarde, la policía llegó a su escuela y empezaron a indagar por él y los que le acompañaron aquel día en su acto de libertad de expresión prematura. A las 4 de la mañana, mientras dormía, las preocupaciones de su padre, quien le había preguntado a Mouawiya si él había hecho los grafitis, se hicieron realidad: un grupo de uniformados entraron por asalto a su humilde casa y se lo llevaron sin mediar palabra. Durante cuarenta y cinco largos días, su padre no supo nada de él, como tampoco sabían nada los respectivos padres de los otros muchachos.

En una entrevista dada por Mouawiya al canal de noticias Al-Jazeera, este contó que durante esos cuarenta y cinco días, los amarraron boca abajo, como si fueran pollos, los golpearon y torturaron hasta que ya no podían más y desfallecían. Luego los despertaban con electrochoques y así sucesivamente, hasta que contaran y aceptaran más informaciones que las que sus inocentes vidas podían alguna vez imaginar.

Mientras tanto, sus padres seguían indagando por información sobre sus hijos en los centros de detención policial, pero sin ningún resultado. Un día, les dijeron explícitamente: “Olvídense de esos muchachos. Regresen a casa y hagan algunos más. Si no pueden hacerlos, tráigannos a sus mujeres y nosotros haremos algunos por ustedes.” Así comenzaron las protestas. Cientos de manifestantes sirios, empezaron a solicitar de manera pacífica en la ciudad de Deraa, situada a unos quince kilómetros de la frontera con Jordania, lugar donde empezaron los hechos, que sus jóvenes hijos fueran devueltos. Al cabo de varias jornadas de protestas, el gobierno inició los disparos y las primeras dos víctimas cayeron. Las muertes generaron mucha más indignación, lo que sumaba muchos adeptos a las peticiones de libertad de los jóvenes librepensadores. Luego vinieron más jornadas de repudio, así como nuevas muertes. El gobierno viendo que la molestia social crecía, tanto como el número de protestas aumentaba en proporciones no imaginadas, decidió liberar a los muchachos retenidos.

Las impresiones causadas por la manera tan abusiva y la violencia con que el joven Mouawiya y sus demás compañeros fueron tratados por las fuerzas policíacas desataron la ira de los pacíficos manifestantes sirios, quienes al grito de “paz” se tomaron las calles de Deraa. Sin embargo, en vez de solucionar el asunto, los militares aumentaron las acciones represivas y el conteo de víctimas mortales aumentó en las calles de la ciudad de manera desproporcionada, causando gran alarma en todo el país. Ahora el tráfico de imágenes y videos sobre los hechos, despertaron las energías en otras poblaciones como Damasco, Homs, Latakia, Baniyas y Alepo, sin embargo, el primer enfrentamiento bélico entre las fuerzas oficiales de Bashar al Assad y una milicia conformada por civiles, se dio en una población vecina de Deraa, llamada Naima. El ejército apareció por tierra desde otro poblado de nombre Busra y dirigió sus ataques indiscriminadamente contra las casas de los civiles con artillería pesada. Los civiles respondieron y aquello que en algún momento empezó como protestas pacíficas por la liberación de unos jóvenes pasó a convertirse en un levantamiento masivo de insospechadas consecuencias internacionales.

El país ya no sería el mismo y tras la muerte de más de quinientos mil sirios, entre los que se cuentan más de cincuenta mil niños y la diáspora de los y las ciudadanas por todo el mundo. Siria es ahora un territorio repleto de edificios derruidos, no por la fuerza del uso y el paso de los años sino por el bombardeo de países foráneos, cuyos intereses económicos y estratégicos no solo nada tienen que ver con la lucha de un pueblo por la democracia, la justicia, y la soberanía, sino que ha sido usada como caldo de cultivo para dirimir conflictos irresueltos entre occidente y medio oriente, como lo evidencian la presencia del Ejército Islámico y el Daesch, mientras sus enemigos, entiéndase occidente, han hecho su entrada triunfal para “defender” el mundo civilizado abanderado por Estados Unidos, Israel, Reino Unido, Canadá, Francia, Holanda, Australia, Turquía y Alemania, y al que se le han sumado otros, no tan democráticos como Qatar, Irán, Arabia Saudita, Jordania, Bahréin e incluso Libia, antes de ser desintegrado como estado, luego de la muerte de Gadafi.

Un grafiti pintado en un muro de un país con cierto respeto por la cacareada libertad de expresión podría a lo sumo despertar cierta incomodidad. Tal vez algún disgusto por la disparidad estética que representan unas letras pintadas a la carrera en un muro, pero el grafiti de Mouawiya, quien, dicho sea de paso, se cuestiona hoy en día el sentido de su apuesta por la libertad de expresión, especialmente después de la muerte de su padre y la destrucción de su país, fue una señal de que las cosas tenían que cambiar. No está claro, sin embargo, qué cambios eran los que se buscaban a la luz de las consecuencias, pero el país se ha transformado en un espacio sin gente, sin vida. Algunos dirán, para qué, otros que el ave fénix renace desde sus cenizas, máxime cuando los ideales por los que se está luchando solo tiene sentido cuando se viven con dignidad.

En países como Colombia mueren líderes sociales a cada momento y las cosas siguen igual. Hay gritos opacados por el vaivén de noticias falsas, pero poco más. Miles de floreros de Llorente se rompen en cada pedazo de la geografía nacional, cada vez que un líder popular es asesinado, y las noticias se vuelven esquirlas de una gran telaraña de sucesos en los que la verdad a cada instante pierde su identidad. Hay que tener ahora cuidado de que una mentira sea más poderosa que lo cierto. Las verdades ya no se ocultan, ahora se enmascaran entre falsedades. Es más fácil que los detractores se defiendan del bombardeo de mentiras, que enfrentarlos con la verdad.

Eduardo Galeano en algún momento expresó en Las venas abiertas de América Latina que la riqueza de los países subdesarrollados genera su propia pobreza. Esta que es una verdad que pocas veces se analiza a la luz de las consecuencias del capitalismo, no ha servido para que los daños causados en lugares como Libia, Siria, Yemen, Palestina, Afganistán e Irak, den el silbato de alarma para que cambien las cosas, porque, al fin y al cabo, el ruido que producen las noticias desde las altas esferas del poder, opacan cualquier intento porque tengamos una idea de las amargas consecuencias del sistema. La democracia que defienden y promulgan los países de Occidente no es para nada aquella por la que luchan los líderes populares de América Latina, o de los países antes mencionados, y me temo que tampoco es la democracia que tanto defienden las clases adineradas y que protegen las fuerzas armadas a su entera disposición.

 

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