Opinión

Dejar de ser costeños y pasar a ser Caribes

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enero 01, 2016
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De vieja data es aquella reivindicación separatista del resto del país andino y emperifollado que se asfixia entre sus propias montañas.

Boba discusión dirán algunos en estos tiempos de unidad nacional pegada con babas de bobos.

Lo cierto es que ni hemos logrado un papel protagónico en las gestas de la banana república como tampoco salirnos con el propósito de independencia y autonomía.

Los ejemplos buenos y malos abundan. En el viejo continente —nuestros padres civilizadores a la fuerza— no cesan los vientos que intentan aflojar las unidades europeas. En Bolivia Evo se debate entre la resistencia del MAS desde su trinchera étnica de unificación y reivindicación, mientras que la Bolivia blanca de Cartier se niega a ser confundida con el pachulí aimara.

Vuelvo a lo Caribe, en estos días un profesor de mi hija que estudia Antropología asoció el origen del vocablo con la palabra caníbal: no sé si es una osadía académica de ignorar la raíz taína de Caribe que significa “gente fuerte” o prefiere dejarse llevar por las primeras impresiones de los cronistas españoles del siglo XV que los veían como eso; feroces caníbales comegentes.

Pero los caribes proceden de los arahuacos, ellos son el tronco común de los pueblos que encontraron los españoles en el siglo XV. Los arahuacos llamaban borincuan (gente valiente) a los indígenas que habitaban lo que hoy es Puerto Rico, a los caribes (gente fuerte) que habitaban las Antillas menores y a los taínos (gente buena) que residían en las Antillas mayores.

Algo queda de esos rastros perdidos en el confuso camino del tiempo. Somos gente valiente, fuerte y buena.

¿Por qué nos cuesta trabajo entonces seguir imponiendo esos tres calificativos históricos y étnicos para superar las dificultades?

No busquemos la respuesta—causa de nuestras desgracias en las montañas distantes como tampoco en la actitud andina de desprecio y ninguneo que quieren manifestar.

Proponer separaciones en estos tiempos suena a esperpento mental y con tanto manzanillo suelto es poco probable que tengamos éxito. Sería peor el remedio que la enfermedad con tanto zorro hambriento en medio del gallinero.

Así como el progreso de las sociedades se hizo de manera deliberada en otras partes del mundo y de eso dan cuenta las teorías económicas a montón, en nuestro caso, el atraso también fue algo concertado por y entre las élites.

Lo que somos ahora. La africanización del Caribe colombiano —no por cuenta de la champeta— ha sido por nuestra culpa histórica de no sacar a flote las tres condiciones con las que fuimos dotados en los cojones tanto de hombres como mujeres (sin ser peyorativo) de esta región: valientes, fuertes y buenos.

Que haya otros factores asociados con la forma de distribución del poder y de las relaciones país andino y país periférico, los cuales incidieron en el estado de las cosas, no nos quita la gran responsabilidad de dejar que otros decidieran por nosotros.

Creo y soy un convencido que en el lenguaje está parte de la solución. Dejar de ser costeños para convertirnos en Caribes.

No se trata de una propuesta baladí para el desperdicio y el olvido. El término costeño —que es generalizado— se usa para fines de desprecio y sumisión. Si bien los del pacífico son costeños, a ellos no se les desprecia con el mismo lenguaje.

La condición Caribe parte de una fortaleza. Se desprende de un ethos justificado y de fácil apropiación y transmisión. Viene en el ADN de cada individuo que respira el verano, se confunde con el mar azul inmenso y se contagia con cada espasmo de alegría envidiable.

Ser Caribe implica valentía para asumir los desafueros de eso que llaman destino y que se impone a veces cuando los brazos cruzados son nuestra única alternativa. Los valientes Caribes son un ejército que reclama liderazgo para transformar sueños colectivos en sonrisas constantes.

La bondad en el Caribe no es una debilidad, es el atributo con el que venimos a preñar la tierra de generosidad y sin ambigüedades. Los malos llegaron de otra parte. Eso de ser bueno entre nosotros es algo que no se hace visible porque se respira.

Los de afuera no serán los que cambiarán lo costeño por lo Caribe. Somos nosotros los obligados a imponernos como en la pila católica el nuevo nombre con el que de verdad nos sentimos en consonancia y consciencia con la realidad. Allá ellos si siguen con sus desprecios. De mi parte el orgullo Caribe es como una transfusión permanente de energía vital que me reconforta con el universo y me hace un átomo consciente en toda la estructura de vida que nos cubre. Para qué más.

Coda: A mi amigo Hernando Jaimes Amorocho a veces no le gusta esta faceta mía de turbador de sentimientos, pero le hago saber que su adopción está impresa con letras de suero caribe no suero costeño.

*Esta columna fue publicada originalmente 10 de abril de 2015

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