Defensa apasionada de los libros rayados

Hace años estaba convencido de que no había que rayar los libros, entonces mi biblioteca era un monumento a lo intacto y conservado. Hoy pienso diferente

Por: Paulo Augusto Cañón Clavijo
febrero 23, 2022
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Defensa apasionada de los libros rayados
Foto: Pinterest

«Y si miramos bien
siempre hallaremos otra huella.
No servirá para poner el pie
ni para aposentar el pensamiento
pero ella nos probará
que alguien más ha pasado por aquí»

Roberto Juarroz

Lo primero que quiero aclarar es que estoy seguro de que un libro que se raya es mucho más interesante que un libro intacto. Hace años estaba convencido de que la cosa era diferente y, por eso, mi biblioteca era un monumento a lo intacto y conservado, como si en lugar de libros tuviese pinturas cuyo valor se diezmara por rayones y arañazos.

En 2019 empecé a tomar apuntes y a subrayar mis libros. El primero fue Corazón tan blanco, escrito por Javier Marías. Una a una, las páginas pasaban frente a mí; el lienzo palpitante de las letras iba tomando un sentido diferente donde las frases seguían otros caminos y, bajo las líneas, palabras y notas, florecía un jardín único, construido en los espacios y márgenes de un libro maravilloso.

Desde entonces no he podido detenerme. Los libros que se rayan son literaturas dentro de una literatura, árboles a los que les van surgiendo orquídeas que los embellecen. Por mis manos y mi lápiz han desfilado todo tipo de personas que, bajo mis trazos y apuntes, ahora conviven de una manera especial en mis lecturas.

Comprendí por qué tenía que hacerlo desde hace unos años. Por casualidad llegué a un texto breve de George Steiner[1], donde decía que «(...) casi es posible definir al judío como aquel que siempre lee con lápiz en mano porque está convencido de ser capaz de escribir un libro mejor que el libro que está leyendo», Vladimir Nabokov era un excelente ejemplo de esto —aunque no era judío. Una de las imágenes más famosas es la de la primera página de La Metamorfosis de Franz Kafka, que el escritor ruso poseía.

La hoja, como un monolito de palabras, está adornada con tachones, marcas de caligrafía y un par de dibujos de insectos que hacen del cuadro algo maravilloso. Nabokov no solo estaba convencido de la importancia del libro que tenía en las manos, también tenía la certeza de ser capaz de corregir —y quizá mejorar— una obra que fácilmente podría ubicarse entre las más influyentes de la literatura contemporánea. Cabe aclarar que Kafka no fue su única víctima —¿podemos llamarlo víctima?—, sino que también se valió de sus apuntes para colonizar libros escritos por Jane Austen, Charles Dickens, Gustave Flaubert o Marcel Proust.

Fotografía del ejemplar de La Metamorfosis que tenía Nabokov. Foto: solodeunderwood.com

Supongo que en mayor o menor medida me pasa lo mismo. Cuando paso mi lápiz por el libro que tengo en las manos, voy dejando trazos, pistas, huellas de mi lectura que no sólo hablan de lo que pensé en el momento en que pasé por ahí, sino que muestran mi admiración, mi desprecio o impresión frente al cúmulo de lenguaje que se desarrolla una página a la vez. Y, al igual que en todo lo que hay en este artículo, aquellos apuntes, aquellos trazos chuecos y —a veces— apresurados, hablan de la ambición que propone el lenguaje, la búsqueda de la escritura. Cada lectura es una escaramuza en lo ignoto, un paso más dentro de la cacería de un libro mejor, aún sin escribir, en un constante proceso de creación.

Es cierto: los libros son objetos diferentes, sus interpretaciones son inmensas, limitadas por las posibilidades de quienes los piensan e interactúan con ellos. Al menos es así con la literatura, porque no me atrevería a decir lo mismo de un manual de computadoras o de un atlas de geografía. No se diezman, no pierden ni se hacen menores si quien los lee les añade cosas. Por el contrario, se vuelven ricos, especiales.

Si hay alguna suerte de magia en el acto de leer, estoy seguro de que se hace mucho más grande cuando el lector le hinca el diente a las páginas que tiene frente a él, cuando decide que no le basta con las palabras que bailan frente a sus ojos, sino que además necesita añadir las suyas, y entonces le da a luz a un libro completamente diferente, maravilloso, con una óptica especial que ningún otro de los propietarios de la misma obra podrá tener.

Otro ejemplo de esto es la fotografía de la edición de La estrella de Ratner de Don DeLillo que tenía el escritor estadounidense David Foster Wallace[2]. La hoja, llena de colores, con listas, dibujos y anotaciones, es un reflejo obsesivo de una búsqueda, del cómo Foster Wallace no se rendía a la inanidad que habitaba en el libro intacto, sino que intentaba por todos los medios abrirlo, descoyuntar las líneas, los bloques argumentales y sacar de ellos la substancia infinita de la que está hecha la literatura.

Tal vez esto, la ambición del escritor que trastoca la página que lee, funciona como lo veía Gabriel García Márquez: «No sé quién dijo que los novelistas leemos las novelas de los otros sólo para averiguar cómo están escritas. Creo que es cierto. No nos conformamos con los secretos expuestos en el frente de la página, sino que la volteamos al revés, para descifrar las costuras. De algún modo imposible de explicar desarmamos el libro en sus piezas esenciales y lo volvemos a armar cuando ya conocemos los misterios de su relojería personal»[3].

Fotografía del ejemplar de Meridiano de Sangre que tenía David Foster Wallace Foto: Pinterest

 

No todo el mundo tendría por qué rayar y tomar apuntes. Hay quien disfruta más sus libros viéndolos como reliquias en una urna, intactos y silenciosos, pero, al añadirle apuntes y rayonazos, estos están más allá de la comprensión del libro. Son pistas para otro lector: pequeños regalos que pueden mostrar qué vimos, como si apuntáramos una luz para iluminar el camino frente a la mirada de quien llega al libro después de que nosotros lo hayamos hecho. Yo lo creo así, como un acto de amor, de amistad o, al menos, de admiración.

En mi biblioteca hay algunos libros rayados que no son míos. Tengo una edición de Alegría de Manuel Vilas, una de La Habana en un espejo de Alma Guillermo Prieto y una de Pedro Páramo de Juan Rulfo, las tres con apuntes de mi mamá, que discute, contradice y hasta se ríe con los autores.

También tengo Los recuerdos del porvenir de Elena Garro, con unos tímidos post-its puestos por mi mejor amiga, que lo leyó antes de prestármelo —aunque ella no sabe que ya lo cuento más como un regalo—. Unos y otros, independientemente de la calidad del libro, de si me gustan o no, son piezas de cariño, gestos de un lector que le ofrece la mano a su predecesor, intentando mostrarle algo, aún si no se sabe muy bien qué.

Un libro tocado es un libro vivo, que habla de haber sido leído. Dice muchísimo más que uno intacto. Se ríe, reprocha, llora y exagera. Indiscreto, muestra lo que alguien más consideró importante, y con ello nos cuestiona para averiguar si para nosotros también vale la pena —o no— detenernos frente a la palabra, la frase o el fragmento subrayados, que esperan pacientemente unos ojos que los desnuden.

No sé quién leerá los apuntes en los libros que ahora son míos, tampoco sé si esa persona estará de acuerdo con ellos, si los hallará valiosos o si van a estorbarle a medida que pase por el texto. Lo que sí sé, definitivamente, es que a quien sea que le corresponda leer lo que yo ya he leído, le podré cantar a la distancia de unas palabras, unas páginas, unos metros, unas ciudades, unos años, y, sobre todo, de mis pensamientos. Cada página que rayo es, en esencia, un regalo cargado de futuro.


  1. El libro es: Un largo sábado: conversaciones con Laure Adler 
  2. También hay fotografías de otros libros que rayaba Foster Wallace. Un gran ejemplo de esto es su edición de Meridiano de Sangre, escrito por su compatriota Cormac McCarthy 
  3. Esto lo escribió en un pequeño ensayo llamado «Mi Hemingway personal». Está disponible en: www.elpais.com/diario/1981/07/29/opinion/365205612_850215.html 
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