Opinión

¿Por qué extrañan tanto a una señora tan creída como Tutina?

Sigamos criticando este gobierno que nos ha condenado a una nueva guerra, pero dejen en paz a la Primera Dama y ya pongan en su lugar a la eternamente altiva Tutina

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septiembre 12, 2019
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¿Por qué extrañan tanto a una señora tan creída como Tutina?
Tutina y María Juliana: hemos caído en la frivolidad de las comparaciones

Me cansé de los ataques a la primera dama María Juliana Ruiz. Hay tanto arribismo en las críticas feroces de presuntos progresistas que le achacan a su bajo perfil y a su mal gusto para vestir todos los males que tiene el uribismo. María Juliana, como Lina Moreno, prefirieron alejarse de las cámaras hasta el punto de que muchos colombianos ni siquiera la pueden reconocer en una foto o recordar su nombre. La nostalgia por esa supuesta edad de oro que vivimos en los años de Juan Manuel Santos, el hombre que sacó a la brava un acuerdo de paz con el que buscaba conseguir el Nobel, la última de las distinciones que le hacía falta a su linaje, ha llevado a pensar a buena parte del autoproclamado progresismo colombiano que María Clemencia Rodríguez tuvo la importancia de una Jackeline Kennedy.

Hay tanto racismo en las comparaciones entre Tutina y María Juliana. La gordofobia en este país de obesos sale a relucir hablando de las medidas de una mujer que no ha tenido los kilometrajes en cocteles que exhibe la esposa de Juan Manuel Santos. En la Colombia Profunda, a la cual pertenezco, personajes como Tutina, con su mirada altiva, sus trajes hechos a medida, simbolizaban los siglos de exclusión que los blancos han impuesto a los de piel cobriza, a los que no pertenecemos a algunas de las pocas familias que manejan Colombia como si fuera su finca.

 

Despotricando de la chaqueta de jean
que Juliana Ruiz lució durante la visita de Ivanka Trump,
como si cada una de las señoras que la machacaron  en redes
no guardara una igual en su ropero

 

Lo peor es que los colombianos nos parecemos más a María Juliana que a Tutina. Rechonchos y aindiados nos creemos con el derecho de añorar lo que no somos. Si, racistas y feos, siempre quisimos ser como Tutina. Que los uribistas sean arribistas vaya y venga, pero que los progresistas, los defensores de paz, los que se confundieron y creyeron que Santos era Gandhi vean con cariño la altivez natural de la señora Rodríguez, indigna. Además, en el odio hacia Iván Duque, quien en su primer año ha probado su inoperancia, nos han hecho caer en el pozo infecto de la frivolidad y entonces nos regocijamos despotricando por la chaqueta de jean que lució durante la visita de Ivanka Trump a Colombia como si cada una de las señoras que la machacó en redes no guardara una prenda idéntica en su ropero.

Los asiduos lectores de esta columna saben de mi antiuribismo. Sin embargo, no puedo caer en la trampa de elogiar a un símbolo del esnobismo nacional como es la señora Rodríguez solo para encontrarle un defecto más a la ya larga lista que caracteriza el gobierno de Iván Duque. Soy paticortico y rechoncho, mido uno setenta y soy un colombiano más, genéticamente horrible, tristemente inrubio e inflaco. Soy un colombiano muy parecido a los que le están dando con todo a una primera dama que se parece a nosotros. Elevemos un poco la discusión y sigamos criticando este gobierno que nos ha condenado a una nueva guerra, pero dejen en paz a la Primera Dama y ya pongan en su lugar a la sobredimensionada y eternamente altiva Tutina.

 

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