De qué Soy Capaz, de qué No Soy Capaz
Opinión

De qué Soy Capaz, de qué No Soy Capaz

Por:
septiembre 19, 2014
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La campaña por la refrendación del acuerdo que se firme en La Habana, ya arrancó. Lanzada por un sector del empresariado, con el apoyo de los medios de comunicación y una innegable creatividad, nos lanzaron el reto de que digamos: somos capaces.

Las respuestas suenan interesantes: algunas empresas afirman ser capaces de cambiar el color de sus empaques y ¡lo hacen! Pero no son capaces, por ejemplo, de bajar el valor de los medicamentos.

Unos grandes dirigentes dicen ser capaces de ponerse en los zapatos de otros y lo hicieron (ante una cámara fotográfica, por supuesto). Pero las EPS, por ejemplo, no son capaces de atender oportunamente a los pacientes que caminan en zapatos de resignación.

Las Iglesias, por su parte, afirman que son capaces de concelebrar una eucaristía, pero se siguen resistiendo a revisar las prácticas sexuales y en especial los abusos cometidos contra menores o contra mujeres.

Los grandes contribuyentes afirman con entusiasmo que Son Capaces de aceptar un periodo de reconciliación y paz. Sin embargo gritan de dolor cuando se anuncia una reforma fiscal, para recaudar los recursos necesarios del posconflicto, que les tocaría el bolsillo.

Los políticos se apresuran a respaldar la campaña y dicen ser capaces de legislar para la paz, pero nunca han sido capaces de no robar, de no utilizar el poder para su propio beneficio y respetar a sus electores cumpliendo las promesas.

El gobierno, a su vez, feliz con esta campaña deja entrever que partió de él la iniciativa de convencernos del proceso con esta frase, pero cuánto le ha costado a Juan Manuel Santos ser capaz de cumplir sus promesas.

Los contratistas del Estado también aseguran ser capaces de trasegar el camino de la paz, pero no nos permiten recorrer las autopistas de la prosperidad o el túnel de La Línea porque despilfarran los anticipos o mal hacen sus obras.

Ser capaz, en fin, debería ser un compromiso mucho más profundo algo así como la derrota de la desigualdad, la exclusión o la discriminación. Colombia tendría que cambiar sus prioridades para que haya una paz duradera y una democracia real.

¿Qué tal unos educadores que sean capaces de ofrecer educación de calidad y no matoneo y persecución a la diferencia?

¿Qué tal unas Cortes que sean capaces de devolverle la majestad a la Justicia y no que se llenen de prebendas y privilegios? Tantas cosas con la que habría que comprometerse de verdad para que haya paz y no meros símbolos pasajeros.

No estoy en contra de la campaña, por lo menos no desde el punto de vista del uribismo que hace una contracampaña diciendo #NoComproSoyCapaz. A mí me gusta la idea de aclimatar la paz, de ir construyendo el país del posconflicto, un país sin armas, sin secuestros, sin extorsiones. Pero ese país también debe tener una sociedad civil sin trampas, sin corrupción pública o privada y sobre todo una dirigencia política y judicial transparente y eficiente. Ahí, ¡sí seríamos capaces!

Ah, y por supuesto, una insurrección que sea capaz de respetar la vida y las diferencias porque recordemos que ellos son los que hacen la guerra y no la población civil.

 

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