¿De qué sirve tanta tecnología antirrobo si para usarla se deben pedir miles de permisos?

Un escrito es a propósito de la nota ‘Así me robaron $8 millones dentro de un Café Tostao’

Por: Alex Comun
Marzo 21, 2018
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¿De qué sirve tanta tecnología antirrobo si para usarla se deben pedir miles de permisos?

No existían cámaras de seguridad en los sitios del común, solo en las embajadas y los centros comerciales de moda. El que tenía un celular Nokia 3220 era privilegiado y un Blackberry era como un sueño. Además, tampoco operaban cuadrantes de la policía, ni línea del 123.

Yo iniciaba un contrato de prestación de servicios por 17días (el que se demoró en hacerse y en salir aproximadamente 2 meses) con una entidad del Estado para realizar la prueba piloto de un estudio pionero que incluía la captura de información en PDA o DMC (dispositivo móvil de captura) de última tecnología para la época, con pantalla touch para digitar los datos y con un GPS instalado para tomar las coordenadas del punto con un error de aproximadamente 15 metros. El equipo tenía un valor de 3 millones de pesos en el 2000.

La primera prueba se haría en Puente Aranda. Entramos a una cafetería con el grupo de trabajo para revisar la información y verificar la logística de cómo se iba a abordar el área, era un sitio “cachetoso “de sillas refinadas en forja y mesas con manteles bien puestos. De hecho, los clientes frecuentes eran ejecutivos y pseudoyuppies de la zona industrial.

Era una emoción impresionante poder manipular estos equipos porque era muy novedoso. Además, para mí así fuera por tan solo 17 días era una experiencia extraordinaria, me sentía importante y feliz porque me eligieron para ese estudio único en su categoría y Colombia era pionera en su realización.

Ya ubicados en la mesa del local nos sentamos, pedimos un café y sacamos todo nuestro arsenal para hacer la revisión. El local se empezó a  llenar y la mesera ya nos había tomado el pedido. Mientras llegaba, fui al baño y cuando volví, en menos de cinco minutos, mi DMC desapareció. Miré debajo de la mesa y solo veía chicles pegados y en el suelo no había nada.

Les pregunté a mis compañeros que quien lo había cogido, ninguno lo tenía. Lo primero que pensé fue que alguno estaba haciendo una broma y les dije: “esto no es juego, por favor devuélvanla”. Todos respondieron: “no estamos jugando, ya estamos grandes para hacer ese tipo de bromas”.  Alterados, nos miramos sospechosamente y uno de ellos dijo: “alguno de nosotros la debe tener porque de aquí nadie se ha movido”. Otro compañero dijo: “estamos en confianza, esto no debería pasar, no somos ladrones, pero para que no quede duda entre nosotros cada quien va a sacar las cosas de su maleta y va a mostrar todo lo que tiene”.

Así lo hicimos, ninguno la tenía. Entonces pensamos en qué momento pudo haber desaparecido. Se pasó en un instante eterno por mi cabeza todo lo que me corría pierna arriba por el robo: investigaciones por la Fiscalía, endeudarme hasta el alma porque lo que valía del contrato no alcanzaba para pagarlo y por la investigación que tendría encima no podía volver a contratar con el Estado. Eso sin contar con las anotaciones en la Procuraduría y la Contraloría, y hasta ir a la cárcel por la pérdida de un bien público: era mi muerte laboral.

Entré en llanto. Salí a la calle, esperanzado en un milagro o que iba a encontrar al ladrón que se compadecería con mis lágrimas y lo convencería de devolverlo. Venía una patrulla de la policía, los paré y les conté lo sucedido. El policía miró alrededor y dijo: “ese bicho no ha salido de ahí”. Se bajó de la moto, entró al local y cerró las puertas y dijo de aquí nadie se mueve hasta que no hagamos una requisa y aparezca el objeto que se perdió.

Los dueños del local dijeron que ahí no se podía hacer ese tipo de requisas porque eso estaba prohibido sin una orden. El policía dijo: “aquí nadie se mueve, somos la autoridad y hasta que no aparezca nadie sale de acá”. Todas las personas quedaron impactadas por la severidad que tuvo y el otro empezó a mirar las carteras y las maletas de los clientes.

Los dueños del negocio estaban muy nerviosos, se movían de un lado para otro, preocupados por lo que estaba pasando. Nadie podía salir, la gente entró en pánico. Incluso, un compañero, el ingeniero de sistemas, se paró en una silla y dijo: “por favor, el que la tenga que la entregue, ese es un equipo para un estudio y no les va a servir de nada tenerlo”.

De un momento a otro una mesera levantó el DMC y dijo: ¿será esto lo que están buscando? Yo dije: “sí, ese es”. Mi corazón se llenó de tranquilidad en ese momento, lo tomé y lo miré: estaba intacto. La mesera muy oronda dijo: “estaba escondido en la caneca del baño”.

La gente se calmó, se abrieron las puertas, unas personas se quedaron como si nada y otras salieron de local.

Todos quedamos  con la duda de quién podía haber sido, yo había ido al baño,  pero en ningún momento la hubiera dejado escondida y pasar por ese infierno, no había forma de culpar a la mesera, y ya que.. ya había aparecido. Salimos del local comentado lo sucedido y asombrados por que fue imperceptible como se lo habían robado.

El policía estaba en la calle esperando a su compañero, lo abracé y le di las gracias porque fue muy astuto al no dejarse disipar por el comentario de que estaba haciendo era prohibido. Él me respondió que solo cumplía con su deber. Salieron en su moto y yo los bendecía a lo lejos, realmente fue un milagro.

Pienso que si eso hubiera pasado en la actualidad el DMC no hubiera aparecido, los dueños del local me hubieran puesto problema para mirar las cámaras de seguridad, la policía se hubiera amedrentado porque no pueden actuar sin una orden, aunque si lo hubieran hecho los clientes del local los grabarían con sus celulares, publicando en Instagram con el hashtag #abusodeautoridad o #panicoencafeteria, sin dejarlos actuar y los ladrones se hubieran salido con la suya. ¿De qué sirve tener tanta tecnología de cámaras y celulares antirrobo si para usarla se deben pedir miles de permisos?

Aquí no se trata de si es en un local de renombre o no, si hay cámaras de seguridad, si se tienen equipos de alto valor en la maleta o no (cuando se es víctima de robo cualquier cosa puede tener un valor incalculable… desde un pedazo de papel donde se anotó algo, para las mujeres el maquillaje y para los hogareños la coca del almuerzo, sin contar por supuesto la billetera con  documentos y las tarjetas).

Todos somos vulnerables y posibles víctimas de robo por atraco o descuido y para este caso simplemente cumplir al pie de la letra el doceavo mandamiento  “no dar papaya”. Los ladrones siempre han estado y estarán al acecho, cazando víctimas que en cualquier descuido puedan atacar y dar con un botín de 8 millones de pesos o más.

Cada quien debe buscar  sus estrategias de autoprotección para evitar ser robados por descuido, ya sea en Tostao o en cualquier establecimiento. No será ni la primera, ni la última vez que este tipo de robos pasen. Estamos en Bogotá y cualquier cosa puede pasar. Es una tarea del diario vivir cada día planear cómo no dejarse robar…

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