De las sociedades que gritan a sus hijos: lecciones sobre gentileza

“Desde la articulación del lenguaje ya se prefigura el grito. No necesariamente al principio debió haber un mandato, ya estaba en el lenguaje”

Por: Carlos Roberto Támara Gómez
Septiembre 11, 2018
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De las sociedades que gritan a sus hijos: lecciones sobre gentileza
Foto: Pixabay

El grito es uno de los elementos que se considera imprescindible en nuestras sociedades. Parece que los animales aconductan a sus crías afablemente: si están molestos prefieren gruñir, algunos muerden con cierto rigor, o se van, pero los leones matan a las crías del padre muerto si la leona madre no alcanza a defenderlos.

El grito seguramente atormentó a los antiguos. Aristóteles parecería excusarse dedicándole con su nombre Nicomachus un libro de ética a su hijo. ¿Estaría ya imbuido Aristóteles de su propia inigualada genialidad dejándole pautas para lograr la felicidad? No otra cosa se desprende al considerar que lo contrario de la ira, que ya presupone el grito, sea la gentileza, qué hermosa palabra en estas circunstancias. Ser gentil en medio de la ira. ¡Qué temple se adivina! Contrasta esta elegancia con el concepto judeocristiano de poner la otra mejilla que agrega un paso imposible hacia la santidad. Ya la cachetada es grotesca.

Aristóteles explora la irascibilidad, es decir, la velocidad de la ira como un vicio pues acepta que la cólera pudiera tener un espacio en el comportamiento de una buena persona, aunque debe ser advierte, “con los fundamentos adecuados y en contra de las personas adecuadas, y también en la forma correcta y en el momento adecuado y por el tiempo adecuado”. Es esta frase lo que veinte siglos después da origen a los desarrollos de la llamada inteligencia emocional. Pero es el vicio lo que nos ataca a todos los padres de familia sobre todo en escenarios sociales donde no alcanzaría el tiempo para dedicarle a la crianza. Y es cierto, padre o madre que grita por primera vez a su hijo, a su pareja, a su empleado, lo vuelve a hacer. Se envicia.

Pero por qué se da el lujo la ira de medrar sin vergüenza, es decir, sin que sea asumida como vicio. Aristóteles nos devela algo de lo que jamás nos damos cuenta. No es la ira el vicio, es la irascibilidad. Aristóteles crea el concepto; tendremos que esperar a que aparezca Gilles Deleuze para que nos devele que la filosofía no es más que la ciencia de producir conceptos. Él pasó a ser Nicomachus, entendió esa parte de la lección.

Pero hay más. Aristóteles acepta que la ira puede ser virtuosa cuando no es guiada por las emociones si no por la racionalidad. En inteligencia emocional, dosis bien administradas de ira pueden lograr grandes propósitos. Sea el caso impresionante, autogestado, de Steve Jobs que llegó a dañar su hígado tras la ingesta continua de drogas psicodélicas. Tras sus iras sus empleados encontraban el acicate hasta lograr la perfección y estándar de móviles, tabletas digitales y toda suerte de software; aunque muchas veces luciera inaguantable. Claro, no es que Job tuviera dominio de su ira, también pagaba muy bien… algo que no se sabe si Aristóteles contemplaría como anticipo de su genialidad. El caso contrario sería Trump luego de saber sobre el anónimo que lo cabalga en la Oficina Oval. Pero dejémoslo tranquilo por ahora. Digamos eso sí de paso, en premonición de la cacería de brujas que Trump emprenderá, que no siempre tras la ira iniciamos investigación alguna acerca de sus causas y por eso nada aprendemos de ella. Trump nunca creerá que es parte del problema.

Por ahora demos un paso adelante. ¿Es la sociedad capitalista una sociedad gritona? Lo estentóreo del poder de sus distintos gobiernos, digamos el presidencialista o el de primer ministro, parece regodearse en su subdivisión. La existencia de un congreso y de unas cortes tendería a morigerar la opción del grito sin negarlo; es decir, se socializarían las instancias hasta que la racionalidad se decantara. Claro, todavía queda la guerra. La guerra es el grito por otros medios, podría afirmar Carl von Clausewitz, aunque la guerra de guerrillas planteara el grito socializado como guerras de baja intensidad, no precisamente un susurro.

Y dónde queda plantear la insurgencia del grito en las sociedades socialistas. Desde la rebelión, grito tras grito hasta la victoria final afirmaría Mao Tse Tung. Y ah, difícil que ha resultado armar un ciudadano, uno siquiera, socialista. Rusia y China, Europa Oriental masivamente lo intentaron por cincuenta años y debieron devolverse a zancadas. ¡A gritos nada se puede! He aquí por qué la insurgencia clientelista de la mermelada, o de la melcocha como se llamará ahora. Es decir, sin melcocha el grito continuo sería la irascibilidad permanente: Un vicio impuesto, no voluntario entre las masas.

Imaginemos a alguien que tenga capacidad de mando y otra que no. Este más cerca de la virtud estará, en cambio quien tenga mando se obligará a perdonar ante la eventual desmesura de lo mandado en vez de incurrir en ira. Quien no mande está lejos de airarse y cerca de la virtud. Corro y busco rápidamente en Mil Mesetas: “(…) La maestra no se informa cuando pregunta al alumno, ni tampoco informa cuando enseña una regla de gramática o de cálculo. Ensigna, da órdenes, manda” Y más adelante es sencillamente luminoso: “(…) El lenguaje no es la vida, el lenguaje da órdenes a la vida; la vida no habla, escucha y espera. En toda consigna, aunque sea de padre a hijo, hay una pequeña sentencia de muerte —un veredicto— decía Kafka”. ¡Espectacular!

Contrastar Aristóteles con Deleuze y Guattari indica que algo hemos avanzado, por lo menos en el concepto. En la filosofía se obtienen logros que, infortunadamente, no bajan hasta nuestro psiquismo social. No es un problema que nos atañe: es un asunto de la dirigencia miope que no sabe resolverlo pues ni siquiera lo entiende. Se hace la insulza. No gestiona bien los deseos de sus subordinados, más bien se encarga de manipularlos para producir mayor alienación.

El asunto clave aquí es que desde la articulación del lenguaje ya se prefigura el grito. No necesariamente al principio debió haber un mandato, ya estaba en el lenguaje. Mamá se escribe con M. ¡Listo! Es una orden, no es una información. Si lo escribes con N no estás obedeciendo: ya casi viene el grito. Si la maestra tiene don de mando obedeces pero si no deberá perdonarte, no tienes la culpa de que sea tan viciosa según Aristóteles. ¿Cuál es la diferencia entre nana y mamá si mi mamá también es mi nana y la nana es también mamá? ¡Luego, en el camino, se aparejan las cargas si se trata de la mente infantil! ¡Mientras tanto, nada de gritos! Si los niños son educados así, cuando sean padres quizás no griten a sus hijos ni a nadie.

“En la década de los sesenta, el 94 por ciento de los padres recurría al castigo físico. Una encuesta de 2010 reveló que la cantidad se había reducido al 22 por ciento. Es probable que haya muchas razones, entre ellas la influencia de varios expertos en el desarrollo de la niñez. Pero es seguro que una de esas razones está relacionada con que el motivo por el que das nalgadas a tus hijos desaparece cuando tienes una forma más eficaz para modificar su conducta que no incluye violencia. ¿Para qué castigar con golpes, si no funciona? Lo mismo ocurre con los gritos. ¿Por qué gritas? No es por el bien de los niños”.

Esas son estadísticas europeas, no nos hagamos muchas ilusiones. Entiéndase por qué es tan difícil aclimatar la paz entre nosotros. Desde arriba se dan órdenes imposibilitando las negociaciones y, viceversa, primero se secuestra y luego se negocia. Acuérdese de nuestro prócer: ¡Te doy en la cara m…ca!
Notas: melcocha está en el diccionario, como un “dulce popular de fabricación artesanal”. La “incorporación de aire resulta una mezcla porosa y maleable, de consistencia correosa y gomosa”. ¡Puaf! Tal cual. ¿Los burlados del partido de la U estarán más que insuflados de aire?Acerca de la ética Nicomaquea he seguido el libro y Wikipedia. Lo de Mil Mesetas aparece en el capítulo 4, Postulados de la Lingüística. La cita final es tomada de Por qué deberías dejar de gritarles a tus hijosescrita por Stephen Marche en el boletín de New York Times de hoy.

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