De la xenofobia y la aporofobia con los venezolanos

"No podemos dar voz a los sectores de la sociedad colombiana que pretenden vivir en burbujas de protección al margen de los pobres"

Por: Lilia Solano
noviembre 04, 2020
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De la xenofobia y la aporofobia con los venezolanos

Han transcurrido ya tres décadas de haber sido acuñada la aporofobia por la filósofa española Adela Cortina, aunque en tanto concepto recién está filtrándose hasta lo hondo de la conciencia general. Aporofobia significa el rechazo al pobre, sobrecargado de odio, temor y asco; no obstante, su presencia determinante en la conformación de la nación colombiana ha vuelto a subirse a propósito de los desafíos que nos ha planteado la inmigración venezolana.

Nótese que intencionalmente hablo de inmigración, no de migración. Este último término se utiliza cuando se desconoce, por las razones que sean, el punto de partida del movimiento migratorio y su punto de llegada. De migración se habla con frecuencia cuando se discute la presencia de ciudadanos venezolanos en nuestro país. Pareciera como si quisiéramos poner en paréntesis la complejidad de su origen. No se trata tan solo de un punto de partida de una caminata, de su ubicación geográfica.

Así, entonces, la inmigración venezolana ha puesto ante nosotros un espejo que refleja con claridad los rasgos decididamente de aporofobia, que perfilan nuestros acercamientos a esa realidad. Podemos recordar tan solo algunos eventos ruidosamente publicitados en los últimos años para ilustrar que, al parecer, de la aporofobia no nos salvamos como sociedad. Por ejemplo, traigamos a la memoria las revelaciones que dieron a conocer en relación con las violaciones cometidas por soldados estadounidenses en Colombia y que tuvieron como víctimas a menores que debieron haber sido protegidas por el Estado colombiano. No obstante su protuberancia, esos crímenes no han suscitado el rechazo que sí produce la presencia de venezolanos en el país. Inmigrantes, visitantes y turistas adinerados de diferentes lugares suelen dejar a su paso muchas veces una estela de destrucción que suelen cometer algunos de los inmigrantes venezolanos, sin que por ello ninguna autoridad local reclame con energía su deportación.

Estos ejemplos vienen a cuento con ocasión de las declaraciones recientes de la alcaldesa de Bogotá, quien pidió mano dura contra los venezolanos. Por cuanto hay claridad en cuanto a la aplicación de la ley en el castigo de delitos independiente de la nacionalidad de quienes los cometan, causó asombro el anuncio de la alcaldesa quien no ocultó ni su xenofobia ni tampoco su aporofobia. quienes la hemos respaldado, no podemos guardar silencio y me uno a las voces de muchos que le recordaron su deber de adherirse a la ley por cuanto el acento y el contenido de su mensaje ahondaban los sentimientos excluyentes que están por todas partes.

Una de estas voces fue la de Daniel Samper Ospina quien, en su cuenta en Twitter, reclamó: “No podía quedarme sin decirlo, especialmente porque soy uno de sus votantes: esto pienso de las feas palabras de Claudia López contra una población que no puede ser estigmatizada”. Anexo al trino hay un video de su cuenta en YouTube en el que denuncia el incremento de la retórica xenofóbica en los últimos tiempos con lo que advierte que la alcaldesa puede estar contribuyendo a la extensión de un clima discriminatorio. La filosofa Adela Cortina, en los años 1990, nos desafió cuando nos hizo ver que la xenofobia no se debe tanto al lugar de origen de la población que es objeto de discriminaciones de toda índole. La fobia a lo foráneo es aún más sutil. Lo que lleva a que la xenofobia se convierta en una fábrica de muros separadores es el factor económico de la minoría extranjera. Suele darse, además, que entre más alto es el poder económico de la minoría en cuestión, menor es el nivel de melanina en la piel de los individuos que la conforman. Con ello, la xenofobia hace causa común con el racismo, al parecer, para ocultar el problema de fondo: a quien se odia es al pobre.

Resulta extraño que figuras públicas usen el origen de la población venezolana y su situación migratoria irregular para explicar el incremento de la inseguridad en Bogotá. Pareciera como si se desconociera que antes que viéramos grupos de inmigrantes caminando por las carreteras de Colombia, en nuestro país no padeciéramos toda clase de crímenes que se registran en tasas altísimas. Es aún más extraño que pasen por alto que las dinámicas migratorias en todo tiempo y lugar vienen acompañadas de expresiones de marginación legal. Los inmigrantes llevan consigo la historia de sus países. La alcaldesa tuvo que haber visto eso en Chicago, donde cursó sus estudios doctorales.

Una vez más, la xenofobia le dio una mano a la aporofobia. No podemos aceptar que esta última permanezca oculta para que se la pueda seguir negando. No podemos dar voz a los sectores de la sociedad colombiana que pretenden vivir en burbujas de protección al margen de los pobres. Es la voz que asegura que la postración económica viene de afuera y no que es el resultado del modelo económico que los portadores de esta voz eligen con sus votos, justifican con sus discursos y sostienen con sus posturas de exclusión.

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