De la Revolución y otras (¿malas?) hierbas

"Solo quienes me conocen desde joven saben que yo también alguna vez me creí el cuento socialista. Pero un día me encontré con un médico cubano en Villavicencio..."

Por: Leonel Uriel Alzate Herrera
mayo 16, 2022
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De la Revolución y otras (¿malas?) hierbas
Foto: Wikimedia

Solo quienes me conocen desde joven, entre ellos mi familia, saben que yo también alguna vez me creí el cuento socialista... Yo también me creí intelectual solo poque leía a Freud, Marx, José Martí, Galeano, Dostoievski, Hemingway, y muchos otros...

Yo también tarareaba las canciones de protesta de Piero, Ismael Serrano, Mercedes Sosa, Violeta Parra, Fito Páez, Silvio y otros tantos... Todos grandes, y casi todos hablaban de un pueblo oprimido, de rebeldía. Insultaban a los burgueses y debatían sobre cosas a veces hasta banales... Yo también me creí el cuento de que solo las revoluciones garantizaban justicia y progreso a los pueblos.

A decir verdad, todo ese "romanticismo revolucionario" me extasiaba, y de alguna manera, era como un escape a mi condición de entonces; humilde proletario, y me preguntaba por qué nosotros no teníamos nada mientras unos pocos lo tenían todo.

Un día cualquiera fui abriendo los ojos a una realidad que comenzó a cambiar mi perspectiva... Comencé a dejar de lado la literatura que antes me deslumbraba, y hoy me parece basura, y me interesé por conocer la historia de boca de sus propios protagonistas.

Sucedió cuando alguna vez estaba yo leyendo y tomándome un café (nunca lo olvido), en un sitio conocido entonces como Ricardo's, en pleno centro de Villavo. De repente, un hombre de unos 60 años, tal vez más, con acento caribeño, algo pausado pero agudo, me sacó de mi lectura:

-Disculpa, ¿qué vaina tú estás leyendo, amigo?
A lo que casi con cierto orgullo respondí:
La historia me absolverá del gran Fidel.
El hombre esbosó una ligera sonrisa, y me dijo,
-Ah, qué bien, mucho gusto. Soy José Antonio Cruz, soy médico deportólogo cubano y estoy de comisión en el hospital de Villavicencio. Veo que te gusta leer la historia. ¿Has pensado en oirla de primera mano de sus protagonistas?

Su pregunta me sorprendió, pero a la vez me intrigó tanto que le ofrecí un café, y nos sentamos a hablar durante dos horas, tal vez más...
Me contó cómo todo empezó con el fallido asalto al Cuartel Moncada, liderado por Fidel en Santiago de Cuba en la década de los 50 y de cómo José Antonio, sus padres, y más de cinco millones de cubanos estaban deslumbrados con los discursos del Fidel que bajo la consigna "Patria o muerte, venceremos" les prometió el más azul de los cielos.

Me habló contrastando el libro que yo leía, contándome de lo rápido que cambió el discurso del progreso para todos por la miseria para muchos, y el lujo para unos cuantos. Me contó cómo luego, el "Comandante" traicionó al "Che" Guevara, y la forma en que la libertad se tranformó en la represión un régimen, donde los encarcelamientos, la tortura y la muerte sentaron las bases del poder que, desde entonces y hasta ahora, ejercen los Castro en la Isla. Según José Antonio, hasta su hermano mismo murió en la cárcel, su único delito: ser homosexual.

Nunca volví a ver al médico, pero sus palabras al despedirse me marcaron para siempre: "Amigo mío, nunca olvide que toda historia tiene dos caras, y la igualdad es el sofisma de los tiranos"

Recordé entonces la "Causa Justa" de la que hablaba Stalin, y empecé a comparar la "Patria Grande" que evocaba Chávez, el falso peronismo de Cristina Fernández de Kirchner que desfalcó a la Argentina y aún sigue disfrutando las mieles del poder.

Ni qué hablar del prematuro desastre que resultó ser Gabriel Boric en Chile, o hasta la corrupción descarada de Castillo en el Perú. Todos ellos hablaron de cambio, y tuvieron un discurso que caló en la mente de sus pueblos.

Las filosofías van y vienen, pero solo el trabajo y la disciplina disminuyen las brechas sociales. Los libros nos enseñan mucho, pero al leer hay que ser autocríticos y no tragar entero.

Reitero, toda historia tiene dos caras, y la verdad solo la pueden contar quienes la han vivido, quienes la están viviendo, y quienes, tal vez ignorando a la historia, están a punto de vivirla, y algún día la contarán a sus hijos... No es cosa de fanatismos, es asunto de realidades.

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