De Ishiguro, el Nobel de Literatura y Colombia

¿Cuándo debemos olvidar? y ¿cuándo debe la nostalgia ocupar los rincones y las cárceles del alma?

Por: Arturo Hernández González
Enero 29, 2018
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De Ishiguro, el Nobel de Literatura y Colombia

Antes de lanzarnos al ruedo, considero pertinente evocar el acierto tripartito que Onetti (Reflexiones de un Decadente, 1980) consideró como la cualidad de las obras artesanales de la literatura de su tiempo. Se refería pues a la inteligencia, a la nobleza de espíritu y al talento. Muchas cosas han cambiado desde entonces, pero ese dictamen que resumía a la literatura como a una criatura ad portas de la muerte sigue siendo verificable… y su agonía se ha extendido durante demasiado tiempo.

La concesión del Premio Nobel de Literatura en 2016 a Bob Dylan fue controvertido y despertó una suerte de excitación moral en el “mundo de las letras” como tal vez nunca antes se haya producido. No pocos escándalos han venido sumándose a la ya larga historia del galardón, entre los que recordaré aquí rápidamente la fácil pluma de Echegaray, la confesa devoción de Hamsun por el nazismo, la lista —cada vez más descomunal—, en la que se cifran los nombres de muchos artistas que no recibieron la distinción; como Tolstoi, Frost, Malraux u Onetti, y que sin lugar a dudas la merecían.

Ahora bien, el Nobel de Literatura 2017 le ha sido concedido a Kazuo Ishiguro. Me pregunto: ¿qué pensarán los improbables lectores del mundo porvenir sobre ésta decisión tan particular? Yo mismo me he inclinado a pensar que fue una elección muy prematura: Nicanor Parra era el nombre más urgente y lo han dejado marchar así no más. Llevaba a cuestas ciento tres años y no puedo dejar de inquirir si fue quizá por eso por lo que no se lo otorgaron, como sucedió precisamente con Robert Frost. El nombre de Poniatowska, de Kundera o de Philip Roth hubiera sido más feliz para la crítica y para los lectores.

Sucedió con Ishiguro —por desgracia acaso—, lo que ya antes había pasado con Mo Yan, Herta Müller y Alice Munro. Su obra destacó muy brevemente en las listas de las librerías —de nuestro continente al menos—, a causa del anuncio del Nobel y ha caído más tarde en una estertórea picada. Por otra parte, poco saben de lo que hablan aquellos que han inscrito a Ishiguro en esa pérfida cronología –que tanto detestaba Borges-, junto a McEwan y Rushdie, pues como el autor mismo señaló: “No se me puede enmarcar en el lugar donde están (los ya mencionados y) Martin Amis o Julian Barnes, son mayores que yo. No mucho, pero en un mundo tan acelerado, unos pocos años marcan tremendamente la diferencia. Yo soy de la misma edad que Hanif Kureishi o Jonathan Coe, me siento más cercano a ellos” (El País, 2010).

Aun cuando he mencionado que la concesión del premio a Ishiguro fue apresurada, no puedo afirmar lo mismo de su obra y esto constituye no solo un rasgo admirable sino de necesaria interpretación a la hora de adentrarse en su literatura. En algunos casos hay una década de por medio entre sus novelas. Novelas extensas y maravillosamente desarrolladas.

Ishiguro nacido en 1954, es un retratista de la cultura y de la sociedad británicas, no así como de las japonesas, aunque sus dos primeras obras (Pálida luz en las colinas (1982); Un artista del mundo flotante (1986)), se nutran de éstas en su contexto. Esto se debe a que con lo que nos encontramos ahí, es con el fantasma de una Nagasaki que él tuvo que abandonar junto con su familiar cuando contaba apenas con seis años de edad.

Kazuo Ishiguro es un narrador sencillo de la experiencia de estar vivo y de la marca que la introspección deja en nuestra esencia. El Premio Nobel le fue otorgado debido a su “enorme integridad”, pero es preciso señalar además que la universalidad de sus temas —la memoria, el olvido y la identidad— y su registro preciso y musical, lo hacen un escritor de gran inteligencia y talento… ¿Pero qué sucede entonces con la nobleza de espíritu?

Este autor británico de origen japonés ha expresado en muy diversas ocasiones que su búsqueda ha sido siempre hacia el interior de nuestra más íntima cotidianidad… Lo que somos —a cada instante— es en realidad una vasta conspiración de nuestro pasado y de la forma en la que la memoria recrea el tiempo para hacernos posible la identidad y con ésta la existencia. El exilio para Ishiguro no se reduce únicamente a un espacio, sino también a un tiempo. También podemos ser arrancados del seno de la infancia y añorar lo más lejano en el recuerdo sin jamás haber dado un paso hacía otra parte.

¿No ha añorado también Colombia un tiempo lejano antes de la guerra? ¿No hemos visto acaso hacía el pasado y dicho “qué buenos tiempos”? La obra de Ishiguro devela algo —acaso ínfimo— de ese misterio que en la memoria —y tal vez también en la historia— se nos niega.

¿Cuándo debemos olvidar? y ¿cuándo debe la nostalgia ocupar los rincones y las cárceles del alma? es lo que se pregunta Ishiguro en sus novelas. ¿No es tiempo ya de que Colombia se pregunte lo mismo?

¿No está la nobleza de espíritu en una obra que puede darnos un empujoncito para intentar arriesgarnos a una pequeña tregua con toda la amargura con la que nos hemos gastado hasta ahora? Es quizá el momento para ver hacia el futuro y hacer de nuestros buenos tiempos, la posibilidad del mañana.

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