¿De dónde ese rollo de la “pureza de sangre”? Dejémonos de vainas

Pensar hoy en día que se pertenece a una etnia en particular, que se es puro de origen o que se es de mejor clase por tener un apellido en particular es un error

Por: CARLOS ALBERTO CANO
Noviembre 08, 2018
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¿De dónde ese rollo de la “pureza de sangre”? Dejémonos de vainas

Son muchas las personas que hoy, todavía, creen en los apellidos revenidos y los abolengos de origen. Tener o pretender tener un apellido que venga de las familias más prestigiosas, adineradas o herederas, los convierte, a su entender, en “mejores personas”, de mejor ralea o de sangre privilegiada.

Todo esto pierde sentido si se indaga cómo se asignaban los apellidos o cómo se escogían los apellidos, para nuestro caso, en España del siglo XVI (me remonto a esa fecha porque es el inicio de la llegada masiva de españoles al continente americano). Pues bien, lo que es claro es que en ese entonces, la gente elegía sus apellidos de cualquiera de sus cuatro abuelos, así que dos hermanos podían tener nombres iguales, pero apellidos diferentes: un Jiménez podía ser hermano de un Las Casas. Lo anterior quitaría sentido a esas discusiones que se daban por pretender pertenecer a una familia X o Y, pero también replantearía los famosos árboles genealógicos, con los que muchos pretenden demostrar su pureza de origen.

Recordemos que un apellido es un nombre que sigue al nombre de pila de una persona, y que se transmite de padres a hijos. Hoy día, en Colombia, en general, el primer apellido corresponde al primer apellido del padre y el segundo, al primero de la madre. Sin embargo, si quien los posee los quiere cambiar, lo puede hacer.

En realidad, este asunto es importante en la medida en que nos queremos apropiar y dar trascendencia a quienes nos antecedieron, pero deja de serlo si solo es un identificador. Para el caso de la identificación, como tal, en nuestro país somos un número que nos asigna la Registraduría Nacional del Estado Civil, esto desde el mismo momento en que nos acercamos a que nos contabilicen. Este número nos acompaña desde el nacimiento, hasta el día de la muerte.

Sin embargo, existen personas que todavía creen que por un apellido se pertenece, se es o se puede ser. Incluso, hay quienes utilizan ese argumento pobre y vacío para ascender en la escala social: trafican con influencias, obtienen cargos y lo más absurdo, heredan puestos de control y manejo, solo por el hecho de tener un apellido, o un descendiente que ocupó un cargo igual o superior en esa empresa; pero el apellido, de acuerdo con lo expuesto por el historiador Hugh Thomas, podría ser cambiado por cualquiera de sus cuatro abuelos, en la España del siglo XVI, como se dijo. Esto nos llevaría a replantear eso del linaje.

Por otra parte, el cambio de nombre o apellido en Colombia es más común de lo uno podría imaginar. De acuerdo con estadísticas de la Superintendencia de Notariado y Registro, en 2016 se cambiaron el nombre 7102 ciudadanos y en el 2017 lo hicieron alrededor 7039 personas.

“Este es un trámite muy sencillo. Se hace a través de escritura pública, quien lo quiere hacer debe elevar la solicitud ante el despacho notarial y debe acompañarlo del registro civil de nacimiento y copia de la cédula o tarjeta de identidad, el proceso no dura más de un día y los notarios tienen la competencia de hacerlo y en máximo ocho días expedir las copias a quien lo solicita.

Cualquier persona puede hacer el cambio de apellido, pero es importante que sepan que para ese cambio se mantiene la filiación del inscrito, es decir los datos de los padres”.

No se sabe entonces si, por ejemplo, González, Tapias, Pérez, Loaiza, López, Uribe, Pastrana u otro apellido sería de origen o solamente uno de los apellidos escogidos para aparentar o para tener una credencial de cuna que en realidad no le pertenecía.

En una sociedad tan conservadora y llena de riquiñeques como la nuestra, todavía nos pasan chucha por liebre y seguimos creyendo en tonterías. De hecho, en algunas regiones cuando uno da el apellido, tienen la osadía de preguntar si uno pertenece o perteneció a la familia A, B o C; que si conoció a mengano o a zutano, como si eso lo convirtiera en una mejor persona o le diera credenciales sociales, o de pertenecer a una especie o clase superior. Lamento decirlo, pero quien utiliza esas técnicas, no hace nada diferente a segregar, discriminar e incluso excluir y eso pesa en nuestra sociedad.

Pensar hoy en día que se pertenece a una etnia en particular, que se es puro de origen o que se es de mejor clase por tener un apellido en particular es un error, pero más erróneo es desconocer que la misma España, desde el 711 con la incursión de los moros y hasta 1492, fue uno de los países que más mezclas tuvo en Europa. También es desconocer el al-Ándalus, que era el territorio de la península ibérica sometido al poder musulmán durante la Edad Media y en la que se encontraron, católicos, judíos y musulmanes, y es de allí, de la mezcla de estas tres culturas religiosas, de donde proceden los apellidos que hoy están en nuestro territorio. Entonces, ¿de dónde la “pureza de sangre”? Dejémonos de vainas.

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