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De ciudades y monumentos

Noticias de la otra orilla

Por:
Junio 17, 2017
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De ciudades y monumentos
Monumento a la Bandera, Parque Once de Noviembre de Barranquilla, obra del escultor antioqueño Marco Tobón Mejía

Es muy común ver en nuestras ciudades del Caribe colombiano los marcados desaciertos, cuando no grandes descalabros, factuales y conceptuales, cuando se trata de pretender crear un hito urbano, ya sea en la instalación de un monumento, la erección de una estatua, o la ubicación de una obra de arte en el espacio público. Así ha sido en  todas.

Para reflexionar al respecto, saco de mi memoria, como ejemplo, un caso ocurrido hace años en Barranquilla. A comienzos de 2000, por sugerencia de un prestigioso crítico colombiano de arte se quiso darle   un giro al abandonado monumento a la Bandera, ubicado en el Parque Once de Noviembre de Barranquilla (o lo que de él queda), obra del consagrado escultor antioqueño Marco Tobón Mejía, considerado como “el más ambicioso y logrado trabajo público realizado por un escultor colombiano en la primera mitad del siglo XX”.

Este giro estaba fundamentalmente animado por la mejor buena intención y basado en una lectura que en su elementalidad constituía a primera vista una de esas propuestas que nadie sensato podría objetar, porque representa sencillamente un gesto sano que comporta la idea de redefinir y mejorar la ubicación de un monumento sobre el que hasta ese momento nadie en la ciudad había puesto los ojos en muchos años.

Así las cosas, el acto no ofrecía, en la inocente apariencia, ninguna oportunidad de cuestionamiento.  Pero es precisamente por la dimensión de gesto simbólico, por los tratos que tiene ese monumento con la historia, por el lenguaje vivo que hablan las ciudades, que estamos obligados a entender otras lecturas.

El caso era que darle un giro de 180 grados constituía una intervención urbana que a pesar de su aparente sencillez comportaba una cierta capacidad de impacto público en términos conceptuales y simbólicos, porque se daba en el marco de un proyecto de Bienal de Arte Público del Caribe, lo que lo definía como un gesto de básica esencia cultural que se arriesgaba a ser mirado desde la perspectiva ciudadana de lo público. Y de eso se trata.

El argumento del crítico asesor, acogido sin reservas, fue el de que el “ideal sería su reubicación en un área distinta, que permitiera su observación frontal desde una distancia mayor, donde estuviera más protegida y en el cual se resaltara su altivez y su elegancia. En esta época de presupuestos magros y altos riesgos y costos en el manejo de las obras de arte, sin embargo solo me atrevo a sugerir a las entidades competentes que se le dé la vuelta, de maneta que mire la ciudad y que pueda ser apreciada por el público peatonal y vehicular que diariamente desfila por su respaldo”.

Dos cosas entonces.  De un lado, la primera parte de la propuesta, la ideal, la de la reubicación, siendo más drástica y compleja, era menos sensible a críticas, porque está claro que en una cuidad la historia va redefiniendo los espacios públicos y sus usos sociales, y cambiar en este caso de sitio al monumento no representaría alteraciones básicas a su significación siempre y cuando no se le cambiara su orientación, su perspectiva, que es la que a mi juicio le da su sentido fundamental e inmodificable.

 

 

El giro del monumento no era tan inocente
como cualquiera podría pensar

 

 

Y de otro lado, lo que sucede es que el giro del monumento no era tan inocente como cualquiera podría pensar.  Este giro no solo cambiaba de sentido de orientación al monumento, sino que lo cambiaba de significación, conceptualizaba uno nuevo, es decir modificaba y alteraba radicalmente la significación histórica, la intención más fundamental y más valiosa de esta importante pieza escultórica, cual es la de la libertad de la ciudad guardando el río; es decir, el símbolo espiritual de Barranquilla de frente a la circunstancia histórica, geográfica y humana más definitoria de su ser como conglomerado urbano, como sitio de libres, como concierto plural de las más disímiles raíces culturales, esencia que sólo fue posible precisamente por la única verdad seria y contundente que esta ciudad ha tenido jamás.  La única: su ser frente al río.  Y ante el olvido y abandono del río por parte de los barranquilleros la estatua era y sigue siendo lo único que, desafiando la estampida de la ciudad hacía el Norte, se ha mantenido mirando al Magdalena contra toda adversidad.  Ella es la única que ha estado mirando hacia donde la ciudad miró algún día, y hacia donde todos deberíamos estar mirando.  Somos nosotros los equivocados no la estatua.

De girarla, ¿por qué no hacerlo hacía el viejo Centro Histórico de la ciudad, y con ello se le daba también sentido simbólico de acompañamiento el gran desafío que comporta el proyecto de su recuperación, que es sin duda, al mismo tiempo, un nuevo acercamiento al río, porque como ya se ha dicho no hay nuevo Centro posible si su recuperación no compromete una relación con el río.

Se trata entonces de una lección muy clara. No podemos intervenir sobre ciertas cosas de las ciudades, especialmente las de cierto alcance simbólico, sin pensarlo dos veces, porque siempre se corre el peligro de producir cambios de sentido que van más allá del simple giro de una estatua.

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