Darío Acevedo, el CNMH y la incoherente carta de los profesores de historia de la Unal

"La misiva en cuestión es una declaración de guerra. El tono que emplea es enfático, altanero. Es una colección de órdenes que le dan al nuevo director"

Por: Eduardo Mackenzie
marzo 04, 2019
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Darío Acevedo, el CNMH y la incoherente carta de los profesores de historia de la Unal
Foto: Twitter @PaolaHolguin

El 26 de febrero pasado, el profesor Darío Acevedo Carmona, nuevo director del Centro Nacional de Memoria Histórica, recibió una virulenta carta anónima escrita sobre dos hojas de la papelería oficial del Departamento de Historia de la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá.

No me extraña que un puñado de izquierdistas, por razones ideológicas, quiera decir que están “preocupados” por el nombramiento del profesor Darío Acevedo. Están en su derecho de hacerlo. Lo que me parece inadmisible es el tono y el método empleado para formular tal reclamación.

Esa carta es una infamia. Es como las boletas de chantaje que la subversión utiliza para sembrar el miedo en los campos: contiene amenazas, carece de firmas o tiene firmas hechizas. La carta en cuestión no la firma nadie y la frase que sirve de firma es totalmente inusual y soez, pues la firma una entidad misteriosa que nadie conoce. Esa entidad se oculta detrás de esta ridícula denominación: “Unanimidad de los Profesores y Profesoras, Departamento de Historia, Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá”.

Esa carta, que dice ser el resultado de una “reunión en claustro”, muestra una cierta postración moral de los redactores. El panorama que dibuja es inquietante. Primera posibilidad: todos los profesores de esa facultad comparten los argumentos cuestionables de la carta. Todos serían unos redomados activistas, tan intolerantes como marrulleros, que toman como un ataque personal el hecho de que el CNMH pueda ser dirigido por un historiador irreprochable, quien es, a su vez, una autoridad académica de la misma Universidad Nacional, cuyo único defecto es no comulgar con las ideas de los autores de ese texto. La carta revela, pues, que esa facultad está bajo el férreo control ideológico de una secta. Esta habría logrado uniformizar los espíritus de quienes imparten un importante saber en la principal universidad de Colombia. Por lo tanto, los alumnos de ese departamento de historia no tendrían la menor posibilidad de escapar a los postulados cuestionables y cuestionados de la Historia vista por los marxistas.

La otra posibilidad es que esa unanimidad aberrante no exista y que un grupo de individuos haya usurpado el nombre de sus colegas para darle mayor impacto al intento de desestabilizar al profesor Acevedo. Admito que es difícil creer que todos los profesores de esa facultad comparten, como robots, los escandalosos criterios de esa carta.

La misiva en cuestión es una declaración de guerra. El tono que emplea es enfático, altanero. Es una colección de órdenes que le dan al nuevo director del CNMH. Si este no se convierte rápidamente a la religión de los que creen que en Colombia hubo un “conflicto armado interno”—la tesis inventada por los teóricos del PCC y de las Farc para travestir su accionar criminal en acto de emancipación—, los tales “historiadores” tomarán represalias. Anuncian que obrarán para que un sector de las víctimas del “conflicto”, léase más bien de la agresión narcoterrorista, “retiren los testimonios” que habían confiado al CNMH. ¿Ese chantaje es digno de alguien que la Universidad Nacional de Colombia acoge como profesor de historia?

Los tales “profesores” tienen, además, una noción bárbara de la historia: creen que como el CNMH tiene unos “marcos legales” en tanto que institución, esos marcos deben ser aplicados también a la actividad del historiador, de los investigadores. Creen que la historia puede ser fijada, constreñida por una norma legal (la ley 1448 de 2011). Pretenden que el trabajo intelectual de “búsqueda de la verdad” puede ser el esclavo de una norma jurídica, de un corsé leguleyo. Si ese era el método utilizado en las universidades soviéticas, donde la historia no podía escapar al dogma marxista-leninista, ese no puede ser el destino del CNMH. Si ese fue el estilo desde 2011 eso no puede continuar. Regresar a lo anterior es lo que pretende la carta de los “unánimes”. Ninguna universidad del mundo ve la Historia de esa manera, como un objeto pueril modelable por una ley o por un dogma económico-filosófico.

El hilo conductor de la carta es que la historia debe ser explotada como un instrumento de combate político, de manipulación de los espíritus, en lugar de ser tratada con respeto, como lo exige una verdadera facultad de historia: como una actividad intelectual libre y abierta a todas las escuelas de pensamiento y a los más diversos métodos de trabajo. Pues la historia es investigación permanente, reescritura, interpretación libre, derrumbe de dogmas y corrección de errores, según los hallazgos y los recursos documentales nuevos o no explotados. No hay una historia fija, escrita sobre mármol. “La historia es una biblioteca, con sus buenos y con sus malos libros; ella es también un arsenal, es un tesoro de experiencias, ella jamás es un oráculo”, decía Paul Valéry.

Los “unánimes” dicen lo contrario: que el CNMH está hecho para validar una hipótesis única, un diagnóstico inmutable, un modelo de pensamiento, pues el CNMH deberá trabajar, según ellos, “con una clara responsabilidad de probar rigurosamente nuestras tesis”. ¿Nuestras tesis? ¿La de que la violencia comunista, y las violencias derivadas de ella, deben ser presentadas como un “conflicto armado interno” en el que dos grandes y nobles bloques sociales (la burguesía y el proletariado) se enfrentaron con igual legitimidad para impedir o para sacar adelante la “liberación nacional”?

Ese es el dogma que los pretendidos historiadores quieren imponerle a Colombia. Han comenzado, con éxito, por las facultades de historia. Estiman que CNMH debe ser puesto a marchar bajo su disciplina, por eso el tono angustioso de la carta a Darío Acevedo, pero ya es muy tarde para tales peripecias. La crisis de la filosofía de la historia y, sobre todo, del materialismo histórico es muy grande. Un viento de libertad entró definitivamente en el campo del conocimiento. ¿Quién podría sacarlo de allí?

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